Cuando el empresario de Broadway Billy Rose compró el teatro Ziegfeld —que ahora es un estudio de televisión de la NBC—, en 1944, lo convirtió en el epicentro del espectáculo neoyorquino. Allí se presentaron Los caballeros las prefieren rubias, Antonio y Cleopatra, Porgy and Bess. Rose, que vivía en el piso de arriba del Ziegfeld, contactó a Salvador Dalí para que pintara siete obras para el vestíbulo del teatro. La pinturas ilustrarían la apertura de un proyecto que venía trabajando desde 1942, Las siete artes vivas de Rose (radio, concierto, ballet, ópera, boogie-woogie, cine y teatro).

Dalí trabajó en el encargo durante noviembre y diciembre de 1944, mientras Rose asumió el cargo como jefe de entretenimiento militar en la etapa final de la Segunda Guerra Mundial. Una de las pinturas —Boogie Woogie— es la interpretación daliniana de la frenética locura de la danza. En abril de 1956, un incendio que tuvo lugar en la casa de Rose destruyó los siete óleos, por lo que el neoyorquino le pidió al artista hacer una copia exacta de las obras originales. Sin embargo, el español le advirtió que no podía, que tenía que reinterpretar e imaginar de nuevo.

Las casas de subastas más importantes del mundo como Sotheby’s y Christie’s subastaron el cuadro manteniendo oculta su procedencia. De esa manera, los compradores no podían saber sobre su dudoso origen.

El español tardó varios días en hacer una nueva versión del Boogie-Woogie en su taller en Barcelona. Para la tercera semana de noviembre de 1956 Dalí y Gala iniciaron su excursión a Nueva York, donde la prensa se ocupó de la segunda versión del cuadro de Billy Rose y de La última cena, que acababa de ser adquirida por el millonario Chester Dale.

Así nació The Dance, como es conocido el óleo de 84 x 116,3 centímetros, firmado en la parte central derecha por Dalí. El cuadro pasó a ser parte del teatro de Billy Rose, después fue comprado por su socio Joel Mallin, quien a su vez lo vendió a una casa de subastas de Nueva York a inicios de los ochenta. Su siguiente parada fue Colombia.

Después de sobrevivir a un incendio en Nueva York y a la época más dura de los carteles del narcotráfico en Colombia, The Dance llegó a su morada final, el Morohashi Museum of Modern Art, en Fukushima, Japón. Teizo Morohashi, su propietario, estuvo varios años detrás de esta pieza.

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No había oído hablar de este cuadro hasta que llegó a mis manos el libro Pablo Escobar, mi padre, de Juan Pablo Escobar. Después de leerlo no pude dejar de pensar en la historia contada allí. La trama es sencilla: entre 1992 y 1993, después de que Escobar se escapó de su propia cárcel, la Catedral, se desató en Medellín una guerra a muerte entre la gente del cartel de Escobar y un grupo clandestino llamado los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), que era una confusa amalgama que incluía a los servicios de seguridad del Estado, la CIA, la DEA, el FBI, los paramilitares, antiguos socios del capo y el cartel de Cali.

En esos años, uno a uno, habían ido cayendo todos los miembros de la organización de Escobar, desde sus abogados hasta sus asesores en comunicaciones, desde choferes y mayordomos hasta jefes de seguridad y sicarios a su servicio. También sus propiedades. Escobar —que vivía escondido— ordenó guardar las obras de arte que la familia adquirió desde los primeros años de riqueza hasta su paso por la cárcel en varias casas y caletas de Medellín para que no se las robaran los Pepes. A pesar de las medidas para salvaguardar la fortuna familiar, Carlos Castaño —entonces cabeza militar del grupo— se quedó con el cuadro de Dalí en uno de los operativos de los Pepes a las propiedades y escondites del capo.

Después de que Escobar pereciera abaleado en un tejado de la ciudad, mucho se habló de sus Picassos, Dalís, Boteros o Mirós. De hecho, en la segunda temporada de la serie Narcos, de Netflix, se hace referencia a varias obras de arte que la esposa de Escobar, María Victoria Henao, le compró a un marchante español.

La suerte de las piezas de arte y decoración de la familia Escobar Henao es intrincada. Muchas fueron hurtadas por los Pepes, algunas cambiadas en diligencias judiciales y otras destruidas. Lo que quedó de la colección fue incluido en la lista de bienes con que la viuda y el hijo de Escobar pagaron a sus enemigos los costos de la guerra que perdieron.

En una reunión de la familia con los Pepes, Carlos Castaño le dijo a María Victoria Henao que él y su hermano Fidel—reconocido coleccionista de arte— se habían quedado con un óleo de Dalí, justamente The Dance, que valía tres o cuatro millones de dólares y estaba almacenado en un cuarto de Montecasino, la mansión de la familia Castaño en Medellín. Fidel había prometido devolverlo a la viuda de Escobar para garantizar su liquidez económica en la reparación, pero ella le salió al paso diciéndole que no lo quería, que prefería que él se lo quedara y que le enviaría los certificados de autenticidad de la obra.

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Salvador Dalí escribió en su Diario de un genio lo que pasaba por su cabeza por la época en que un incendio destruía Las siete artes vivas de Rose en el apartamento de su amigo, a un océano de distancia.

“Abril (1956). España ha tenido siempre el honor de ofrecer al mundo los más altos y violentos contrastes. Estos contrastes se encarnan en el siglo XX en las personas de Picasso y de este humilde servidor. Los acontecimientos más importantes que pueden sucederle a un pintor contemporáneo son dos:

1. Ser español.

2. Llamarse Gala Salvador Dalí.

Ambas cosas me han ocurrido a mí como mi propio nombre Salvador indica, estoy destinado nada menos que a salvar la pintura moderna de la pereza y el caos. Yo me llamo Dalí, que en catalán significa ‘deseo’”.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), el matrimonio Gala Dalí decidió radicarse en los Estados Unidos y, para costear el exigente estilo de vida de la pareja, el español decidió vivir de encargos. “Dalí comenzó a prostituirse artísticamente”, afirma Ian Gibson en su libro La desaforada vida de Salvador Dalí. Para el nuevo perfume de Leigh, Flores del desierto, realizó tres cuadros titulados Trilogía del desierto, en los que echaba mano de las ideas de siempre. Se expusieron en privado en la galería Knoedler en octubre de 1946 y los críticos que asistieron coincidieron en señalar la decadencia del artista.

Las ilustraciones por encargo fueron otra fuente de ingresos rápidos y fáciles para el pintor: fáciles porque era variaciones más o menos arbitrarias sobre trabajos realizados en los años treinta, escribió Gibson en su biografía. Durante ocho años Dalí produciría docenas de tales ilustraciones para, entre otros libros, Memorias fantásticas (1944), Macbeth y Don Quijote (1946), los Ensayos de Montaigne (1947), La autobiografía de Benvenuto Cellini y Vino, mujeres y palabras (1948), del primer propietario de The Dance, Billy Rose, de quien se hizo muy cercano. La vida de Dalí en Estados Unidos se desarrolló en el mercado: diseñó una Última cena y un Cristo para los comedores de las familias estadounidenses católicas, luego fueron sus bigotes con la hora 10:10, un sofá con la forma de los labios de Mae West para la revista Life. Diseños que lo hicieron un hombre millonario. Por todo esto, el papa del surrealismo, André Breton, que fue su amigo, construyó con las letras de su nombre un anagrama vengativo y feroz: Avida Dollars.

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Mucho antes de sobrevivir al terremoto y posterior maremoto de Japón en 2011, de convertirse en botín de guerra, de que lo hubiera robado uno de los más crueles asesinos de Colombia, mucho antes de ser subastado en Londres y expuesto en Tokio, The Dance recibió su bautizo de fuego en Medellín, el 13 de enero de 1988.

Aquel día, Escobar se levantó a la 4:30 de la mañana para acompañar a su socio Jorge Luis Ochoa al Aeropuerto Internacional José María Córdova. Ochoa planeaba instalarse en Brasil durante una temporada larga y le pidió a Pablo que lo acompañara los primeros días. Escobar aceptó. Haber madrugado le salvó la vida, pues el capo tenía una reputación bien ganada de noctámbulo: siempre tomaba las decisiones más importantes de la organización entre las tres y las cinco de la mañana. No es casual, entonces, que el Renault 21, cargado con 800 kilogramos de dinamita y escoltado por cuatro camionetas Samurai explotara al frente de su casa —un edificio de ocho pisos en el barrio El Poblado al que llamó Mónaco—, a las 5:10 del amanecer.

Tras la caída del capo del cartel de Medellín, The Dance pasó a manos de Fidel Castaño y, tras la muerte de este, a las de su hermano Carlos, quien ordenó su venta cuando estaba acorralado.

La bomba en el búnker de Escobar y su familia, ordenado por Pacho Herrera, estremeció el sur de Medellín y dejó al descubierto la fortuna del capo que se hallaba en el edificio. Valiosos carros de colección en el sótano, obras de arte que quedaron semidestruidas en muchos casos, esculturas griegas, jarrones chinos, lámparas y muebles importados, objetos que tenían un valor superior a la propia casa.

El Tiempo tituló, el viernes 15 de enero, “Había obras de arte hasta en los baños”, y reveló el inventario detallado que los jueces de Instrucción Criminal realizaron durante dos días consecutivos y que fueron consignados en un acta de pertenencias de la familia Escobar Henao.

En el segundo piso del edificio, una especie de sala de espera y reuniones, estaban las obras de arte. Más de 10 óleos de Fernando Botero (entre ellos un cuadro con la dedicatoria a la dueña de la casa: “A Victoria, de Fernando”), cinco de Obregón, uno de Francisco Antonio Cano (Paso del ejército libertador por el páramo de Pisba), varios Picassos (entre estos varios intaglios y un dibujo en sepia de la serie Erótica y Mujer con sombrero, de 1938), un Miró, tres de Darío Morales, algunas obras de Enrique Grau, otras de Oswaldo Guayasamín, Igor Mitoraj, unos Luis Caballero, David Manzur y en la parte de posterior del piso, el punto más alejado del centro de la explosión, dos óleos de Dalí: The Dance.

Desde el día del atentado, el edificio fue sellado y vigilado por la Policía de Medellín para evitar saqueos. Un mes después, cuando las diligencias judiciales finalizaron, la Policía retiró la seguridad del lugar, Escobar comisionó a su cuñado Mario Henao Vallejo el inventario de los daños totales con el fin de establecer las obras y objetos averiados por el atentado.

El crítico e historiador de arte Álvaro Medina me contó una anécdota que conoció de primera mano. En otro artículo de El Tiempo apareció la fotografía de un cuadro de Darío Morales semidestruido y con el marco desprendido de la tela. Un amigo de Morales le envió a Cartagena el recorte de prensa al artista, quien tres días después llamó llorando a Medina y le dijo que nunca pensó que el mejor cuadro que había pintado —una mujer desnuda que está planchando, que Medina había visto en el taller de Morales en París unos años atrás, cuando los dos vivían en Francia— estuviera en manos de Escobar. Nunca pasó por su cabeza que un mafioso fuera propietario de su mejor obra.

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En los años ochenta y parte de los noventa varias galerías estuvieron enredadas en la compra y venta de arte a mafiosos. El modus operandi estaba claro: un artista de renombre, un intermediario sin escrúpulos, un galerista con contactos y un incauto con dinero. Jairo Valenzuela, director de la galería Valenzuela Klenner, cuenta que en aquella época se fabricaban artistas a la medida del gusto de los mafiosos, que era fácil de complacer: caballos, desnudos, guerreros, billares, vida nocturna, cerámicas y obras que al ser comercializadas multiplicaban su valor comercial entre cinco y diez veces. En sus colecciones, los mafiosos seguían el canon dominante, el gusto de moda. Eran coleccionistas o mecenas desmesurados sin ningún interés en la memoria histórica del país o en la investigación de la obra de un artista.

Escobar podía no saber mucho arte, pero no era un tonto. Mauren José Ramírez le vendió, en la década de los ochenta, cuatro jarrones de la dinastía Chen-Tsung por unos 1000 millones de pesos colombianos de entonces. El jefe del cartel de Medellín pidió a un curador de confianza un certificado de autenticidad, pero este le reveló que los jarrones eran replicas hechas en Ráquira, Boyacá. Pocas semanas después Ramírez apareció abaleado en una calle de Medellín.

Por años el cuadro fue propiedad de la familia Escobar Henao y hacía parte de la colección particular que tenía lugar en el edificio Mónaco.

Un reportaje de Graham Bowley y William K. Rashbaum, publicado en The New York Times sobre el mercado del arte y su complicidad con el lavado de dinero, cuenta que cuando una persona o una casa de subastas —Sotheby’s o Christie’s— venden obras de arte, independiente de su valor comercial, por lo general no se revela la identidad del vendedor. Algunas veces ni la propia casa la conoce. Los papeles de la compra, dice el artículo, por lo general dirán entonces que viene de una colección particular, por lo que el comprador no suele tener ni idea de con quién está tratando.

Guillermo Valencia, crítico y jurado de varios concursos de arte en Colombia, asegura que en el caso del cuadro de Dalí, y en general en cualquier compra o venta de obras, las casas de subasta son una especie de corredoras de riesgo, funcionan como una notaría porque están en la mitad del proceso y cobran por su capital de reputación que incide en el mercado. No es extraño, entonces, que en algunos casos se “limpie” la procedencia de una obra.

Lo cierto es que fijar un precio en arte es una tarea compleja: se deben tener en cuenta el precio y la demanda, que aumentan o disminuyen de acuerdo con el autor, la época, la técnica, el contexto social y cultural en el que fue hecha, la historia de la obra, su estado y tamaño. En cuanto a las obras que pasaron por las manos de narcotraficantes, su valor se deprecia por sus anteriores propietarios.

Por eso la discreción y el secreto han sido centrales en el mundo del arte, una pauta que siguieron los mafiosos y los dealers que los asesoraban cuando compraban. Eduardo Bastidas, comerciante de arte y decoración, aseguró en una audiencia juramentada en 2004, durante el proceso por unos cuadros que le vendió a Elizabeth Montoya de Sarria (la Monita Retrechera), que en el mercado de arte colombiano de los años ochenta y noventa los negocios se hacían verbalmente, se entregaba una cuenta de cobro, no existía IVA ni retención ni otros impuestos a objetos de lujo (que hoy es del 33 %), no se preguntaba mucho y el dinero se entregaba en efectivo, para no dejar huella.

En ese contexto, dealers como Édgar Fernando Blanco Puerta, Eduardo Bastidas, Fanny Monsalve y otros abastecieron a la plana mayor de los carteles del país.

Dalí, junto a Picasso, Miró, Renoir, Degas, conformaron el canon internacional de arte de coleccionistas mafiosos colombianos. En cuanto al español, el catálogo razonado de la Fundación Gala Dalí, la fuente de información más confiable y completa sobre la obra del artista, indica en la procedencia —la línea cronológica de los propietarios de un cuadro desde que sale de las manos de un pintor— que The Dance fue subastado en Sotheby’s Nueva York en mayo de 1985. Luego, durante diez años, se perdió su rastro, hasta que reapareció en una subasta en la sede londinense de Christie’s, en noviembre de 1994.

En ese lapso la obra de Dalí estuvo en Colombia. Édgar Fernando Blanco, quien tenía contactos en Nueva York desde los años setenta, cuando comenzó a enviar de regreso al país obras de artistas colombianos para lavar dólares, podría haber sido el puente para que Escobar se hiciera con el cuadro del español a mediados de los ochenta y lo sumara a la colección que su esposa, bien asesorada por galeristas y marchantes de la ciudad, estaba conformando en el edificio Mónaco.

En un reportaje que escribió Aurélie Raya en junio pasado sobre María Victoria Henao en la revista Paris Match, cuenta que a ella le encantaban las joyas de la casa de Georg Jensen, que combinaba los principios del art nouveau con motivos naturales. Ella ordenó un juego de joyas con el monograma E y H (Escobar y Henao). Por aquellos años, la relación entre su esposo y la presentadora Virginia Vallejo ocupaba las primeras planas de periódicos y notas de chismes de los noticieros. La vida íntima de Escobar se hizo pública y su esposa, resignada, sufría en silencio y sola.

Escobar intentaba resarcir sus infidelidades con detalles que su billetera le permitía: flores enviadas en un avión desde Bogotá; manteles de lino bordados a mano en Venecia, Italia; obras de arte; esculturas. La vida llena de lujos y comodidades de la familia cambió cuando Escobar ordenó el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, en abril de 1984. Desde ese día, la tranquilidad de la esposa y los hijos dependería del pulso entre Escobar y el Estado colombiano.

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Recientemente una fuente cercana a Carlos Castaño, que pidió el anonimato, le confirmó a la periodista Dora Montero que había visto el cuadro en una de las propiedades de los Castaño. Otro que confirmó haber visto el cuadro fue Jesús Ignacio Roldán, más conocido como “Monoleche”, quien conoció a fondo a Fidel Castaño y respondió a vuelta de correo de la oficina de prensa del Inpec, aunque dice no recordar el lugar exacto.

Fidel Castaño era conocido como “el Rambo colombiano”, un experto en artes marciales que, según un perfil de Semana, fue propietario de una de las mejores y más completas colecciones de Fernando Botero. Los cuadros estaban repartidos entre su lujoso apartamento en París, en la mansión de Montecasino del barrio El Poblado, de Medellín, y en otras de sus muchas propiedades. Cuando se sentía en confianza con algún amigo o conocido, le enseñaba con detalle su colección de arte e incluso le mostraba una foto suya junto a Dalí.

The Dance finalmente quedó en manos de Fidel, sin que Carlos pusiera mucha resistencia. María Victoria le envió los certificados de autenticidad y el avalúo final: 4 millones de dólares. Fidel decidió que el cuadro se quedaría en Montecasino.

Diez años después, con Fidel ya fallecido, en 1994, Carlos Castaño estaba acorralado por las divisiones internas de las Autodefensas Unidas de Colombia. Mauricio Aranguren cuenta en el libro entrevista Mi confesión que Carlos Castaño les escribía cartas a empresarios y amigos, en las que hablaba de su posible entrega al gobierno de los Estados Unidos o daba instrucciones para que le consiguieran dinero en efectivo, pues estaba en bancarrota. En la cima de su desesperación, cuando se hizo adicto a la cocaína y el whisky, ordenó a sus testaferros que vendieran parte de su fortuna más preciada: las obras de arte, entre ellas el cuadro de Dalí.

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El viernes 11 de marzo de 2011, a las 2:46 de la tarde ocurrió en Japón el cuarto mayor terremoto que se haya registrado en los últimos 150 años. La violenta sacudida desencadenó un tsunami gigante que formó una pared de agua de 15 metros de altura y poderosas réplicas.Mientras en Fukushima las olas barrían los diques, Masako Ono, parte del equipo curatorial del Morohashi Museum of Modern Art, resguardaba la colección Dalí en una de las bodegas del museo. Puso a salvo 29 trabajos del español, una de las colecciones particulares más completas del artista figuerense en el mundo, propiedad de Teizo Morohashi.

El señor Morohashi quiso hacerse con el cuadro The Dance desde que lo vio en Galerie de l’Elysée, en 1973, pero no logró convencer a Mallin, entonces propietario de la obra. No se rindió, después de su accidentada peregrinación por Colombia lo compró en Inglaterra en 1994 y lo llevó a su destino actual, en el lejano Oriente.

Por estos días, Masako Ono trabaja a toda máquina para tener lista la próxima exposición del museo: Litografía de Salvador Dalí, en la que el público podrá ver más de 50 obras de la época surrealista del pintor. Hace unas semanas, Masako ordenó, en las bodegas del museo, las obras y materiales de una exposición sui géneris del artista: Gastronomía en las obras de Salvador Dalí (Gastronomy from works of Salvador Dalí).

Simona Dolari, Ph.D investigadora del área de Impresionistas y Artistas Modernos de la casa Christie’s de Londres, confirmó que el cuadro The Dance llegó allí a mediados de 1994. El cuadro fue vendido por 210.000 libras esterlinas al señor Morohashi, fundador y director del Morohashi Museum of Modern Art, quien murió en 2001. Dolari no supo explicarme la procedencia del cuadro, ni la identidad de su anterior propietario (“tal vez un coleccionista suizo o árabe”, escribió en su correo). Dijo que no hay motivos para pensar que no se trata de una obra original, si los documentos firmados entre Christie’s y los anteriores propietarios son legales y válidos para tener certeza sobre la procedencia de la obra.

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La historia de The Dance es reveladora de la realidad del mercado internacional del arte: el milagro de la mercadotecnia, el afán de ganancia por encima del arte mismo. Ni siquiera Dalí, con su diabólico olfato publicitario y creatividad sin igual, hubiera anticipado un destino tan disparatado para una de sus obras.

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