Antes de haberse vuelto invisible, Ciro Torres era alto, delgado, de anteojos. Por encima de ellos sobresalían unas cejas pobladas, como de lechuza. Siempre andaba de bluyines. La chaqueta de cuero le quedaba como colgada de una percha, con los bolsillos llenos de objetos. Solamente se la quitaba para ponerse un saco de paño de un vestido que alguna vez había sido de bocadillo. Llevaba una mochila arhuaca, terciada hacia la espalda, llena de libros de filosofía. "La escuela de Frankfurt en un solo paquete", le decía burlón uno de los Sanmiguel que ya eran vergajitos. Leía en todas partes: en la buseta, en la cafetería, en las manifestaciones, en clase, sobre todo en la de moral cristiana, y hasta en la misa de los viernes. Había forrado una edición argentina de El hombre unidimensional con la sobrecarátula de La imitación de Cristo y El Capital lo traía disfrazado de misal.

Hablaba solo por las calles. Yo lo pillé saliendo de una reunión del grupo Cataluña discutiendo acaloradamente con Marcuse y con Karl Marx: "Oí, viejo Carlos. Lo que dice aquí el compañero Marcuse es la pura verdad. Al materialismo dialéctico le hizo falta corazón. Vos no sos libre si no sos feliz. Y el sexo ¿qué? ¿Me entendés? Vos no alcanzaste a conocer a Freud. El compañero Marcuse, aquí presente, sostiene que la teoría política de Freud, al contrario de la tuya, es la política del éxtasis. Con la ayuda de un tirano, toda una sociedad puede zafarse de sus inhibiciones y hacer una regresión colectiva hacia el éxtasis. La gente cambia libertad por felicidad. Vos creés, viejo Carlos, que solamente personas como nosotros, que estamos dispuestos a sacrificar felicidad para poder pensar, podemos escapar de esa trampa mortal. La libertad implica grandes sacrificios, como también los requiere el orden. Pero el amigo Marcuse, aquí presente, no cree en eso. Él dice que puede combinar libertad con felicidad. Que todo lo que se requiere es no dejar que alguien nos domine. Fácil. ¿Me entendés?".

A pesar de estas profundidades, y de su erudición, o quizás a causa de ellas mismas, Ciro casi siempre pasaba inadvertido. A la gente, sobre todo a las jóvenes, se les olvidaba cómo se llamaba, o que estaba ahí. Nadie lo notaba y no tenía casi amigos, excepto yo, aunque se le veía en compañía de los Carreño. Pero no era porque ellos lo hubieran buscado sino porque se les prendía y ellos lo toleraban. Eduardo a veces se enfrascaba en largas discusiones de marxismo con él, pero se molestaba cuando Ciro llamaba a Althusser o a Marcuse para zanjar un argumento: "Vení, Herbert. Explícale aquí a este amigo marxista-leninista por qué está equivocado y por qué lo dejó la historia atrás. A Aldous Huxley, viejo Eduardo, no lo leen ni los de El Tiempo. ¿No leíste un editorial en el que decían que Colombia no es todavía El Mundo Feliz que se imaginaba Huxley, pero que con la ayuda del Frente Nacional vamos para allá?". El pobre Eduardo se ponía rojo de la rabia con lo que él consideraba tácticas inapropiadas de debate, y durante meses no volvía a dejar que Ciro le hablara de filosofía. Pero como nadie más sabía las cosas que él sabía, volvía a ponerle tema y volvía a ponerse bravo.

Pero la principal razón por la cual Ciro era del parche de los Carreño era porque él era mi amigo. Dos de los Carreño, cada vez que estábamos juntos, me miraban como si me quisieran comer, sin importar dónde estuviéramos, hasta delante de la mamá de ellos. Es que en la universidad me empezaron a pasar muchas cosas raras con los hombres. Sin proponérmelo les hacía cometer locuras. Un novio que dejé cuando conocí a José Jorge se hizo sacar todos los dientes por la tusa que le dio y se volvió vegetariano. El marido de una tía que es profesor de matemáticas y nunca había mostrado interés por algo que no fuera ecuaciones o conjuntos, me apercolló en un taxi y tuve que bajarme a la fuerza en un semáforo. Estaba todo acalorado y se puso a correr detrás de mí como un loco. Solo se calmó cuando a mí me dio risa, paré y le dije: "Vos estás haciendo el ridículo, viejo verde. Vos sí que sos bien bobo". Él nunca me perdonó que me hubiera dado risa, pero es que a mí en esa época los hombres me daban risa. Bueno, también me daban pesar. Al papá de José Jorge, mi novio, que estaba muy enfermo del corazón en la Clínica Shaio lo fui a acompañar una tarde y me rogó que le cogiera el pipí. Me dio lástima, él ahí enfermo y tan solo, y lo acaricié hasta que se vino en mi mano. A mí me dio vergüenza y le dije que ya, que si no le daba pena, que yo era la novia de su hijo. Se puso a llorar y me fui. Esa noche se murió. José Jorge alcanzó a estar con él más temprano. El papá dizque le pidió perdón llorando y él no supo por qué.

Un profesor de Sociología al que también le dio un infarto me mandó llamar a su lado, a Medellín. Allá llegué y estuve una semana acompañándolo, pero como ya se me había muerto el otro paciente no cedí a sus acosos ni a sus ruegos. Un hermano cristiano que fue testigo de ese largo y angustioso tire y afloje, parece que fue más condescendiente y a mí todavía me echan la culpa de que el maestro se volvió maricón después de salir de la clínica, a pesar de tener esposa y creo que tres hijos, porque yo no se lo di cuando estaba enfermo. Pero ¿cómo se lo iba a dar si ya cargaba con el otro muerto?

Con Ciro no existían esas tensiones porque su idea de una relación sexual era ir donde las putas y los enamoramientos que sufría no le causaban más inquietud que tratar de averiguar el verdadero nombre de ellas. Si estaba con Blanquita se preguntaba si no se llamaría Clara, o si se encariñaba con Azucena le quedaba la duda de que fuera Violeta. A tal punto éramos camaradas que cuando el rico que me había prestado la finca en Girardot para hacer el paseo del curso y que me había llevado en avioneta hasta allá insinuó que quería tener algo conmigo, yo me acosté en una cama doble, con Ciro a un lado y Juan Carlos Prado, que fue el primer colombiano que murió de sida, en el otro, para protegerme. Esa noche, cuando llegó el rico a cobrar no le quedó más remedio que ir a buscar en dónde se acostaba.

Ciro me pasaba todos los libros que leía y me llevaba al Coliseo a ver las películas de la Nueva Ola o las de Akira Kurosawa. Pasábamos horas en las colas para ver a Fellini. Él era muy popular en Bogotá porque cada vez que llegaba una de sus películas, el cardenal Concha la mandaba prohibir. Todo el mundo iba a ver por qué la prohibía. Seguramente le llegaba la orden directamente de Roma y allá solamente prohibían películas italianas heterosexuales. Las de Antonioni y Fellini no capaban prohibición, pero las de Passolini o las de Zefirelli nunca las prohibieron y a las francesas no les paraban bolas.

Con el tiempo, y a pesar de que yo no reunía ninguno de los requisitos, Ciro me invitó a ingresar al grupo Cataluña, una célula rebelde de la Facultad de Sociología que al cabo del tiempo sería la razón por la cual los jesuitas irían eventualmente a darse por vencidos con nosotros y cerrarían la carrera y la facultad al darse cuenta de que era un semillero de anarquistas, vagos, comunistas, librepensadores, putas en potencia y hasta de guerrilleros. Formaron, sin querer, a una cohorte de rebeldes ilustrados que todavía orienta a las nuevas generaciones en las universidades o genera documentos peligrosos en los centros de investigación. Para el ejercicio de nuestras actividades subversivas, Ciro me enseñó cómo convertir los objetos más inocentes en armas letales para derrumbar a la autoridad, que en esa época estaba representada por policías montados en caballos argentinos, caballos que, a su vez, habían sido fruto de jugosos negociados de gente de Medellín.

Me encantaba echar a rodar montones de bolas de cristal, de las que vendían en el Ley en paquetes grandes, para hacer trastabillar a los caballos de los tombos en las manifestaciones, cuando se nos venían encima con tácticas que les había enseñado una misión de carabineros chilenos. Era para morirse de la risa cómo cargaban contra nosotros y las bolitas de cristal hacían que los caballos se resbalaran y arrojaran al pavimento a los policías. Aprendí a protegerme para que no me afectaran los gases lacrimosos, dónde poner tachuelas y puntillas para que fueran más efectivas, cómo identificar "sapos" y qué ponerme para ir a las manifestaciones. "Vení, Flaca. Te ponés bluyines y camiseta. Traé un saco por si nos enchiqueran, y tenis, hermana, pa‘ salir huyendo. No te vas a poner tacones ni falda que esto es en serio. Ese cuerpecito tiene que generar acción contra cualquier clase de opresión. Vos salís conmigo a tumbar a los tombos que representan la autoridad. Decile aquí al mompa Gramsci que vos estás pesimista pa‘ que te conteste que el coco de uno puede estarlo, me oís, pero la voluntad no. La voluntad no puede perder el optimismo de derrotar al Estado. O qué, Antonio. ¿Vos pensás otra cosa?". Después nos alejamos porque en un paseo a Melgar me presentaron al papá de la niña y yo me metí como en otro cuento que no tenía nada que ver con el de Ciro, los Carreño o los demás compañeros de Sociología. Si Ciro me hubiera visto navegando en Tominé o en partidos de polo, me hubiera mirado por encima de esos anteojos que solo usaba para leer y me hubiera dicho: "Ve, Flaca, pellizcate. Yo te he dicho que es posible tener felicidad y libertad a nivel personal, pero eso no lo vas a lograr tú sola. Vos no podés hacerlo si la sociedad no ha llegado allí contigo. Vos lo que estás haciendo es entregándote al enemigo. Vos vas camino de volverte una burguesa. Ponete las pilas". Pero yo ya llevaba ese rumbo. Mi futura suegra me estaba organizando la fiesta y mis tías del Valle estaban felices.

Volví a saber de él en la época del estatuto de seguridad cuando yo ya era ganadera de la Sabana y alcaldesa de Sesquilé. Fui a visitar a la mamá de los Carreño después de que les allanaron la casa y se llevaron a varios de sus hijos para la Escuela de Caballería. "Mirá, Flaca, que pasó algo increíble —dijo la señora—. Ciro había venido por la mañana a hablar con uno de ellos, creo que con Eduardo, y yo lo hice quedar a almorzar. Estábamos apenas tomándonos la sopa cuando llegaron los militares y nos pusieron a todos contra la pared menos a Ciro que siguió comiéndose su almuerzo como si nada pasara, mirando fijamente el plato, sin dejar que le vieran los ojos para que no lo ubicaran. A todos nos requisaron, estuvieron por todos lados en la casa buscando yo no sé qué. Y a Ciro ni lo vieron. Él terminó su almuerzo y se quedó quieto, sentado en el comedor, perfectamente invisible para la tropa. Nadie dijo nada. Ni yo ni mis hijos o las niñas dimos señal alguna que les indicara a los oficiales que él estaba ahí. Al fin se fueron, se llevaron a los muchachos y a Rosalba; y él ahí sentado, sin mirar a nadie. Al rato se paró y se fue sin decir nada. Hernando siempre dijo: "Ojo, mamá, con el Ciro ese, que es imposible que no lo hubieran visto. Tiene que ser sapo".

Pero es posible que se hubiera vuelto invisible. Como era un hombre unidimensional, desde cierto ángulo pudo haber sido solamente un punto y no lo vieron. Tuvo que ser algo así, oíste, porque él no era sapo. La prueba es que se fue volviendo cada vez más agresivo y más marginal. Se fue a vivir al Cartucho y como todos los que se vuelven invisibles fue perdiendo la razón, pero nunca dejó de sentir afecto por mí. La última vez que lo vi yo salía del Ministerio, y él bajaba por la calle sexta, rumbo al Cartucho. "Mirá, Flaca, que yo no debería saludarte —me soltó de entrada—, vos dormís con ese morrongo y pelechás cínicamente. Pero contigo me sucede lo que al compañero Herbert, aquí presente, le ocurre con el tal Martín Heiddeger. Aún después de haberse acomodado ese oportunista con los nazis, aquí mi mompa lo sigue defendiendo. Yo he logrado liberarme de todo. Yo encarno el Gran Rechazo. Pero todavía me pongo a llorar en mi pieza a veces por la única hembrita que he querido en silencio, con la que hacíamos rodar por el suelo a la autoridad con las bolitas de cristal que compramos en el Ley".

No me quiero acordar qué más dijo porque como al mes dijeron que había muerto en el incendio que hubo en el Cartucho cuando se les estallaron los tanques de la cocina esa, oís. Pero yo sé que él no ha muerto. Se volvió invisible del todo y anda por ahí desquiciado persiguiendo todavía la "transvaloración de los valores", luchando contra la desilusión y el cinismo con su amigo Herbert.

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