Mi amada R.,

Raudo, sin requiebros, te reitero la fuerza de mi amor o, valdría precisar, de nuestro rapto. Bien lo sabes: desde la primera vez que escuché tu canción, aquella lejana primavera, quedé prendado de tu voz (como luego de tus rizos). Nada ha variado: mi ardor se halla intacto y, si cierro los ojos, aún me estremecen los trinos que borboteaban de tu garganta. No volví a ser el mismo: miserable, durante noches rumié mi desventura, imaginando los labios, la boca y a ratos la cabeza que producían tan apasionadas notas. Acudí al pie de tu ventana y comencé a vigilarte —lo sabes—, obsesionado con descubrir un modo de llegar hasta tu encierro, mas no encontré en tu torre puerta alguna. Fui, pienso, cuidadoso: me hubiese calcinado tu recelo. Mi paciencia pronto se vio recompensada. Escondido detrás de un arbusto, una mañana vi llegar a la grasienta mujer que decía custodiarte: te invocaba sin reparos, con ese timbre horrísono que más parecía un barrido de animal que un grito humano, pronunciando sin rubor las sílabas de tu nombre. Tu radiante nombre. Y entonces se operó la maravilla: al principio no supe qué destello brotó de tu ventana, qué cascada de oro, qué clara suavidad evanescente. Tardé en adivinar que aquella luminosa trenza eras tú misma: tu larguísimo cabello ensortijado descendía hasta el suelo semejante a la pilosa cauda de un cometa. Rabié a morir, en cambio, cuando la grasienta utilizó el terso prodigio como escala y comenzó a trepar, mal que bien, hasta tu cárcel. ¡Cuánto deseé que resbalase el adefesio! Pero nada: la gorda trepó y trepó —obesa araña— hasta desaparecer en la penumbra de tu cuarto. Así atisbé tu condición de esclava, la sórdida trampa que te encerraba en ese burdo monumento a la falta de ascensores. Qué dicha sentí, amor mío —la confieso—, al constatar la magnitud de tu desgracia. No soy vil, me conoces: si gocé fue porque se me abrió la posibilidad de contemplarte. Descendió la gorda a trompicones y se marchó sin sospechar —creí yo— el odio que se incubaba en mi pecho en contra suya. Te nombré, ya sin dudar, y dio inicio nuestro idilio.
Mi deber es rescatarte, te dije. ¿Cómo, no hay en el mundo tan largas escaleras y mi guardiana volverá en un instante. Sabré hacerlo, te prometí, ufano, sin saber aún cómo rescatarte. Pero antes, una cosa, te dije: haz descender tu cabellera para que al menos una vez pueda mirarte. Reconozco, vida mía, tu entereza: lo hiciste sin chistar, confiando ciegamente en mis modales. ¿Cómo habría de arrepentirme? Tu resistente pelo entre mis manos, enredado entre mis piernas, hermoso, largo y firme, no se compara a nada que uno experimente en este mundo. Subir fue ya la gloria. Casi hubiese querido permanecer allí, a mitad del camino, entregado a tus mechones. Verte fue constatar la profundidad de mi deseo: tienes que ser mía, mía para siempre, te dije, y mío tu cabello. Sonreíste: si me sacas de aquí, te envolveré en él todas las noches. Nos despedimos: debía descender y hallar el modo de salvarte. Me encontraba apenas a mitad del recorrido cuando percibí el estruendoso chillido de la vieja. Lanzaba horrendas maldiciones, me hizo trastabillar y yo caí, y caí, y caí, lejos de tu pelo, entre las zarzas. Ya en el hospital, una docta voz certificó mi ceguera: las espinas habían atravesado mis pupilas y la cirugía no podría repararlas. Volví a la torre, sin encontrarte: la grasienta te había secuestrado.
 
Por dos años vagué de comarca en comarca; me dijeron que habías muerto, que te había desposado un hechicero, que temblabas en el interior de una covacha. Solo la memoria de tus pelos me animaba. Recorrí cientos de caminos hasta que volví a oír tu canto: sola y trémula —y lo que es peor, pelada al rape—, sobrevivías en un sórdido orfanato de provincias. La vieja te había trasquilado y te había abandonado allí, más desnuda que desnuda, desprovista de tus sedosos encantos. No me importó: el tiempo todo lo cura, me dije, el pelo habrá de crecer y reformarse. ¡Qué años del más tierno amor fueron aquellos! Tus lágrimas sanaban mi ceguera y yo, gastando todos mis ahorros, no escatimé en bálsamos, tónicos y enjuagues, jojoba, miel y avena, aguacate y manzanilla, para devolverle el brillo y el vigor a tu cabello. Lo cuidé como el mayor de los tesoros, lo mimé en abundancia, eliminé la orzuela, corté las puntas, alacié cada una de tus mechas: al cabo de dos años de cuidados allí estabas otra vez tú, sana y salva, completa y reparada. Seríamos felices para siempre, como los cuentos nos habían prometido. Rutilante imaginaba nuestro futuro.
 
Te desposaría y tendríamos tres hijas con rubias cabelleras: un concierto de pelos sería el mejor de los hogares. ¿Cómo imaginar que otra vez nos acechaban las desgracias? ¿Sería acaso la venganza de la gorda, un conjuro atroz, un desafío? Incipientes malestares, mareos, convulsiones: tu enfermedad se hizo obvia de repente, amor mío. Visitamos a los más célebres médicos del planeta, los más sabios, los grandísimos expertos, y todos llegaron al mismo dictamen oprobioso: un agotador y largo tratamiento. ¿Y las expectativas, pregunté yo, aterrado. Buenas, respondió el galeno torpemente: más de ochenta por ciento de éxito en casos parecidos. No, insistí yo, ¿y el cabello? Como toda respuesta, el infeliz movió a un lado y otro la cabeza. Lo siento, vida mía: mi ardor no ha disminuido, pero esto ya no puedo soportarlo. No de nuevo. Sé que saldrás adelante, tienes la fuerza y la energía; yo, en cambio, seguiré mi camino errante y desolado. Pero no lo dudes, mi princesa: pase lo que pase, jamás habré de olvidarme de ti y de tu pelo.

P.

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