Había un motelito en el centro donde me encantaba soplar, puesto que estaba cerca de las ollas y porque, bueno, pagaba uno diez mil pesos por tres horas sin que nadie lo viniera a joder. La pared de la entrada tenía una Minnie Mouse que escupía corazones mientras uno subía las escaleras —o al menos así nos parecía, porque uno ve en 3D esas maricadas cuando está trabado.

Ese día, Laura y yo quedamos de encontrarnos en la pieza para fumarnos unas bichas. Ella estudiaba Diseño Gráfico en Taller Cinco. Nos habíamos conocido en un centro de rehabilitación y solíamos bromear con que sus padres la internaron por meter hachís en Francia, con tan mala suerte que salió bazuquera del tratamiento.

Estaba tan colgada que era capaz de irse a la universidad para fingir que entraba a clase, devolverse en una flota hasta el Portal, seguir en TransMilenio hasta Las Aguas y llegar al motelito, justo a tiempo para fumar bazuco como si no hubiera mañana. Laura debía tener un paladar más fino, porque siempre me decía que los plones le sabían a baño, que tenían un regusto de la mano de productos con que cortan el perico y el bazuco en Bogotá.

Aunque al rato —con los humos puestos— le daba este girito: “Ale, ¿no te huele como a fresas?".

Nunca vi a nadie sacarle bocanadas tan profusas a una pipa como Laura. Nuestra rutina siempre era la misma. Ella se quedaba en topless mientras yo montaba el carro (si alguien les pregunta, ‘carro’ es una de esas palabritas cálidas que se inventan los gamines, en este caso para designar la pipa). Primero fumábamos por turnos, con clase. Nos pasábamos el carro, conversábamos de esto y aquello, diciéndonos que “si la vida hubiera sido otra…”. 

Porque yo era uno de esos bazuqueros filosóficos, cansones. Total que al rato perdíamos el estilo y nos rapábamos la pipa. A mí esa mierda me ponía a mil, listo para follar a lo Charlie Manson toda la mañana —pues aquello era follar, no hacer el amor— y dormir como un costal hasta cuando empezaba el noticiero de las doce. Era un gustazo esperar que comenzaran los deportes y apareciera este Ricardo Henao que antes de ir a comerciales gritaba: “¡No se muevan!”.

El bazuco es el residuo de la cocaína cocinado en gasolina roja, mezclado con cualquier cantidad de sustancias cáusticas que varían según el genio de quien lo produzca, pero que van desde cemento y polvo de ladrillo hasta pesticidas y detergente. No recuerdo del todo ni el primer día que fumé bazuco ni tampoco el último. Pero ese día lo tengo presente como si fuera ayer. Quedamos a las nueve en Portofino (así se llamaba el motelito). Esa vez Laura me arboleó y yo me puse todo susceptible: “Mejor, así me fumo esta mierda solo”. Subí a la pieza despechado, me saqué el suéter y encendí cinco cigarros bocarriba encima de una mesa, como un ponqué de cumpleaños —se necesita harta ceniza para espolvorear la dosis.

Tenía dos opciones: soplar hasta que solo oyera un pito o ir a casa de una amiga que vivía en La Macarena, donde yo creía haber escondido algunas bichas entre un rollo de papel higiénico. Falso: que Laura no llegara era un problema. Porque ella me contaba esas historias para embolatar la temblorina. A ambos se nos pegaba la aguja y podíamos conversar horas seguidas, era como tener desenchufada la lengua del cerebro: Romeo nunca se comió a Julieta; no tuvo tiempo, se durmió en los laureles por vivir dándole lora.

Estar amurado significa simplemente querer seguir soplando y no tener ni un peso. Quedar abandonado a los informes de una corporeidad de mal gusto. Yo estaba lleno de manías en esa época. Estupideces como tomar únicamente leche entera. Era uno de esos drogadictos que se vuelven papilla las neuronas, pero se mandan hacer las uñas religiosamente. En menos de una hora me fumé todo el bazuco. 

Y es siempre lo mismo.

Sentado, en bola, contra un muro, me columpiaba con los brazos alrededor de las rodillas. Sentía la cara como de foamy. En cosa de minutos me tuve ahí desordenando el cuarto. Volqué la cama, tiré por tierra los cajones, hurgué en el baño, debajo del tapete, en todas partes: nada. Pero explíquele a un bazuquero que no hay bichas donde no las ha escondido… ¿Cómo se va todo al carajo? Al decir de Hemingway: primero gradualmente y después de un golpe.

Así arañado, con las tripas encebolladas fui a la casa de mi amiga. Y era como tener un tipo adentro que sintiera sed por mí. Esta vieja era pa’ mierdas, porque todo el tiempo estaba dándome terapia con que no soplara, mire cómo está de vuelto añicos y esas cosas. Ojalá uno fuera un poquito más actor cuando hace falta disimular la paranoia. No pude contenerme y subí directo al baño que estaba en la terraza. 

Cuando ella abrió la puerta me encontró como un poseso, destrozando un rollo de papel higiénico donde yo juré que había algunas bichas. Sobra decir que me echó como a los perros de su casa. Laura terminó conmigo. Esa noche fui con la muchacha del servicio a un toque de Los Gigantes, Los Diablitos, Los Inquietos, El Binomio y Celedón. Bebimos aguardiente, cominos hamburguesas y chillé como una quinceañera en un concierto de Maná.

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