Siempre quise jugar en Millonarios pero, como decimos los publicistas, el problema no era de "promoción, sino de producto". Así que para no andar desinflado, me hinché. Estudié Comunicación Social para poder cubrir todos los partidos, y desde la publicidad trato de darle la mejor imagen a mi equipo. He llegado a cosas extremas como empeñar mi carro, en diciembre de 2007, para pagar la nómina de Millonarios cuando me enteré de la situación crítica.

Pero no fue la primera vez que hice algo por mi equipo. Todo empezó con una grabadora gigante que compré para motivar a los jugadores en el camerino a punta de vallenatos y reguetón, en la época de Prince. Cuando echaron a Nano y a ocho jugadores más, la grabadora, como ‘el Fantasma‘ Ballesteros, también se desapareció. Para reforzar el amor por la camiseta he invitado a los jugadores a cine con crispetas, perro caliente y Pepsi. No sé si es por Avatar o por Corazón valiente, pero cuando el equipo se une, siempre el domingo siguiente deja todo en la cancha.

Junto con mis amigos azules Lucho Martínez, Juan Falla y Óscar González vivimos todo un reality, al poner o al aire el primer programa de un equipo de fútbol en Colombia: Azul, azul. Fui yo el autor del nuevo himno: Mi cielo es azul y mi pañuelo blanco, mi equipo Millonarios, himno que ni mi esposa, ni el cura estuvieron de acuerdo en poner durante la ceremonia de mi matrimonio.

Pompilio Páez no pudo viajar a Argentina porque tenía vencido el pasaporte, lo reemplacé en este partido frente a Gimnasia y Esgrima de la Plata. Así me enteré de que una de las funciones de un asistente técnico era amortiguar los madrazos "gauchos" para Juan Carlos Osorio desde las tribunas. Otra de mis misiones en esa gira fue cuidar a 15 comandos azules en un avión. Los senté en las últimas sillas para controlarlos, pero luego fue imposible explicarles a las azafatas que, a pesar de estar sobrio, yo no era responsable de todo el trago desaparecido en el vuelo. Me dio un preinfarto cuando Nacional nos robó en la Copa Libertadores de 1989 y casi me da otro cuando ese mismo equipo en la Sudamericana 2007 nos la iba a volver a hacer. En el intermedio bajé a la cancha, enfrenté a los jueces y cumplí el sueño de todo hincha azul: putear a Aristizábal. Luego, a punta de fútbol, ganamos 3 a 2. Hice una rifa con talonarios y todo para comprar a Lunari. Busqué entre 120 apartamentos el mejor lugar para que Bedoya, Osorio y Banguero sintieran que en Bogotá hay gente amable a la que le gusta oír salsa y reguetón al desayuno, al almuerzo y a la comida. Le conseguí a Osorio un software para editar los partidos, unas barreras y unos arcos traídos desde Inglaterra para entrenar. Luego vi que alguien le había metido un golecito al profe porque se los prestaron a la Selección Colombia.

Cuando dejé mi carro como prenda en el banco para pagar la nómina nadie entendía la urgencia monetaria, por eso compré y les mandé una camiseta del equipo para que, conmigo, empezaran a sudarla. La deuda quedó saldada y, para mí, eso es lo de menos. Los carros pasan pero Millonarios se quedará para siempre. Millos es el motor que mueve mi alma y amo a mi equipo porque me enseñó que se le anotan más goles a la vida cuando uno critica menos y empieza a hacer más.

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