Una sirvienta supersticiosa

Maria Assunta no recordaba con exactitud el día, pero sí que fue un atardecer a finales de noviembre de 2007 y que las calles de Roma estaban cubiertas de nieve. Ella había salido a dar un paseo acompañada de Matilde Rodríguez, su sirvienta ecuatoriana. El pálido sol de invierno resplandecía contra el blanco paisaje.

Dos meses antes había cumplido 89 años, era una mujer alta, delgada y en perfecto estado de salud, y de esto, su salud de hierro, siempre se había ufanado. Al llegar a una de las esquinas de Torre Largo Argentino, sintieron la brusca frenada de un auto y un segundo después una mancha oscura pasó frente a ellas y se perdió del otro lado de la calle. (El discreto millonario detrás de Snapchat)

—¡Era un gato negro, señora! —exclamó la sirvienta persignándose varias veces.



Ella sonrió comprensiva y la instó a reanudar la marcha. Cruzaron la calle y se dirigieron a un quiosco de periódicos y revistas donde la sirvienta solía comprar billetes de lotería instantánea. Y fue en ese momento, mientras la sirvienta raspaba el cartón con la uñas en busca del milagroso número, que aquel niño se acercó con un gato en brazos.



—Está vivo, señora —dijo el niño dirigiéndose a ella—. No puede caminar, pero está vivo.

—¡Es el mismo que nos pasó enfrente! —exclamó la sirvienta horrorizada.

Según Giacinto Canzona, abogado por entonces de Maria Assunta, fue así como ella conoció al gato. Era un cachorro negro de tres meses, tenía los ojos amarillos y una pata rota. Ella lo llevó a su veterinario y luego, una vez curado, a su apartamento. Lo llamó Tommaso en honor a un pariente suyo que había sido héroe de guerra. A los pocos meses de adoptar el gato, María Assunta enfermó y le diagnosticaron cáncer de pulmón.

La sirvienta culpó al gato de traer la mala suerte e intentó convencerla de que se deshiciera de él. Ante la negativa de la anciana, decidió abandonarla (llevándose una buena cantidad de joyas y otros objetos de valor). Canzona afirma que esto fue un duro golpe para Maria Assunta, pues durante diez años Matilde Rodríguez había sido su única compañía y la consideraba como un hija. “Ni siquiera quiso denunciarla”, afirma el abogado. (De pueblerino a millonario, la historia del dueño de Zara)



El abogado del gato

Giacinto Canzona es más joven y amable que su voz; había conversado con él varias veces por teléfono antes de llegar a su estudio en el barrio Africano de Roma (llamado así por Mussolini cuando soñaba con hacer de África parte de su sueño imperial). También el estudio es diferente de como lo imaginaba: tres modestas oficinas, un baño y una minúscula sala de espera. (Ni siquiera los gatos soportan a Donald Trump)

En la oficina de Canzona hay un sofá que me parece haber visto en la zona de promociones de Ikea y un viejo escritorio que dice haber heredado, como la profesión, de su padre; sobre la pared, burdas copias de paisajes medievales y los consabidos diplomas que pretenden dar seguridad al cliente. Entre las cosas que leí en la prensa hablaban de sus ambiciones políticas y lo acusaban de haber utilizado el caso del gato para ganar espacio en los medios, incluso ponían en duda la existencia de Tommaso. Me cuenta que conoció a Maria Assunta en 2009 a través de una amiga de su madre.


—Había dejado de pagar una serie de impuestos a causa de la enfermedad y me pidieron que la asesorara. Fui a verla a su apartamento en el centro de Roma (cerca de la Fontana de Trevi) y allí conocí a Stefania Cecconi, una enfermera que la cuidaba ocasionalmente —mientras habla, Canzona hace un gesto a su colega Anna Orecchioni, que está recostada en la puerta, para que se siente en el flamante sofá anaranjado—. Del aseo del apartamento se encargaba una chica rumana que se iba al atardecer. Después de lo sucedido con Matilde Rodríguez, la señora Maria Assunta no quiso volver a tener compañía permanente, salvo, por supuesto, la de Tommaso.

En el tórrido verano de 2011, la salud de Maria Assunta empeoró y fue recluida en el famoso hospital romano Sant’Andrea; había hecho testamento y nombrado ejecutores de este a Giacinto Canzona y sus colegas Anna Orecchioni y Marco Angelozzi. Hasta su muerte y la posterior lectura del testamento ni siquiera ellos sabían con certeza a cuánto ascendía la fortuna de Maria Assunta. Lo que sí tenían claro era que además del vetusto apartamento donde había vivido los últimos años era propietaria de una mansión en Olgiata, un exclusivo complejo residencial en las afueras de Roma (a 20 kilómetros del centro), conocido como la Beverly Hills romana por ser el hogar de personajes ricos y famosos.

La mansión en la que vive el gato.

Pero más que a sus habitantes, Olgiata debe su celebridad mundial al llamado Delitto dell’Olgiata, el brutal asesinato de que fue víctima el 10 de julio de 1991 la condesa Alberica Filo della Torre y que durante 20 años fue un enigma para los investigadores hasta que el mayordomo filipino de la condesa confesó su culpabilidad (al parecer, los investigadores nunca leyeron a Agatha Christie). Maria Assunta murió el 14 de diciembre de 2011 y dejó todos sus bienes, calculados en diez millones de euros, a Tommaso.

Así un gato de raza ordinaria de 7 años (otras versiones aseguran que tiene al menos el doble de esa edad y algunas noticias aparecidas recientemente en periódicos de Roma lo dan por muerto) es el propietario de una mansión de dos millones y medio de euros en Olgiata, dos apartamentos en Roma, otro en Milano, propiedades en Calabria, autos de lujo, entre los cuales figura un Lamborghini Diablo del 99 (el marido de Stefania tiene orden de llevarlo a dar un paseo de vez en cuando) y varias cuentas corrientes en bancos italianos, sin pasar por alto que es socio de varios clubes de tenis y golf.



La enfermera y el filipino

Stefania Cecconi conoció a Maria Assunta a mediados de 2008 en el hospital Sant’Andrea y descubrieron que tenían en común la pasión por los animales, sobre todo los gatos. La enfermera era además una activista que había participado en diversos congresos sobre los derechos de los animales y, aunque vivía con su marido y tres hijos en una pequeña casa de un barrio de inmigrantes e italianos pobres en la periferia romana, tenía cuatro gatos. Cuando Maria Assunta fue dada de alta y regresó a su apartamento, ella empezó a visitarla con regularidad. Stefania nunca supo que la anciana tuviera más bienes que aquel apartamento y la pensión de la que aseguraba vivir. (Escritores famosos y su amor por los gatos)

Sus conversaciones siempre giraron en torno a los animales y la sorprendió no solo que su amiga fuera millonaria, sino que la hubiera elegido para vivir con Tommaso y administrar su fortuna (obviamente bajo la supervisión de los abogados). De la noche a la mañana, Stefania Cecconi, su marido (un carpintero desempleado) y sus tres hijos adolescentes dejaron su humilde casa y se mudaron a la lujosa mansión de 1500 metros cuadrados de Tommaso en Olgiata.

Sin embargo, no eran propietarios ni podían disponer del dinero del gato, solo vivir con él y darle todo el afecto posible. Stefania siguió yendo cada día a trabajar al hospital y sus hijos al colegio público de siempre mientras su marido hacía labores de mantenimiento en la mansión y ayudaba al mayordomo filipino, que los abogados habían contratado, a cuidar de Tommaso.

Por toda Roma, donde viven más de 180.000 gatos callejeros, hay carteles que piden no darles comida, pues pueden morir atropellados por seguir a quien los alimentó.

Las muertes del gato

Entre los artículos que leí en la prensa italiana cuando estaba preparando mi entrevista con el abogado del gato había un par que lo daban por muerto, así que mi primera pregunta fue sobre las circunstancias de su muerte. El abogado me miró sorprendido y dijo que era otra de tantas patrañas.

—Tommaso está vivo y goza de buena salud, es un gato todavía joven. Anna y yo nos turnamos para verlo cada 15 días y también estamos en contacto regular con su veterinario.

—El titular del Corriere era “La misteriosa muerte de Tommaso” y entre líneas insinuaba que su “viuda”, la enfermera, había enterrado sus cenizas en el jardín…

Giacinto Canzona y Anna Orecchioni se miran con suspicacia y sonríen. Anna me explica que la última en querer la muerte del gato sería Stefania, porque el testamento estipulaba que al morir Tommaso toda su fortuna pasaría a manos de distintas asociaciones animalistas en Italia, la enfermera no recibiría ni un céntimo y tendría que abandonar la mansión tres días después de la muerte del gato.

—Ellos pueden vivir en la mansión sin pagar ningún tipo de servicio, pero todos sus otros gastos, lo que no se relacionan con la mansión o el gato, van por su cuenta. Por ejemplo, la comida. Ellos no pueden comer y decir que compraron esos alimentos para el gato, a menos que se dedicaran a comer alimento para gatos. Stefania simplemente es un puente entre la fortuna de Maria Assunta y Tommaso, ya que la ley italiana no permite que un animal herede directamente.

Me quedé en silencio mientras los abogados posaban para la fotógrafa que me había acompañado y recordé que otro de los artículos que había leído afirmaba que Tommaso era ya un gato adulto cuando lo había encontrado la anciana. ¿Y si de verdad Tommaso había muerto? Encontrar un gato negro común de ojos amarillos en una ciudad donde según la estadísticas había más de 180.000 gatos callejeros no era nada difícil.

—¿Es posible ver el gato?

Mi pregunta no le sorprende. Nos pide esperar unos minutos y va a la oficina de enfrente. Cuando regresa su expresión es menos amigable. Nos invita a seguirlo y bajamos por el ascensor hasta el parqueadero.

—No pueden hacer fotos, sé que necesitan algunas y las haremos nosotros. Ya he tenido problemas con la Junta de Propietarios por culpa de la prensa. Y otra cosa: ella no puede entrar (se refiere a la fotógrafa).



Un pariente lejano

Por orden del veterinario, Tommaso solo puede comer una vez al mes algo distinto a su alimento concentrado y normalmente es salmón ahumado o filete de codorniz. El alimento es de la mejor marca, pero aún así no cuesta más de diez euros por kilo. Tanto el salmón como el filete lo prepara un chef de la más absoluta confianza de los abogados, y Stefania, su familia y el mayordomo filipino tienen orden de no dejar jamás el gato solo. Desde que se mudó a la mansión, Tommaso no ha ido más allá del jardín y nunca, que se sepa, ha tenido la oportunidad de tener amigos gatos o conocer una gata, salvo las que aparecen en los programas de televisión sobre animales que los hijos de Stefania ven en su compañía. La habitación de Tommaso tiene 70 metros cuadrados, varios armarios y dos camas, la más grande de casi 3 metros cuadrados, pero él prefiere dormir acurrucado en un cojín bajo una mesita de noche.

A pesar de aquel crimen, Olgiata es un lugar seguro, vigilado día y noche por un ejército privado y protegido por altos muros con una sola entrada. Los mayordomos filipinos abundan; los prefieren porque tienen fama de ser discretos y honestos (el hecho de que uno de ellos haya estrangulado a su patrona no ha destruido esta imagen, quizá porque la condesa no era muy popular entre sus vecinos y muchos no consideraron del todo injusta su muerte. Ella había despedido al mayordomo por haber salido a ver un pariente enfermo sin su permiso, fue por esa razón que la asesinó). En realidad es de un italiano y no de un filipino de quien debe cuidarse Tommaso, se trata de un pariente de quinto grado de Maria Assunta que en un principio intentó revertir el testamento y luego, cuando la ley dejó sus demandas sin efecto, amenazó con matar al gato porque “si no puedo heredar yo menos un mugroso gato”.

—Hace algunos años, un perro heredó en Bolonia dos millones de euros y pocos días después fue envenenado, en esa ocasión también el dinero pasó a entidades benéficas —explica Canzona—. La voluntad de Maria Assunta es que Tomasso viva lo mejor posible. Ya una vez fue atacado por otros gatos, quizá por envidia…



El arte de ser gato callejero

Los gatos siempre han sido un símbolo de Roma, pero con la crisis la tolerancia de los habitantes hacia ellos, sobre todo los dueños de negocio en las zonas más turísticas, ha ido disminuyendo. Los que durante siglos tuvieron su hogar en el Coliseo fueron desplazados, también en el Foro Imperial se ven cada vez menos gatos y solo Largo de Torre Argentina sigue siendo su lugar sagrado. Entre las ruinas del Imperio romano que rigen esa plaza hay cada noche cientos de gatos, y en los sótanos funciona el hogar de gatos privado más grande y organizado del centro de Roma, que acoge aproximadamente 1200 gatos y cuenta con un pabellón especial de gatos minusválidos donde, si es necesario, los dotan de prótesis y los mantienen a salvo de las peligrosas calles atestadas de autos, motos, bicicletas y alimentos tóxicos que los turistas esparcen sin criterio.

Durante el verano, que es la época en que más animales domésticos son abandonados por los italianos, vienen dejados a su suerte solo en Roma más de 5000 nuevos gatos, mientras la tasa anual de adopciones de gatos no pasa de 700 felinos, sin contar que muchos de los adoptados son devueltos a los hogares de gatos por mal comportamiento. Al parecer, Tommaso había salido de Largo Torre Argentina a buscar comida en algún tinaco el día que fue atropellado y luego recogido por Maria Assunta, técnicamente pasó, invirtiendo el dicho italiano dalle stalle alle stelle (del establo a las estrellas). El abogado del gato se detuvo frente al Coliseo donde le había pedido dejarnos.

—¿Saben qué es lo más curioso? —nos pregunta cuando estamos bajando del auto. Niego con la cabeza—. La señora Maria Assunta ya había hecho testamento antes de encontrar a Tommaso… ¿Y adivinen quién aparecía en ese testamento como heredera universal

—Matilde Rodríguez —digo, y él suelta una carcajada.

—Sí —dice y sus ojos se llenan de lágrimas de tanto reír—. La señora solo cambió el testamento cuando ella la abandonó. ¿No es gracioso? Creer en la mala suerte le trajo muy mala suerte a esa mujer.

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