El lunes 5 de mayo de 2014, poco antes de las 7:00 de la mañana, Blanca López se despertó agitada. Se levantó de un salto y revisó el velón que había encendido dos días antes, cuando su hijo salió para el operativo. Miró su teléfono y pensó en marcarle. No lo hizo. De repente, lloró por la suerte de Andrés Felipe.

Dos días antes, el sábado a las 3:00 de la madrugada, Andrés Felipe había entrado de puntillas al cuarto de sus padres para despedirse, pues un par de horas más tarde volaría a la base aérea de Apiay, en el departamento del Meta. Blanca, adormilada, se sentó en la cama. Aunque un presagio oscuro la había acosado durante toda la semana, fingió tranquilidad. Le dio la bendición y le pidió que se cuidara. Se abrazaron y él le susurró: “No me despido de mi papá para no despertarlo”. Y salió. Seis días después, cumplía 26 años.

Llegó a Apiay todavía en la mañana. Almorzó con Carlos Díaz, coordinador del Grupo de Operaciones Tácticas del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía (CTI). Carlos no solo era su jefe en la unidad que acompaña al ejército en combates para recolectar evidencias, también era su amigo. Se conocieron el primero de enero de 2012, fecha en que los dos ingresaron al CTI. Ambos provenían del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), entidad que el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cerró en 2011 tras una serie de escándalos; las interceptaciones ilegales a periodistas y magistrados fueron la gota que rebosó la paciencia del gobierno.

—El que iba a ir en ese vuelo era yo, pero no pude —me cuenta Carlos—. Resulta que en Apiay nos pesan en la báscula, junto con el personal militar, para ver cuántos caben en el helicóptero. Lógicamente ellos, los militares, viajan todos. El caso es que nos pesamos los cuatro que íbamos de mi grupo y excedimos el peso. Bajaron a uno, y seguíamos pasados. Luego bajaron a otro, y nada, que había que reducir más peso. Y Andrés, por ser bastante delgado, se acercó al peso permitido. Yo peso 87 kilos y él, 70 (por algo le dicen “el Flaco”). Entonces ahí tomé la decisión de que fuera él.

Su mirada refleja una desolación sin bordes, pero no parece haber remordimiento ni culpa. Era su trabajo y lo hizo según los protocolos establecidos. A la 1:00 de la tarde se despidieron. Andrés Felipe abordó el avión que lo llevaría hasta la Sierra de La Macarena, también en el Meta, desde donde el lunes partiría la gigantesca operación contra la guerrilla de las Farc.

Aterrizó en La Macarena el sábado en la tarde. Allí, el Comando Conjunto de Operaciones Especiales de las Fuerzas Militares le daría los detalles de la misión: iban para la Serranía del Chiribiquete, una extensión selvática ubicada en los departamentos de Caquetá y Guaviare, donde se han reportado 300 especies de aves, cuatro de felinos y dos de delfines; una suerte de Jardín del Edén que comprende la mayor área protegida de Colombia.

Al día siguiente, a las 9:38 de la mañana, le tomaron la última fotografía: Andrés Felipe aparece con su fusil y esboza una sonrisa.

***

Álvaro Mejía, el papá de Andrés Felipe, tomó las riendas de su destino en 1987. Ya con algo de experiencia como mecánico industrial concluyó que un oficio como el suyo, operador de torno, sería mejor remunerado en Bogotá que en su Manizales natal. Los Mejía López viajaron 300 kilómetros en un pequeño camión de mudanzas. Aparte de los enseres, traían consigo a su primera hija, Ximena, entonces de 3 años. Apostaban todo por un futuro en la capital. Sobre todo ahora que esperaban su segundo hijo, el varón con que tanto había soñado Álvaro.

—Desde niño ha sido muy generoso —dice su madre—. Me acuerdo de una vez que a mi esposo se le atrasaron seis meses con el pago, él era apenas un niño, y todas las tardes se iba a trabajar. Por la noche, aparecía con una libra de arroz o de papa para la comida. De día estudiaba en el Instituto Técnico Industrial, en Facatativá.

Son casi las 6:00 de la tarde y la temperatura comienza a bajar en ese municipio de Cundinamarca. Estamos en una habitación en la que hay, además de un televisor de 50 pulgadas que compró Andrés Felipe, un computador. Fue en este equipo que Blanca abrió su cuenta de Facebook para chatear con él mientras estuviera en la oficina. Le pido que me muestre alguna conversación y ella se levanta, va hasta su cuarto y trae sus gafas. Pega los ojos a la pantalla y lee:

—Pido a Dios muchas bendiciones para mi hijo, que lo guardes hoy y siempre para que lo tengamos muchos años.

—Gracias, ma. Dios mediante así será.

La conversación tiene fecha del 9 de mayo de 2013, el último cumpleaños de Andrés Felipe que pasaron juntos. Ella no me mira. Guarda silencio.

Tambaleante, se asoma a la puerta de la habitación donde nos encontramos un bebé travieso. Es Juan Sebastián, sobrino de Andrés Felipe, quien nació tres meses después de su desaparición. Ximena recuerda la cara de emoción de su hermano cuando le contó que, por fin, podría malcriar a alguien: “Estaba feliz con mi embarazo —comenta, con una mueca de amargura—. Decía que iba a ser el tío alcahueta, el que le iba a enseñar a jugar PlayStation”.

Entra también Juan Camilo, el menor de los Mejía López, y saluda con educación. Por su flacura y su prominente nariz, se puede decir que es el duplicado de Andrés Felipe. Cae la noche y llega Álvaro, el papá. Me estrecha la mano, saluda con deferencia a Blanca y de inmediato sale en busca de algo que me quiere enseñar.

Al cabo de un momento vuelve con un puñal. Es el cuchillo de supervivencia de Andrés Felipe. Está equipado con una brújula en el mango, y su hoja con lomo dentado permite cercenar ramas y destripar animales. Y cortar sogas. Ese fin de semana lo dejó, porque su papá le estaba buscando un nuevo estuche.

Como una sorpresa para su hijo cuando vuelva, Álvaro comenzó a remodelar la casa. Subimos a un segundo piso por una escalera sin terminar y me muestra el que será el cuarto de Andrés Felipe. Hay un colchón contra la pared, un clóset sin puertas y un peluche en el suelo. Viendo los planes del papá parecería ser que, en efecto, él tocará la puerta en cualquier instante. Con su talento para fabricar ejes y piezas para maquinaria industrial, Álvaro levantó a sus tres hijos. Me confiesa que eso lo enorgullece.

—¿Qué tanto lo ha afectado esta tragedia? —le pregunto.

—Soy un hombre de piedra.

***

El domingo previo a la operación, alrededor de las 8:00 de la noche, Andrés Felipe llamó a Carlos. Le contó que ya había comido y que estaba bien. Su jefe le pidió que, sin importar la hora, se comunicara con él al día siguiente antes de subir al helicóptero. Media hora más tarde, telefoneó a su mamá.

—Ma, quién sabe cuándo volvamos a hablar, ahora pierdo la comunicación y no sé cuándo salga de allá —cuenta Blanca que le dijo, y deja salir un gemido ahogado.

Tal y como lo habían acordado, el lunes 5 de mayo, a la 1:50 de la madrugada, Andrés Felipe llamó a su jefe para darle un último reporte. Le comunicó que ya tenía las instrucciones finales. Carlos le aseguró que allá se verían, pues él viajaría en la segunda parte de la operación, que contaría con una veintena de helicópteros artillados. El objetivo final era dar con Carlos Antonio Lozada, comandante de las Farc, hoy vocero de esa organización en los diálogos de paz de La Habana.

Andrés Felipe llevaba puestos su uniforme gris oscuro del CTI, unas botas negras y un casco blindado con gafas de protección. Tenía guantes tácticos para el descenso en la soga y rodilleras especiales. No portaba el cuchillo de supervivencia, pero sí una pistola Smith & Wesson MP40 y un fusil M4 Bushmaster.

Alistó su morral con ayuda de un compañero. Empacó un par de botas de caucho, una cantimplora y la herramienta multiusos, que incluye alicate, destornillador y navaja. Llevó una pequeña olla con tapa, una cuchara y un tenedor y tres raciones de comida. A las 3:20 de la mañana, el helicóptero Black Hawk con 18 personas a bordo y 2000 libras de combustible despegó hacia su objetivo.

***

Los Mejía López acuden todos los domingos a la parroquia Jesús de Nazareth, en Facatativá. Llego a la casa de ellos a primera hora. Álvaro lleva un abrigo negro. Blanca tiene el pelo recogido con una hebilla. Subimos dos cuadras empinadísimas. Al fondo, se divisa el pueblo. El aire es puro y la luz, diáfana. La pareja, después de 32 años de matrimonio, no se toma de la mano al caminar.

Álvaro me cuenta que cuatro meses antes, Andrés Felipe convocó a toda la familia y, tras una pausa, les dijo a sus padres:

—He visto que ustedes no andan bien y a mí preocupa eso. Quiero que nos digamos las cosas de frente para ver cómo solucionamos este asunto, porque me duele esta situación.

—¿Y usted qué dijo?

—Le di la razón, porque yo también quiero que volvamos a ser un hogar.

Luego de la misa, volvemos a la casa. Me siento en una esquina de la habitación actual de Andrés Felipe y conservo mi distancia. Blanca abre un clóset enorme y reacomoda algunas lociones de su hijo. Saca su ropa y la deposita sobre la cama. La dobla con delicadeza. Álvaro mira. Hay dos sacos de rayas, un buzo rojo y una camiseta del CTI. Y entonces aparece, blanca y mal doblada, con unas arrugas largas que la atraviesan como lágrimas: es la camisa que más linda se le veía a Andrés Felipe, murmura su madre. Álvaro, que dice ser de piedra, levanta la cabeza y cierra los ojos. Y cae como si se le hubieran pulverizado las rodillas.

***

Son las 4:00 de la mañana del lunes 5 de mayo de 2014. Minutos antes, una bomba ha abierto una veta en el corazón de la selva. Hay cuatro subversivos muertos. El bramido de los helicópteros es un coro de guerra. El primer comando de las fuerzas especiales del ejército desciende a rapel, toca tierra y asegura la cuerda que les servirá de guía a los demás. Después, uno a uno, se arrojan ocho militares y un agente de criminalística por una soga de 60 metros de largo. Es el turno de Andrés Felipe. En la aeronave, además de él, están el piloto y el copiloto, dos artilleros, el maestro de soga y su ayudante y otro agente de criminalística. Andrés Felipe toma aire y se lanza. Y entonces sucede.

—Él está a la par de las copas de los árboles —me explica Clara Lovera, fiscal que lleva el caso de su desaparición—. Como las hélices del helicóptero están girando, los 10 metros de cuerda que hay abajo empiezan a girar también, y la punta se enreda en la rama de un árbol. Eso no le permitió seguir descendiendo y terminó anclado.

Al helicóptero le quedan 980 libras de combustible, y requiere entre 600 y 700 para llegar de manera segura a la base de Calamar, en el Guaviare. Para desenredar a Andrés Felipe, el piloto hace una serie de movimientos y, al cabo de varios minutos, logra liberar la soga. Y es aquí, mientras el combustible se agota peligrosamente, cuando decide, en coordinación con la tripulación, llevarlo colgado de la cuerda hasta un sitio donde puedan ayudarlo a subir de nuevo.

Me siento frente al computador de la fiscal Lovera y observo el video del momento, grabado desde un avión fantasma. De entrada, me encuentro con una selva negra. Aparece un primer helicóptero y un segundo y un tercero. La cámara registra las fuentes de calor como luces nevadas. Y en el minuto 24 aparece: en la pantalla, Andrés Felipe se ve como un punto blanco que forcejea en el aire. Se oyen voces de desespero:

—¿Ahí hay un man colgado, no? —pregunta un tripulante.

—¡Jueputa, lleva mucho tiempo ya! —responde alguien al fondo.

—¿El helicóptero está subiendo?

—¡Sí, lo están subiendo! Ahí lo llevan colgado. Virgen Santísima…

Las hélices baten en el aire y estremecen las copas de los árboles. El Black Hawk se eleva. Según el expediente, Andrés Felipe pende a unos 400 pies de altura (casi 122 metros), lo que equivale, más o menos, a un edificio de 35 pisos. El aparato acelera y la cámara trata de seguirlo, pero se sale de cuadro. Y después nada. O sí: cinco helicópteros que brillan como luciérnagas sobre la selva negra.

En un esfuerzo inútil, la tripulación que queda dentro del helicóptero trata de subir manualmente la cuerda de la que cuelga Andrés Felipe. El helicóptero va a 111 kilómetros por hora. El agente del CTI es un astronauta a la deriva. Por mal tiempo y escasez de combustible, el piloto busca un lugar para aterrizar. Desciende de emergencia en un potrero. Y Andrés ya no está. La cuerda se ha roto. Eso ratifica el expediente, apoyado en el análisis de la soga que hizo una prestigiosa universidad de Medellín. El tiempo mejora y la aeronave reanuda su marcha. Llega a Calamar con 150 libras de combustible.

—Uno no se explica cómo, a esa altura, la cuerda haya sido cortada —se pregunta Clara Lovera—. Hay dos teorías: una, que pudo haberse agarrado de un árbol y él con su navaja y con el equipo que llevaba…

—Pero él no llevaba su cuchillo… —la interrumpo.

—No lo llevaba, pero resulta que unos policías que iban a ir les dieron cosas, entonces le pudieron dar algo para cortar la cuerda.

—¿Y la otra opción?

—Que la haya cortado con el ocho metálico, un instrumento que, aunque es redondeado, de pronto con la fricción, más la velocidad del helicóptero y el peso, pudo haberla roto.

¿Puede un hombre sobrevivir a una caída como esta?, le pregunto a Mario Vélez, ortopedista y traumatólogo de la Clínica Las Vegas de Medellín. Su respuesta no deja mayores esperanzas: “La posibilidad de fracturas es muy alta. Al caer sobre árboles los traumas ocasionarían lesiones musculares severas que no le permitirían movilizarse por sus propios medios. La posibilidad de que sobreviva es mínima”.

***

Julián Quintana, director nacional del CTI, me recibe en su despacho. Su mirada escrutadora es la de un hombre que lo ha visto todo. Todo menos la historia de su agente. Para él, es un caso de honor: promete que nunca dejará de buscarlo.

—Ese mismo día se inició la búsqueda. La orden fue: “Hasta que encuentren a Andrés Felipe no se va el Ejército Nacional”. Y preciso encuentran su fusil en la misma zona (atravesado por la rama de un árbol). Ese operativo de búsqueda contó con más o menos 400 personas y se prolongó durante un mes.

Según un comunicado que reposa en la página web de la Fiscalía General, se han hecho dos búsquedas monumentales: participaron 1100 hombres de las Fuerzas Militares y 47 del CTI, además de ocho aviones e igual número de helicópteros; 27 millones de metros cuadrados de selva fueron revisados; una compañía privada se sumó para facilitar sus servicios geoespaciales, y hasta participó una bruja que aseguró haberlo visto… “en sueños”.

Después de que la Fiscalía ofreció una recompensa de 50 millones de pesos, varias fuentes aseguraron que Andrés Felipe estaba en poder de las Farc. Pero nada; 20 meses después, nada.

—No hemos tenido una sola prueba de que lo tengan ellos. Y no lo digo porque estemos en un proceso de paz o porque queramos proteger a la guerrilla, esto tiene que quedar claro —afirma el director del CTI.

Carlos Antonio Lozada, contra quien iba dirigido el operativo, se pronunció sobre el caso desde La Habana en abril de 2015: “Con toda seguridad y sin el menor margen de duda podemos asegurar que no existe la más mínima posibilidad de que Andrés Felipe esté en poder de un comando de las Farc-EP”, le escribió a su padre.

***

Me entero sobre un viaje que va a hacer el CTI al Guaviare para promocionar otra vez la recompensa, pegar afiches con la cara de Andrés Felipe y repartir volantes. Ni corto ni perezoso, pido que me permitan ir. Y me dejan.

Después de una hora de vuelo, llegamos a nuestro destino. La auxiliar abre la portezuela y nos ataca una humedad viscosa que no se nos despegará mientras estemos en San José del Guaviare.

En el grupo, además de la comitiva del CTI, está Álvaro, el papá de Andrés Felipe. Atravesamos una plaza arborizada e ingresamos a la sede de la Gobernación. El caso es expuesto ante las autoridades departamentales y un grupo de líderes indígenas. La comitiva reparte volantes y ruega compartir la información. Camino al puerto, la calle transpira después del segundo aguacero de la tarde. Álvaro lleva en las manos un paquete de 500 volantes y cinco afiches. Se acerca a un hombre y a una mujer y les cuenta su historia. El tipo le pide varios volantes y se compromete a entregarlos a la guerrilla cuando lo citen a la próxima reunión en su vereda.

Álvaro entra a un billar ubicado en la cuadra de los prostíbulos. El administrador le permite colgar un afiche. “Por aquí pasa gente hasta de tres ojos, ¿entiende?”, me dice en voz baja. Una mujer vestida de azul ingresa al bar. Dice que vio a Andrés Felipe tres semanas después del operativo, en el municipio de Miraflores, a unos 150 kilómetros de San José del Guaviare. Supuestamente, vio que unos guerrilleros lo iban a montar a una lancha y que estaba bien de salud. Las goteras de un nuevo aguacero suenan como aplausos en el techo. Un integrante de la comisión advierte lo difícil que sería para alguien herido y sin instrumentos de navegación hacer en menos de tres meses el recorrido de casi 60 kilómetros que separa el lugar de los hechos y Miraflores.

***

A finales de 2014, seis meses después de la desaparición de Andrés Felipe, las Fuerzas Militares lo condecoraron. Sus padres recibieron una medalla en forma de estrella atravesada por un águila en vuelo. Fue declarado héroe. Pero los Mejía López no se resignan a recibir placas. Ellos están convencidos de que pronto Andrés Felipe entrará a su habitación para darles un abrazo, esa será su verdadera recompensa. Y ese día, esperan que sí haga mucho ruido y despierte a su papá, de quien todos en la familia saben muy bien que no es de piedra.

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