Hay dos cosas que siempre me preguntan: qué me faltó ganar en mi carrera y cuál fue el mejor gol de mi vida. Mi carrera es mejorable, me faltó ganar un mundial y la Copa de Europa; en cuanto a goles, marqué 211 y quedarse con uno solo es muy difícil.

Empecemos por México. Yo le debo mucho a ese país, tengo unos recuerdos espectaculares no solo por mi paso por el Celaya, a donde fui por un año y terminé quedándome tres, sino por el Mundial del 86. Dicen que allá jugué el mejor partido de mi vida con 22 años, pero quiero deciros que fue un día de suerte. Marcar cuatro goles en un encuentro es casi imposible y más si son en un mundial y en un partido de tanta trascendencia. La vida fue generosa conmigo, fue como si me dijeran: Emilio, te voy a dar un día de gloria. Fue suerte.

Y como esto va de goles, del mejor, o los mejores de mi carrera, no me puedo quedar con el que me regala la zaga danesa; tampoco con el de penalti; el de cabeza tras un córner no está mal; de ese partido me quedo con la jugada del tercer gol, fantástica. Míchel le puso un balón en profundidad a Eloy, yo lo vi desbordar por la derecha así que me metí por el otro costado y él me mandó el balón franco al centro para que la empujara.

En aquel Mundial tuvimos la oportunidad de entrar en semifinales, algo que hubiese sido histórico para España. Pero contra Bélgica perdimos la oportunidad de hacer historia y mira si es difícil llegar hasta cuartos de final. Lo que recuerdo de ese partido es que Puebla es la ciudad en donde residen más españoles en México y el estadio estaba repleto de camisetas rojas. Cuando salimos al campo le dije a Míchel: parece que estuviéramos en Sevilla, no podemos perder. Y no perdimos, o sí, pero en penaltis. Fue un juego frustrante. Yendo hacia el vestuario supe que habíamos perdido la gran oportunidad.

Del Mundial también me quedo con el gol ante Irlanda, uno de los más rápidos en la historia de los mundiales. Un pase de Míchel en profundidad, me adelanto a dos defensores y marco en el minuto dos. También de ese Mundial me podría quedar, si fuese verdad, con la frase que le adjudican a Bilardo, la de: "Señores, Bélgica ha eliminado a España, no jugaremos contra Butragueño así que ya estamos en la final".

Del Mundial de Italia 90 mejor no hablar. Jugué los cuatro partidos como titular, más de ochenta minutos en cada encuentro y no marqué ni un gol. Fue una decepción personal.

Otro día que recuerdo con mucho cariño es el de mi debut, el 5 de febrero de 1984. En ese partido viví una mezcla de fascinación, sorpresa, de estar viviendo un sueño que ni yo mismo había sido capaz de construir. El debut fue mucho más favorable de lo que yo hubiera deseado, fue un punto de inflexión, ese día abrí la puerta del vestuario, entré en el primer equipo y el trabajo que vino después me fue dando el derecho de poder entrenar todos los días en el Real Madrid.

Dentro del vestuario se respiraba el anhelo de conseguir la Copa de Europa, era tremendo. Pero en aquel momento era mucho más difícil que ahora porque antes solo jugaba la Copa el campeón de Liga, ahora la juegan los cuatro primeros. Por entonces la Liga era el puente para acceder a la competición soñada. Yo no gané la Copa de Europa, que era el objetivo de mi generación, del equipo que ganó cinco ligas consecutivas y era una delicia verlo jugar. Éramos la 'Quinta del Buitre'.

Llegamos tres veces a las semifinales y la que más me dolió fue la del 87/88. Habíamos eliminado a los favoritos: al Nápoles de Maradona, al campeón que era el Oporto, al finalista del año anterior que fue el Bayern de Munich y nos convertimos en los grandes favoritos. Fue el PSV el que se atravesó en nuestro camino, perdimos la eliminatoria por diferencia de goles y cuando me retiré del campo me embargó la misma sensación de impotencia que cuando me despedí de México 86. Aquella noche fue trágica para mí y mis compañeros.

Volviendo a mis mejores goles, siempre recuerdo la remontada en la Copa de la Uefa ante el Anderlecht. Perdimos 3-0 en Bélgica y ganamos la vuelta 6-1 con tres goles míos, fue increíble porque en el minuto 55 ya habíamos marcado los seis y nos sobró media hora. Aquella noche cambió algo en nuestras vidas —en la mía en particular—: fue la primera gran noche europea y de alguna manera me permitió ganarme la titularidad del equipo. Cual Dinamarca, ese fue mi mejor partido.

Si me obligan a escoger, me quedo con los dos de mi debut y los tres del Anderlecht. Claro que por belleza hay otros, como el que le marqué al Cádiz, un jugadón en pocos centímetros y sin ángulo, que terminó en el fondo de la red. Ese gol está en YouTube, así que vosotros mismos podéis juzgar si es tan bonito como dicen…

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