Para los amantes del fútbol, la globalización no consiste en poder ver en vivo y en directo la invasión de un país lejano y pobre por una superpotencia en nombre de la democracia, ni en seguir minuto a minuto la eterna y mediática agonía de un Papa ni mucho menos en conocer al instante si dos estrellas de cine que no saben dónde queda este país se están acostando juntos o no.

Para mí la globalización significa ver fútbol corrido de viernes a domingo sin parar. En mi caso, la aldea global se resume en ver fútbol argentino el viernes en la noche, levantarme con la Premier League inglesa el sábado, seguir con fútbol español después de almorzar, observar el partido adelantado de la poderosa Copa Mustang en la noche y rematar el domingo con la liga italiana en la mañana, el clásico del domingo del torneo argentino y del campeonato local en la tarde, cerrando el fin de semana perfecto con los resúmenes de los goles que se produjeron a lo largo y ancho del mundo del fútbol.

Pero en medio de esa fiesta interminable y feliz de partidos se han logrado incrustar en forma inexplicable y entrometida, y para confirmar que no hay dicha completa, las transmisiones del fútbol mexicano. No conozco a nadie que vea un partido de esa liga, ni lo comente o le importe y quiero tomar la vocería de los adictos al fútbol para hacerle saber al mundo que no nos pueden aburrir más los equipos de ese país.
Antes de que lluevan los insultos quiero aclarar que la total apatía que genera el fútbol mexicano nada tiene que ver con la calidad de sus jugadores. Ya quisiera Colombia haber tenido un delantero como Hugo Sánchez o contar entre nuestros futbolistas con un jugador titular del Barcelona como Rafa Márquez. El problema es de cultura, de corazón. El fútbol mexicano tiene el mismo sabor que el cereal a base de salvado de trigo. Seguramente es más saludable que un churrasco pero, puestos a elegir, ¿qué pediría usted para un sábado de fiesta?

En México los nombres de los equipos parecen puestos por recreacionistas de hotel: los Tigres, las Águilas, los Pumas, los Rayos, los Zorros. ¿Quién puede ser hincha de semejantes nombres estándar? Agradezcamos que aún no existe el Club Los Fuertes o el Independiente Los Mejores, lo que ya sería muy vergonzoso (hasta para el recreacionista). No entiendo cómo un pueblo que se precia del orgullo que siente por su pasado y sus ancestros no tiene un Atlético Nezahualcóytl o un Deportivo Tlazohtlaloni en su liga profesional. Acepto que cantar en el estadio "y dale Xicotencatl, dale" no es tarea sencilla, pero cada pueblo debe cargar con el peso de su historia.

Pero si los nombres no ayudan a darles un espíritu futbolero a los cuadros mexicanos, su historia tampoco contribuye. La pasión, el amor por unos colores y la admiración por un equipo se nutren de su historia, de los momentos heroicos contra rivales invencibles y de los partidos perdidos que se ganaron en el último suspiro. ¿De dónde puede surgir este pasado glorioso cuando la historia se construye a partir de victorias sobre equipos de Guyana, Barbados y Haití? ¿Cómo transmite la pasión por un equipo un padre que solo le puede decir a su hijo: "Te voy a contar cuando los Tecos ganaron solo 7-0 contra aquel difícil equipo de Belice"?

Por eso celebro que Mao Molina haya regresado de su experiencia mexicana (jugaba en el equipo de Morelia que se llama Monarcas, ¿qué tal?) y no dejo de lamentar que Miguel Calero haya elegido el salario de un club mexicano por encima de la historia de River Plate, Boca Juniors o San Lorenzo de Almagro. Es como dejar de jugar en el equipo que hicieron grande Enzo Francescoli, ‘el Beto‘ Alonso y Bernabé Ferreyra por irse a una escuadra que suena como el equipo oficial de La carabina de Ambrosio: Pachuca, un espectáculo mágico, cómico, musical.

A pesar de todo esto he intentado ver un partido de la liga mexicana. No he logrado superar los 20 minutos. Sé que juegan estrellas argentinas, brasileños de buen nivel y futbolistas colombianos que cualquier hincha desearía tener en su equipo. Pero no hay forma. Me da la impresión de que no solo a mí me da igual quien gane: los jugadores, los comentaristas y hasta los hinchas parecen asistir a un espectáculo ajeno que poco les importa. Añoro incluso un Universitario-Alianza Lima peruano, donde la ausencia de estrellas está compensada por la emoción de ver dos equipos cuyos jugadores sienten que se juegan el honor y la tradición que pesa sobre sus camisetas. Sin embargo, si ver fútbol mexicano es realmente insoportable se debe a los comentaristas (tal vez los únicos peores que los colombianos), dedicados a hacer chistes evidentes, comentarios hogareños y a destrozar el castellano creyendo que un partido de fútbol se narra y comenta como si fuera un concurso de Sábado gigante. Pero lo que finalmente me decide a cambiar de canal, así sea a costa de ver la Telepolémica, es que digan futbol (con acento en la o) y no fútbol, como decimos desde Guatemala hasta Tierra del Fuego.

Dudo que alguien en algún canal de deportes lea esto. Y estoy seguro de que en todo caso no intentará hacer algo para reemplazar el apasionante Jaguares vs. Potros del próximo fin de semana por un Palmeiras-Corinthians (¿por qué si transmiten tanto fútbol, no vemos el fútbol de los cinco veces campeones del mundo?) o aunque sea por un Danubio-Peñarol uruguayo o un Cobreloa-Colo Colo de Chile. Pero al menos me consuelo sabiendo que de no ser por el fútbol mexicano, no habría espacio en mi fin de semana para hacer algo distinto a ver fútbol.

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