Esanoche, Juan debía cazar un hombre. Juan y Laura eran un matrimonio bienavenido. A los 30 y 28 años, llevaban su vida con normalidad y sin hijos. Unbuen pasar económico y vocaciones satisfechas. Juan era publicista y Laura,diseñadora gráfica. Ni siquiera competían. Pero la armonía comenzaba acansarlos. No dudaban de que se amaban, y hasta donde podían ver el futuro, deseabanpasarlo juntos; por eso mismo se animaron a desafiar el aburrimiento. Juantrajo una mujer de una fiesta, le explicó el trío, y Laura y la desconocidaaceptaron compartir a Juan. Ahora tocaba el turno de compartir a Laura conotro.
Juan no quería perder tiempo ni arriesgarse: lo buscó en un local de swingers.Algunos de los clientes ocultaban su identidad. Laura era fanática del Batmande los años setenta, por la estética pop, y a Juan le pareció un detalle elegirprecisamente a quien se había encapuchado de ese modo. Tenía la ilusión denunca saber quién había penetrado a su esposa.  
Antes de arrearlo para casa, le aclaró las condiciones del sexo: no valían losgolpes, ni la sodomización. Batman aceptó con un asentimiento de cabeza.
Juan había comprado un  J. Walker etiqueta azul para la ocasión. Batmanles aclaró que nunca antes había bebido alcohol. Laura y Juan se rieroncreyendo que bromeaba.
—¿Y qué tomás? ¿Leche? —preguntó divertida Laura.
—No precisamente —respondió Batman.
—¿Por qué no pruebas el etiqueta azul? —dijo Juan—. No es alcohol: es algosuperior.
—Temo que me caiga mal —explicó Batman—. Y no quiero arruinar esta noche pornada del mundo.
—Es imposible que el Blue te caiga mal. Si nunca has probado alcohol, será comodebutar sexualmente con una virgen de 18 años.
—Eso lo hice realmente —acotó Batman—. Y continúa virgen.
Laura se rio.
—Eso no lo podrás hacer conmigo —agregó, refiriéndose a la sodomía.
Tampoco lo hice con ella —replicó Batman.
Juan, a quien no le gustaban los acertijos, le acercó un vaso lleno hasta lamitad de whisky. Batman realmente era inexperto: se lo bebió de un trago. Lauray Juan lo miraron estupefactos. Batman tomó la botella por el pico y bebióhasta la mitad.
—¡Nunca vi beber whisky así! —gritó Juan.
—Y mucho menos a Batman —se rio Laura.
—Hay muchas cosas que verán hoy por primera vez en sus vidas, presiento.
—Es cierto —aceptó Juan—. Nunca he visto a Batman trincándose a mi esposa.
—Pero yo no la voy a trincar ni soy Batman.
Laura ya había bebido dos medidas de whisky, y balbuceó risueña:
—A Robin no te pareces…
—No todos los quirópteros somos murciélagos —explicó el encapuchado.
—¡Pero Batman es el hombre murciélago! —se quejó Juan.
—Sí. Pero yo soy un vampiro.
Se quitó la máscara. Los colmillos no mentían. Tomó a Laura por el cuello. Juanatinó a acercarse, tambaleante, pero el vampiro lo contuvo con la palma de lamano, y dijo:
—Ni golpes ni sodomía. Cumplo con el trato.
Pero cuando Juan se rebeló contra aquella fuerza sobrenatural, el vampiro notuvo más remedio que partirle la botella de whisky en la cabeza. Le hubieragustado que atestiguara cómo se bebía a la esposa hasta el final. Después detodo, para eso lo habían contactado aquella noche.
Cuando llegó a su edificio en los suburbios, el vampiro se sentía mal. No leshabía mentido a Juan y a Laura: era su primera ingesta de alcohol. No debióhaber abusado. También había dejado seca a la mujer. Más de una vez le habíanadvertido no mezclar sangre con whisky. Ahora era tarde. Las náuseas lesubieron con la velocidad de un misil. Vomitó una buena cantidad de sangreajena, cayó redondo junto al vómito, y quedó durmiendo la mona hasta la mañanasiguiente.

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