Como cualquiera de mis antecesores sentiría un profundo desprecio por quienes me hayan elegido y el eco de mis falsas promesas se perdería en el bullicio de una interminable fiesta privada con algunos de los más célebres culos que han desfilado por la portada de SoHo, al final de la fiesta ya tendría sopesada la mitad de mi gabinete. Mis primeros esfuerzos los dedicaría a cambiar el nombre del país junto a su apestoso himno nacional y su estúpida bandera. Haría un decreto para convertir a Juanes en argentino a cambio de nacionalizar a Maradona y nombrarlo ministro de Cultura. En vez del café, elegiría la cocaína como imagen oficial y producto esencial del país. Sin embargo, conservaría a Juan Valdez que pasaría a ser la mula y mantendría el eslogan: "La perica más suave del mundo". Organizaría a las putas para que siguieran siendo, ya sin tapujos, nuestro segundo producto de exportación. Nombraría a los pastusos por decreto como nuestro Producto Interno Bruto (PIB). El mío sería un gobierno tan pacífico que ni siquiera combatiría la pobreza. Simplemente cerraría a los menos favorecidos cualquier vía de acceso y oportunidad de educación, servicios públicos, derecho a la salud, derechos humanos y todo lo necesario para conservarlos como patrimonio intangible e inmaterial de la humanidad. Sería este el único aspecto de la política de Uribe que dejaría intacto. Invitaría a Shakira al Palacio de Nariño para que me hiciera un waka-waka con todo y polinchada.

Eliminaría cualquier estímulo a la cultura o las artes, cualquier incentivo a las letras o el cine, cualquier cosa para evitar que creadores, mimos callejeros y cuenteros de parque siguieran multiplicándose. Usaría ese dinero para lograr que todos los cantantes y músicos tropicales se reinsertaran a la sociedad como silenciosos animales domésticos. Le concedería a Chávez la Cruz de Boyacá y, como gesto de amistad incondicional, le regalaría Tunja. Para restaurar la añorada raza andina y hacer felices a los antropólogos de la Nacional y de Los Andes, propondría a nivel continental el cruce de boyacenses con peruanos y bolivianos. Para combatir la estupidez prohibiría que el ñame, la yuca y el chontaduro fueran considerados alimentos. Declararía la costa atlántica, con todas sus criaturas, reserva natural y les daría a los extraños sonidos que usan los costeños para comunicarse el estatus de dialecto. Crearía penas más severas para delitos de lesa humanidad como darles a los criminales la biblioteca por cárcel pero solo con las obras completas de Andrés Hoyos y Roberto Burgos Cantor. Para bajar el índice de desempleo fundaría miles de nuevas revistas para que el columnista de opinión que habita en cada colombiano encontrara su espacio. Por supuesto, nombraría a Carlos Antonio Vélez ministro de Defensa. Ampliaría la libertad de cultos para que quienes profesan de forma soterrada el racismo y el paisismo pudieran expresarse libremente. Nombraría a Mockus en la dirección técnica de la Selección Colombia y a Íngrid Betancourt, colombiana por adopción. Ampliaría los lunes festivos hasta el miércoles para que esa inmensa cantina de mala? muerte que tenemos por país funcionara a todo timbal. No tendría primera dama pero sí segundas mozas. Mantendría en manos privadas islas y playas y liberaría los andenes de las autopistas para que el pueblo pudiera ir a broncearse los domingos. Si yo fuera Presidente juraría respetar solemnemente todas? esas insignificancias que conforman la identidad del país y mandaría todo el producto de mi enriquecimiento ilícito junto a mis seres queridos muy lejos de aquí y, para demostrar mi buena voluntad, prohibiría que ancianos como Carlos Vives, o el mismo Efraim Medina, siguieran siendo explotados disfrazados de adolescentes.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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