El inolvidable humorista colombiano está sumido en una triste vejez, invadido por sus achaques de salud. ¿De qué vive uno de los personajes de la comedia nacional, sin fuerzas para actuar?
 
El Flaco Agudelo lleva una escuelita en su corazón y dos infartos en el último año. También lleva una chaqueta de Caracol con la que me recibe en su casa del barrio Minuto de Dios, en el occidente de Bogotá. Acaricia el logotipo cosido y agradece que la empresa en la que ha estado durante treinta años le siga pagando el sueldo mensual de $1‘500.000 a pesar de que, por el corazón, haya parado las grabaciones de Sábados felices desde febrero. Debo confesar, y no con orgullo sino por simple honestidad, que el último capítulo de Sábados felices que recuerdo lo vi con mi abuelita en su casa de La Soledad hace veinte años. Y no me enorgullezco porque siento que la memoria sentimental de millones de colombianos tiene que ver con ese programa. ¿Quién diablos no se acuerda del Hombre Caimán, del Mocho Sánchez, de Alfonso Lizarazo
¿Quién puede decir que, habiendo crecido en este país, no recuerda a Óscar Meléndez haciendo de borracho? ¿Quién no sabe quién es el Flaco Agudelo?

Pues bien, me dije una vez lo tuve en frente, este es el Flaco. El Flaco que hacía de Pantera Rosa, el Flaco que hablaba y habla aún como Jaimito; el Flaco sobre el que leí decenas de malas entrevistas que contaban todas lo mismo: el tipo que tuvo problemas con la botella, que ama a su mujer desde hace no sé cuántos años, el valluno que migró de Palmira, en donde era mecánico, para ganarse la vida cantando boleros de Daniel Santos; ese flaco al que la piel apenas le recubre los huesos, que llegó a pesar 45 kilos, que hoy en día solo toma vino blanco —una botella entera cuando puede—, pues los días de aguardiente cuando contaba chistes a veces borracho quedaron atrás. Porque, como me dice, "estoy en el ocaso de mi vida".

Pero la vida del Flaco no es un bolero. Es, acaso, la gesta de millones de muchachos que como él, viviendo en provincia, han abrazado el sueño de alcanzar un lugar en las luces de la ciudad. Quizás su argumento tenga mucho más que ver con que toda su vida se ha reído de sí mismo; no se toma en serio aunque ya no pueda salir mucho, aunque todas las noches deba pegarse a un tanque de oxígeno, a pesar de un creciente vitiligo que se expande por su cara: "Estoy preparándome para la operación que se hizo Michael Jackson". Y así. Así es su vida. Un chiste tras otro chiste tras otro chiste.
***

Estaba en piyama cuando llegamos. Lo esperamos un rato. Me imaginé cómo sería la vida del Flaco en ese barrio de clase media que fundó el padre García Herreros hace cincuenta años. Me lo imaginé caminando por esas calles, de noche, llegando quizá de alguna juerga o de alguna grabación tardía. Me lo imaginé más alto, menos flaco. Hasta que abrió la puerta. Y detrás de la puerta, me dijo, "mejor no vamos a pasar porque a la Negra no le gustan las entrevistas". La Negra es su mujer, claro. Pero la Negra no estaba. Así que entré un rato y me senté junto a él en una silla imitación Luis XV. Vi un flamenco de cristal con una pata quebrada —lo paradójica que es la vida—. Vi un anillo de rubí que le quedaba grande. Vi una mesa de comedor de cuatro puestos. Vi una bicicleta abandonada.

El Flaco es un tipo inquieto y no se aguantó las ganas de que viera su rincón personal, allí donde pasa la mayor parte del tiempo. Subimos una escalera y ahí, en lo que alguna señora llamaría el cuarto de estar, se encontraba su templo personal. Las condecoraciones por Sábados felices, la condecoración de la Alcaldía de Palmira por "toda una vida"; una organeta empiyamada; un modelo del Quijote, que después me enteré, era una figura del Flaco que le habían hecho los artesanos de... Y ahí se cortó, y se le fue la memoria, o como me dijo después, "lo visitó Alsbleimer". Pero el Flaco no se arredró. Es un tipo tranquilo, ya digo, que se ríe, que tiene miedo de la muerte pero que sigue riéndose porque sabe que cuando deje de hacerlo el corazón se le va parar por falta de costumbre. Así que el Flaco ya estaba en otro tema. Ya estaba en que nos saliéramos de la casa y mejor hiciéramos la entrevista en algún parquecito cercano porque... sí, porque a la Negra no le gusta. Salimos. La llave le temblaba en la mano. Cerró la puerta y me condujo hasta un parque en la esquina de su casa. Nos sentamos en una silla de cemento con espaldar de malla de aluminio. Y ahí, durante una hora, me contó parte de lo que aún recuerda.

***

El Flaco no era el Flaco hace treinta años. Ni lo fue cuando nació el 23 de noviembre de 1926, en Palmira, Valle. El Flaco era Jaime Agudelo, hijo de un paisa emprendedor que se abrió camino en ese pueblo. Jaime no comía cuando chiquito y por eso es flaco. Jamás, me dijo, se ha alimentado bien: "Apenas sopita". A su papá, un liberal de los de antes, le gustaba el trago y era un viejo hermoso, me dice. A su mamá, poco la nombra. Su infancia a veces se pierde en esos años veinte cuando el mundo aún no había asistido a la primera gran quiebra del siglo XX y en Colombia no había carreteras. Jaime creció como cualquier niño pero a su papá se le metió que tenía que ser cura. Entonces lo empacó en un autoferro, después en un bus, y así llegó al seminario San Antonio de Bogotá, a estudiar con los curas. Pero Jaime "era díscolo y los curas no me dejaron progresar" y no estaba hecho para ser cura, así que se devolvió a Palmira y se metió a trabajar como mecánico y tornero. Y Jaime comenzó a engrosar su vocabulario y a contar chistes todo el día, por allá en los años cuarenta, cuando aún Gaitán vivía. Dice que los chistes de tornero no perdonan el hijueputazo y que de tanto joder se le pegó la maña. Pero Jaime sentía que el mundo era muy flaco en ese pueblo y quería partir, quería irse, quería vivir. Primero se casó, como se debe. Con la Negra. A quien no para de agradecerle los 48 años que llevan casados. Con quien no deja de pelear a diario por cualquier cosa, por el ruido de la organeta. Él le ha dicho a la Negra que dejen de pelear, que ya no más, pero el Flaco es un tipo, él lo sabe, a veces terco.

Esa terquedad lo trajo a Bogotá junto con su hermano cuando tenía 35 años y una hija que dejó un tiempo en Palmira. Llegó a vivir en el Barrio Galán, "en unas piecitas feas, feas". Y quiso ser, aunque la vida haya dicho lo contrario, músico. La idea era hacer un dúo cómico-musical, me dice. Por más que intentó explicármelo no lo entendí. Lo que sí pude saber es que comenzó a trabajar en un restaurante de un argentino en la calle 85 en donde conoció a su primer amigo de los cuentachistes. Ese primer amigo se llama Álvaro Lemon. Es costeño y como todos saben es el Hombre Caimán. Lo que no saben es que Lemon, por quien el Flaco siente uno de esos afectos viejos, entrañables, de corazón, no es un hombre feliz, o por lo menos, tan feliz como cualquiera de nosotros creemos, tan llenos de prejuicios, son los humoristas. Me contó que Lemon cantaba, y se ganaba la vida rasgando guitarra. Que después se hicieron amigos. Y que, por allá en el año 68, cuando el Flaco iba ya por los cuarenta y pico y ya era conocido en el medio le ayudó a entrar a Sábados felices. El Flaco ya era alguien en ese mundo, pues había entrado dos años antes a un programa que había ideado Fernando González Pacheco, el papá de "los cuatro muchachos", así le duela a Alfonso Lizarazo.

El programa se llamaba Operación Ja Ja y yo jamás lo he visto. Lo daban los viernes por la noche. La serie la producía la extinta Punch. Y contaba chistes, aunque usted no lo crea, el serísimo director Roberto Reyes. Y Pacheco tenía el pelo largo. Y el Flaco, el Mocho, el Príncipe de Marulanda y Meléndez se volvieron famosos. ¿Cómo llegó el Flaco ahí? Fácil, por la radio. El Flaco hacía trabajos como músico para Radio Continental, y después para Nuevo Mundo de Caracol Radio, que le conseguía Marco Rayo. El mundo era aún más pequeño que hoy y Bogotá también era una ciudad insoportablemente lluviosa. Y en esas, Pacheco descubrió al Flaco y el Flaco se convirtió en el Flaco, y no en la Pantera Rosa, como quisieron decirle al principio, "porque ese era un personaje extranjero y además francés".

El Flaco y los muchachos se convirtieron en los cuentachistes. Pacheco primero, y después Alfonso Lizarazo cuando los lanzó en Campeones de la risa comenzando los años setenta, una especie de bebé prematuro de Sábados felices, los pulieron. Las palabras del Flaco coinciden, cosa rara, con las de esas pésimas entrevistas que leí: "Era un humor agropecuario: muy vulgar, lleno de popó y de chichí y toda esa vaina". Me quedo pensando en lo agropecuario. Y siento que sí, que el Flaco es un hombre de otra generación, un tipo bueno, de maneras provincianas, que no sufre de arribismo ni tiene envidia porque hoy un humorista o cuentachistes pueda ganarse 13 millones de pesos por show. Él se los ganó, me dice, mientras pudo hacer shows privados que eran muy bien pagos. Y con eso compraba carros. Porque tuvo varios. Porque el último que tuvo fue un taxi y quiso convertirse en el taxista cuentachistes, pero las grabaciones se lo impidieron. Tal vez por eso, insiste, no le gusta caminar: es un hombre acostumbrado al carro. Él tuvo plata, o bueno, pudo vivir bien. Y viajó. Y me dice a boca llena que conoció 18 países. Y que lo que más recuerda es Nueva York. O el susto que le dio el País Vasco. O el día en Boston en que lo abuchearon pues, inocente el Flaco del Black Power y la historia de las Black Panters, le dio por contar chistes de negros chocoanos. Ay, Flaco.

Y es que la vida del Flaco, más allá de estas tres décadas contando chistes y conociendo escuelas y jugando partidos de fútbol —y cuenta un chiste: le decían el ‘Crack‘ porque cuando entraban, los huesos le hacían crack, crack—; más allá, digo, de todo eso que se podría conocer como la época dorada del Flaco, cuando le contó chistes a todo el mundo, hasta a Pablo Escobar cuando era Pablo Escobar el representante a la Cámara, el Flaco también ha tenido sus vacas flacas. Perdió hace unos años a su hija y ese dolor lo tiene instalado en el corazón. También me dice que cierra los ojos todas las noches con el miedo de la muerte rondándolo. También se le va la memoria detrás de esos amigos que, como el Mocho Sánchez, "el tipo más fino y repentista que he conocido en mi vida", murió solo, enfermo de cáncer y con una egomanía que lo alejó de sus amigos.

***

No paró de hablar. Le soltaba una pregunta y era como abrir un grifo. Aparecieron escenas en hoteles; comentarios sobre la vida privada de sus otros compinches; apareció un mundo en el que la televisión se hacía en blanco y negro, en que Alfonso Lizarazo, en plena presidencia de López Michelsen, hacía de Jimmy Modesto y gritaba: "¿Qué tal, qué tal? Bestial, bestial".

De repente, se dio cuenta de que no había desayunado y ahí me dijo que me invitaba a un café. Caminó despacio por los callejones del barrio hasta una cafetería en donde le sirven todos los días, entre tres y cuatro de la tarde, el mejor perico del mundo. Se comió una mogolla campesina y comenzó a recordar chistes. La gente que pasaba a su lado no paraba de hacerle sonrisas cómplices. Un tipo célebre, el Flaco. Un tipo con un hilo de voz que le sale débil. Que no cree que le haya quedado nada por cumplir. Que en el final de su vida quiere olvidar los días en que fue agresivo con el amor de su vida. Que dice "me reivindiqué". Y que, al llegar a su casa nuevamente, saca su guitarra y canta un bolero con el que nos despedimos. Uno del ‘Jefe‘, claro, me dice. Uno que es mi propia vida: ?

"Tras un viaje glorioso al paraíso

Quiso ella forjarse una ilusión

La tragedia sin piedad y sin permiso

Traicionando su momento de pasión

Puso un manto de cólera rojizo

Frente al hombre que era toda su obsesión".

Esa es mi historia, me dice. Esa es la historia de mi amor.

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