Cuando detectan botellas de licor vacías por dentro y con las etiquetas rasgadas por fuera, Cristóbal Cristancho y Marta Maldonado las recogen con sumo cuidado, las alzan cariñosamente como si fueran alguno de sus cinco hijos y las acomodan en el fondo de un gran costal, para que no se vayan a quebrar. No tienen tiempo para detenerse a pensar que ellos son solo dos de las 18.000 personas que viven del reciclaje en Bogotá, ni para volver a hacerles un nudo a las bolsas negras que inspeccionaron sin escrúpulos: saben que si no se apuran, el camión de la basura hará, eficientemente y en pocos minutos, lo que a ellos les toma varias agotadoras horas.

Cuando manipula la palanca encargada de dar marcha a la cuchilla que compacta y tritura la basura recolectada, Giovanni Beltrán aprovecha para bajar levemente su tapabocas, tomar aire y estar atento a que ninguna sustancia tóxica lo vaya a salpicar. Él sí tiene tiempo para reparar en dos hechos tan disímiles como concluyentes: que ama su trabajo porque se siente colaborando con la limpieza de la ciudad, pero que también lo odia porque el trabajo sucio le toca hacerlo a él. Sabe que si no fuera por su labor y la de las otras 945 personas que trabajan en la recolección y transporte de desechos a lo largo y ancho de la capital, los habitantes de Bogotá podrían despertarse cualquier día amenazados de muerte por las enfermedades que la basura en descomposición y al aire libre es capaz de incubar.

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La calle 6.ª Sur con carrera 71 D Bis A, que queda al borde de la avenida Primero de Mayo, es perfecta para entender, a pequeña escala, la relación de la basura con el hombre. Conocida popularmente como Cuadrapicha por ser un lugar donde abundan las drogas, el alcohol adulterado y los consecuentes ánimos a punto de ebullición, en menos de 100 metros cuadrados ofrece 68 establecimientos nocturnos. Los géneros musicales se mezclan entre el merengue y la salsa, el reguetón y el vallenato, el rap y el trance y el rock y el heavy metal. Se trata de un lugar democrático, donde se combinan políticos, ladrones, deportistas, jíbaros, personas de la farándula, indigentes, policías, gays, gente del norte, mucha más gente del sur, niños y travestis.

Una calle que es capaz de albergar tanta diversidad también produce basura por igual. Cuadrapicha genera entre tres y cinco toneladas de desperdicios cada día, razón suficiente para ser el punto preferido por todos aquellos que viven de los restos de la noche. Los que primero hurgan las bolsas de basura, por ejemplo, trabajan para hacerse a las innumerables botellas de vidrio que se hallan entre servilletas, vasos desechables, colillas de cigarrillo, marihuana, papeletas de bazuco y una que otra toalla higiénica usada. Ellos tienen varias opciones para vender lo recolectado. Existen lugares donde les reciben cada botella pequeña a 50 pesos y cada botella grande a 120 pesos. En otros centros de acopio pagan 30 pesos por kilo, si es de día, y 50 pesos el kilo si es de noche. La razón del cambio de precio es que a partir de las 9:00 p.m. los recicladores están expuestos a los atracos.

Los que pasan después, en cambio, no deben esforzarse tanto, a pesar de que su trabajo es duro. Los ayudantes o recolectores que laboran en Ciudad Limpia S.A., una de las cuatro empresas de aseo que tiene Bogotá por concesión repartidas en 19 localidades, deben estar en el centro de operaciones una hora antes de su respectivo turno para uniformarse con botas, gorras y overoles reflectivos, mascarillas y guantes de nitrilo para evitar el contacto directo con la basura. Una vez vestidos realizan un calentamiento físico y luego empiezan a recorrer sus correspondientes zonas para recoger las bolsas negras tal cual estén dispuestas, sin abrirlas. Los operarios de barrido manual, mejor conocidos como escobitas, son los encargados de barrer y acumular los regueros encontrados tanto en calles como zonas verdes. Por esas labores no ganan menos de 1.100.000 pesos mensuales, salario que se puede incrementar con horas extras.

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La pirámide social de la basura está encabezada por los directores operativos de las empresas de limpieza; les siguen los coordinadores operativos, que se la pasan entre el calor de sus escritorios y el frío de las calles; después vienen los choferes, los recolectores y los escobitas, en cuyos hombros se cimientan las bases de esta pirámide. Luego siguen los oportunistas, que en vez de reciclar caminan las calles para comprar lo que los recicladores han juntado; después siguen los mismos recicladores, y más abajo están los indigentes que esculcan bolsas y barren calles a cambio de comida. Pero no son lo últimos: muy cerca del infierno están los ladrones de basura.

Se trata del criminal más miserable de todos: les roba la basura a los que le dedican 10 horas diarias para recolectar el equivalente a 12.000 pesos. Pedro Arévalo, quien tiene 59 años y lleva apenas cuatro meses viviendo del reciclaje, ha sufrido un par de veces los embates de estos ladrones, que intentaron intimidarlo con cuchillos de fabricación casera. Él, como pudo, se defendió con un garrote que siempre lleva escondido al alcance de sus manos dentro de su carreta de madera. De no haber sido por su coraje hoy no tendría la forma para seguir pagando su medio de trabajo, pues la carreta le costó 120.000 pesos, una fortuna para un reciclador.

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Según la Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios, Bogotá produce diariamente 5732 toneladas de basura, de las cuales solamente 1000 son recuperadas por medio del reciclaje, de acuerdo con las cifras que maneja la Asociación Nacional de Recicladores. Eso quiere decir que existe basura de la buena y basura de la mala. En la primera categoría entran el vidrio, el plástico, el aluminio, la chatarra, el cartón, el papel seda y el codiciado cobre rojo, que lo pagan muy bien, a 11.000 pesos el kilo, siempre y cuando lo hayan pelado. En la segunda categoría está todo lo demás, que siempre termina enterrado en el relleno Doña Juana. Allí se destaca la ropa, el papel y las sobras de los restaurantes: huesos de pollo, espinas de pescado, cáscaras de naranjas, limones y plátanos, mazorcas deshuesadas y muchos envases de salsas y aceites que no sirven para nada, pues nadie recibe las botellas untadas de desperdicios.

Para conservar cierta armonía en un medio tan desigual como este, la basura misma se encarga de recompensar a los más necesitados de acuerdo con una justa escala de valoración. Así, los recicladores más humildes como Isaac Rengifo, quien por 400 botellas recolectadas diariamente recibe tan solo 20.000 pesos, tienen la oportunidad de llevarse gratas sorpresas. Él, por ejemplo, que tiene 27 años y lleva seis trabajando en el sector, una vez tuvo la felicidad de encontrarse un fajo de 500.000 pesos en billetes.

Los recolectores y los escobitas, quienes le hacen honor a aquella frase que dice: "Recogiendo basura se sabe que al menos se obtiene un trabajo", no son tan afortunados, pues al fin y al cabo ellos son vistos, gracias a sus sueldos, como burgueses por los recicladores. Sin embargo una suerte más reservada también los recompensa, de vez en cuando, con celulares, relojes, billetes de 10.000 pesos y monedas de 500.

Y con mucha crueldad de por medio, ambos bandos pueden llegar a ver cómo la fortuna desfila frente a sus ojos sin dejarles nada. Una noche los descuidados meseros de un restaurante de Cuadrapicha confundieron una bolsa llena de dinero con una bolsa de basura que sacaron a la calle. Un reciclador inspeccionó todas las bolsas menos esa, dejando pasar la oportunidad de su vida, mientras Jorge Rocha la recogió, pero para botarla dentro del camión. Una cuadra después los desesperados gritos del administrador del restaurante llamaron la atención de los recogedores. Él pedía que le devolvieran su dinero. Como los camiones no pueden desocupar desechos en la vía pública, al administrador le tocó ir hasta Doña Juana para buscar la bolsa de marras una vez se descargara todo el contenido del camión. Después de una hora de búsqueda apareció su pequeño tesoro: 18 millones de pesos en efectivo.

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Ciudad Limpia S.A. emplea a 711 personas para que barran y limpien las localidades de Bosa y Kennedy, que juntas tienen más de 1.500.000 habitantes. La mecánica de limpieza no es muy distinta a la que practican otras empresas: a las distintas zonas llegan vehículos recolectores que se dedican a recoger las bolsas negras. Horas después pasa otro vehículo recogiendo más basura, mientras los escobitas barren todo lo que encuentran a su paso. Finalmente llega una volqueta que recoge lo que ellos lograron acumular. El éxito de esta operación se mide de acuerdo con qué tan limpias queden las áreas públicas, sin que haya daños ni que los usuarios se vean afectados.

Ellos están tan acostumbrados a la basura que muchas veces sueñan con ella, mientras se ven recogiéndola y botándola. Duermen de día y trabajan de noche, y la separan en sus casas para reciclarla. Algunos se preguntan cómo se mantiene motivado a un hombre cuyo destino parece estar unido de por vida a limpiar lo que otros ensucian. La respuesta está en la empresa para la que trabajan, que les garantiza una capacitación constante, un buen salario y unas condiciones laborales excelentes, donde el agua y el jabón abundan, y donde siempre tienen a disposición a un médico para cualquier consulta y un programa de vacunación contra enfermedades como el tétano, la hepatitis B y la influenza. Parece poco, pero en un mundo como ese estos detalles hacen la diferencia.

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No resulta extraño que Cristóbal Cristancho, de 51 años, y Marta Maldonado, de 43, traten las botellas que recolectan como si fueran de su propia sangre. A estas alturas de sus vidas, en las que tienen a cinco hijos por quienes velar, ellos saben que así tengan que trabajar más de 10 horas diarias, al final de la jornada tendrán 60.000 pesos para seguir sobreviviendo. Por esa razón es que ellos ven la basura con otros ojos, con los ojos de la necesidad, y como el sustento de una familia. Por más irónico que pueda parecer, si la basura no existiera ellos no tendrían cómo vivir. Por eso la aman.

Tampoco es raro que Giovanni Beltrán, de 30 años, piense que la basura ilustra lo que es Bogotá: una ciudad llena de personas sin conciencia. Si no fuera por ellas, la capital sería mucho más bonita, aseada y soportable. Y a pesar de debatirse entre el amor y el odio por su trabajo, Giovanni sigue entregando lo mejor de sí mismo cada noche, pues sabe que él le está prestando un servicio a su empresa, y al mismo tiempo él está recibiendo un servicio de su empresa, el de dejarle limpia su ciudad. Por eso poco le importa que muchas personas lo traten de cochino por comer durante su jornada laboral; a fin de cuentas él sabe que los asquerosos son otros, esos mismos que hacen la basura.

Mientras los recicladores y los recogedores sigan trabajando con las sobras de la noche, los habitantes de Bogotá podrán seguir descansando apaciblemente. Y lo podrán hacer con la certeza de que mientras duermen, alguien más estará hurgando y recogiendo lo que botaron por el shut, y también con la seguridad de que con el pasar de los días no se acostumbrarán a vivir en una ciudad alfombrada en bolsas plásticas de color negro. Las mismas bolsas capaces de emitir los gases tóxicos y los líquidos venenosos que generarían, en cuestión de horas, una contaminación visual y odorífica extrema, y en cuestión de semanas una pandemia que afectaría fulminantemente los pulmones y el corazón de los ciudadanos. Así de apocalíptica puede llegar a ser la basura en descomposición, al aire libre y en acumulación permanente, porque si el ser humano tiene algún reflejo condicionado letal, ese es el de no poder dejar de hacer basura.

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