Como no me cuidé cuando joven, de viejo me fui quedando mueco poco a poco. Antes de ponerme la prótesis completa, me fui poniendo puentes, que son como unos pequeños implantes de pocos dientes, hasta que ya no tuve más opción que mandarme hacer una prótesis completa en la parte superior de lo que antes fue mi dentadura y que en ese momento no era más que una encía. Eso fue hace unos tres años y el trabajo lo hizo el que entonces era mi odontólogo personal.

Al ver el resultado, mi esposa me dijo que me mandara a hacer la prótesis inferior. Yo me le hice el loco hasta que un día me entrevistó el doctor Marlon Becerra, el de Soles y vientos, y me ofreció una valoración odontológica en su clínica. Fui hasta allá y me la hice, pero al conocer el precio de la prótesis vi que me quedaba muy duro pagarla: 17 millones de pesos. Entonces le dije que iba a pensarlo y salí. Cuando me iba de la clínica me alcanzaron dos subalternos del doctor Becerra y me dijeron que él había pedido que me miraran nuevamente, y así fue como, con un precio especial de menos de la mitad, pude mandarme a hacer la parte de abajo de mi caja de dientes.

Cada prótesis es como un molde que en la parte que va contra las encías está diseñado para que se ajuste como un guante. No sé de qué están hechas, la parte de los dientes es muy parecida a los de verdad, y el resto es de una pasta muy resistente. Su calidad está garantizada por cinco años.

Como es algo postizo cuesta trabajo adaptarse a esa situación. Es como estrenar zapatos. Al principio, las prótesis se golpean contra las encías y las raspan, lo que genera unas heridas bastante dolorosas. Pero el doctor me recomendó una crema que se unta en la parte de encima de cada prótesis y sirve para evitar el dolor, es una especie de anestesia, y también impide que las heridas se agranden y se infecten. La parte de arriba no genera casi problemas porque ahí la boca siempre está quieta; pero a la de abajo es difícil acostumbrarse porque siempre está en contacto con la lengua, que la mueve y la desacomoda. Pero aparte de esos contratiempos, que con el tiempo uno va dominando, nunca se me ha caído en público ni he pasado vergüenzas.

La limpieza de la caja de dientes la hago con Listerine después de cada comida. Es muy incómodo, además de sucio, cuando la comida se mete entre la prótesis y el paladar. Ahí tengo que quitármela, limpiarla, y volvérmela a poner. Duermo con ella, aunque dicen por ahí que en la noche uno puede ahogarse. A mí nunca me ha pasado eso; en un viaje a Estados Unidos compré una crema de esas para pegarla al paladar y la sigo usando hasta para dormir. También puedo comer de todo. Me gustan especialmente las cosas crocantes, los turrones y los dulces. Al principio la prótesis me pelaba las encías al morder cosas duras, pero desde hace como tres meses empecé a acostumbrarme y ya no me molesta. Aunque las prótesis están garantizadas por cinco años, cada tres meses más o menos voy donde el doctor Becerra a que me revise. Hace dos semanas fui por última vez. Me dijo que todo va bien.

En Sábados felices nadie se ha burlado de mí por mi caja de dientes. Alguna vez ‘el Mocho‘ Sánchez me contó la historia de un amigo suyo que estornudó en la calle, se le salió la prótesis y al estrellarse contra el piso salieron los dientes a volar por todas partes. Ya he dicho que nunca me ha pasado nada por el estilo, y espero que nunca me pase porque, entonces sí, me convertiría en el hazmerreír del elenco.

Lo que más me alegra, después de todo, no es haber superado mi falta de dientes. Es haber descubierto que con caja uno silba más duro y más afinado. Y ahora ando silbando todas las canciones que me sé.

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