El jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción de la Radio Deutsche Welle, en Colonia, Alemania, ciudad donde sigo sobreviviendo. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo fabricar —"sobre el pucho" (es decir: ya)— un programa especial de media hora, ad hoc?

[Cinco minutos más tarde, y como estímulo a improvisar ese programa lo más pronto posible, me preguntaba el jefe de otro servicio latinoamericano de la emisora: ¿no tendría yo ganas de viajar a Estocolmo en diciembre, para transmitir la entrega del Premio]

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé sin pausas: a París de la Francia y a Deyá de Mallorca, a Madrid y a Barcelona, a Toulouse...

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, a quien no preciso presentarles; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y, last but not least, con la poeta salvadoreña Claribel Alegría, coautora con su esposo, Bud Flakoll, de una novela estremecedora —Cenizas de Izalco— sobre la masacre de los campesinos acaudillados por Farabundo Martí, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, un generalote teósofo y vegetariano.

Solo debo precisar que mi primera llamada había sido a Julio Cortázar, en París. Pero ahí me respondió su contestador automático informándome en francés, con la voz del Gran Cronopio: "Julio Cortázar no se encuentra en casa por el momento. Si lo desea, puede dejar un mensaje después de oír la señal sonora". Y luego un ¡bip! escueto. De modo que le dejé un mensaje explicándole el objeto de esa llamada y diciéndole que aún quedaban un par de horas hasta la emisión del programa, que lo volvería a intentar.

Lo hice al terminar el resto de mi maratón telefónica, y otra vez el aparatico automático y el ¡bip! Ahora le dejé el mensaje de que lo intentaría de nuevo una hora antes de la emisión, y me puse a editar el material que había grabado. Ya casi al cierre, fue mi tercera llamada al 00331.824-6138, pero volvió a salir el mayordomo autómata, y en ese momento lo decidí: registraría la voz de Julio en su contestador. Y así, cerré el programa informando a mis oyentes de que también procuramos obtener el testimonio de Cortázar, pero con el siguiente resultado: sencillamente les hice oír la cinta pregrabada de JC en su criada respondona automática.

Menos de año y medio después, el 12 de febrero de 1984, Osvaldo Soriano me telefoneaba desde París para decirme que Julio acababa de morir, y no hice nada más que colgar el tubo cuando ya estaba sonando de nuevo el teléfono. Mi jefe: ¿no podría encargarme yo, por favor, de escribir la necrológica de Cortázar, para el programa de esa noche?

La escribí, sí, la escribí doliéndome cada palabra que escribía. Y sin que sepa de dónde me vino la idea, de repente me vi escribiendo este final: "Ya no vendrá. Ya no volveremos a escuchar su voz en el contestador automático, cuando llamábamos a su apartamento de París", consignando a continuación el código del archivo de un corte, para el técnico que me iba a grabar. El corte, claro está, era ese registro, gracias al cual, casi fantasmagóricamente, Julio nos seguía pidiendo —después de muerto— que le continuáramos dejando mensajes.

En mi grabación le pasé uno, después del ¡bip!: "Pero el mensaje te lo dejo igual, Julio, que te quedaste anclao en París. El mensaje es el de siempre. Los cronopios no mueren. Vos, Julio, tan solo saltaste una casilla más en la rayuela de tu vida. Del infierno tan temido, te marchaste a la gloria para siempre".

En algún lugar de su extensa obra, el doctor Castaño Castillo ha dejado dicho, de manera muy generosa, que ese ha sido el mejor programa de radio en la historia de este medio. Con todos los respetos, a mí me bastaría pensar en la adaptación por Orson Welles de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, para convencerme de que no. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro: de que quizás siga siendo la única necrológica que aún hoy, al oírla a más de veintitrés años de la muerte de Cortázar, nos vuelve a poner el corazón en un puño cuando escuchamos la voz del Gran Cronopio.

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