Mi novia se llama Maya, tiene 24 años, es periodista e integrante de la selección de taekwondo de Bielorrusia, mi país. La conocí por internet, ella me envió primero la solicitud de amistad, pero fui yo el que quedó tragado cuando nos conocimos en una fiesta de Año Nuevo en 2009. Desde ese momento intenté conquistarla. Luego de dos meses de citas y encuentros nos ennoviamos.

Yo nunca había pensado en casarme, pero siempre he creído que el matrimonio es una muestra de amor y compromiso muy fuerte. Después de cinco años y siete meses de relación, decidí que podía dar ese paso porque estoy seguro de que Maya es, sin duda, la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida. La idea empezó a darme vueltas en la cabeza hace más de un año y, aunque tuve la oportunidad de declararme en más de una ocasión, nunca me atreví a hacerlo.

Lo que me frenaba, más que los nervios, era que no quería pedirle matrimonio de cualquier manera. Quería que el momento fuera especial y que mi novia, además de recordarlo siempre, no tuviera oportunidad de decirme que no. La verdad es que sí tenía miedo al rechazo. Pasé seis meses buscando la forma y cuando me llamaron para jugar en el Stutsk FC de Minsk, la capital, encontré la manera de hacerlo.

Tuve mucha paciencia. Para que las cosas salieran como esperaba, el partido no podía ser cualquiera. Tenía que hacer cómplices a mis compañeros, lograr que Maya fuera al estadio y, además, lo más importante, debíamos ganar. Duré casi un mes llevando el anillo al estadio hasta que las cosas se dieron en el encuentro contra el Neman Grodno, uno de nuestros eternos rivales en la liga bielorrusa.

El estadio de Neman estaba lleno y el cielo, despejado. A los 15 minutos del primer tiempo, mi compañero Egor Zubovich anotó el primer gol y a los 38 hizo el segundo. En el descanso me convencí de que ese sería el día de mi declaración. Le entregué el anillo a Dmitry Grinyuk, nuestro masajista, para que lo tuviera listo en caso de que yo anotara.

En el minuto 76 mi compañero Sergei Tsvetanski anotó el tercer gol. Quedaban menos de 15 minutos para que acabara el encuentro y faltaba el mío. No podía seguir esperando para pedirle matrimonio a Maya y pasar otro mes con el anillo guardado. Era en ese momento o nunca. En el minuto 88, cuando parecía que iba a ser solo una victoria más, me hicieron el pase y sin pensarlo, corrí al arco y pateé. ¡Gol!

Mis compañeros ya habían comenzado a celebrar porque sabían qué iba a hacer tras marcar. Corrí seguro hacia la tribuna, con ellos detrás. Pasé por el palco donde estaba Dmitry y me dio el anillo. Lo agarré como si fuera la vara de una carrera de relevos y se lo mostraba al público agitando la mano. No tenía miedo, no pensaba en otra cosa. De hecho, solo recuerdo que sentía una felicidad total. Maya estaba en la tribuna, de pie como una estatua, esperándome con cara de espanto y alegría. Me arrodillé frente a ella, en una pierna, y le pregunté: “¿Te casarías conmigo?”. Ella dijo “Claro que sí”. Me levanté, me colgué de los barrotes de la tribuna y ella se inclinó para besarme. El estadio estalló en aplausos. El partido acabó de inmediato.

Nos entrevistaron en televisión, radio y el video de ese momento rodó por todos los noticieros. Lo que menos importó ese día fue nuestra goleada. Todo el mundo en Europa hablaba del futbolista que le propuso matrimonio a su novia celebrando un gol.

Ese domingo, el del pasado 28 de junio, fue el segundo mejor día de este año para mí. El primero será el próximo 13 de noviembre, el día de nuestro matrimonio. Maya ya ha empezado a decirme “esposo”, medio en chiste y medio en serio. Nuestros amigos esperan que sea una boda monumental, pero en realidad será algo sencillo. Aunque sé que todos la recordarán, creo que me queda muy difícil superar lo que hice ese día en el estadio de Neman, cuando le pedí a Maya que fuera mi esposa.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.