Mi amigo Besnaro lleva 20 años casado con la misma mujer. Fue su primera novia y es la madre de sus hijos. Nos habíamos encontrado de casualidad en un bar del barrio de Once, y compartíamos un fernet.

—Veinte años —le dije—. Es como la llegada del hombre a la Luna: debes ser el único de nuestra era que llegó a los 20 años de matrimonio.

—Quería presentarme en el libro Guinness —aceptó Besnaro—. Pero me dijeron que lo mío no es un récord, sino una exageración.

—Resentidos —lo consentí—. Seguro que son todos separados.

—Divorciados —aclaró Besnaro—. Porque separado también lo he sido yo.

—¿Cómo? —pregunté asombrado—. Si siempre has vivido con Daiana…

—Sí, siempre he vivido con ella. Y nunca me divorcié. Pero me separé una pila de veces.

—¿Qué ocurrió? ¿Te mandó a dormir al sofá? A eso no se puede llamar una separación.

—No. Siempre hemos dormido en la misma cama, y amorosamente.

Pero me separé, decidí que ya no éramos pareja, muchas veces.

—¿Pero cómo? —continué—. Yo nunca me enteré… Me estás reconociendo que siempre vivieron juntos.

—Por supuesto que vivimos siempre juntos —insistió Besnaro—. De hecho, Daiana nunca se enteró de que nos separamos.

—Me doy por vencido —admití—. No entiendo nada.

—Todo comenzó cuando me reencontré, de casualidad, con Laura, una compañera del secundario. Tú la conociste.

—Una belleza —rememoré.

—Pues bien, me preguntó qué había sido de mi vida, e involuntariamente respondí: "Me separé".

—¿Le mentiste?

—No era mi intención. Pero de pronto descubrí que no le estaba mintiendo: desde que la vi, y hasta que terminamos de hacer el amor en el albergue transitorio, decidí que me había separado de Daiana. Esa misma noche, cuando Laura me envió un mail para sugerirme vernos, le respondí que se me hacía imposible porque me había reconciliado con mi esposa. Desde entonces, cada vez que encuentro una mujer que lo merece, me separo de Daiana y, sin que la misma Daiana lo sepa, me vuelvo a reconciliar con ella cuando el encuentro furtivo termina. Fíjate: ni soy infiel ni le hago daño. Piensa en cuántos sujetos arruinan sus familias por un amor pasajero, o les son infieles a sus esposas. Yo no comulgo con unos ni con otros.

—Digamos que te separas, semanal o mensualmente, durante una hora y media.

—Menos. Una hora, cuarenta y cinco minutos. He llegado a separarme por media hora. Son separaciones como cualquier separación, lo que cambia es el factor tiempo. Mi método, patentado en mi memoria con el título de ‘Sistema aleatorio‘, podría haber salvado el mundo más de una vez.

—Al menos impedir la Guerra de Troya.

—No, esos estaban perdidos, querían guerrear. Se la llevó de una punta a otra de la Tierra. No califica en el sistema aleatorio. Pongamos el caso Clinton. ¿Recuerdas una mejor presidencia norteamericana?

Hice memoria. Me rendí.

—No —reconocí—. Es la mejor que recuerdo.

—Pues bien, ¿por qué cayó?

—Cayó sentado, en el sillón, con la Lewinsky arriba —recordé.

—No precisamente arriba —precisó Besnaro—. Pero suponte que le hubieran aplicado el sistema aleatorio. Mientras le enseñaba a fumar el habano a la Lewinsky, estaba separado.

—Lógico —coincidí—. El factor tiempo. El tiempo y el sentido se modifican el uno al otro.

—No se puede llamar infidelidad a lo que hiciste antes de conocer a tu mujer, ni a lo que haces luego de haberte separado de ella. Para eso existen las separaciones.

—No creo que los republicanos hubieran aceptado la explicación.

—Hubiera valido la pena intentarlo. Tal vez hoy el mundo sería muy distinto.

—Sabes, creo que eres muy superior a Armstrong. ¿Y el libro de los Guinness no te aceptaría el récord de la separación más corta?

—Por supuesto que sí. Pero no estoy dispuesto a que Daiana sepa que alguna vez nos hemos separado, ni siquiera por diez minutos. Es el único amor de mi vida. .

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