La llanta que está tirada en medio de la bodega del taller Regigantes, en el sur de Medellín, es una 25.3x25 de Goodyear; una rosca inmensa de caucho, fabricada con capas de aceite y petróleo, que se usa generalmente en camiones de carga como los que transportan carbón en El Cerrejón. La llanta tiene una vida útil de seis años bajo las condiciones más adversas y pesa entre 180 y 200 kilos. Y aunque un hombre puede echarla a rodar con las manos sin dificultad, para levantarla del suelo se requieren cuatro personas en buena forma, ayudados de otra llanta o algo similar que les sirva de palanca.

—En el concurso nos tocaba alzar una de estas desde el suelo y hacerla voltear una y otra vez hasta recorrer 100 metros —dice Óver Campo Nieto, mientras pasa la mano por el neumático como si acariciara un perro dormido.

Es la hora de mayor actividad en el taller y Óver está aquí para una sesión de fotos. La temperatura, que en la ciudad es de 26 grados, adentro aumenta a los 34 por el calor que emanan las máquinas de la bodega en las que se funden los neumáticos. El momento de empezar las fotos llega, Óver se descamisa y, por un momento, los trabajadores del lugar dejan de hacer sus actividades y se detienen a verlo.

Cuando el fotógrafo da la orden, Óver pasa las manos por debajo de la llanta y la alza de un solo movimiento, simple y silencioso. La sostiene por unos segundos y finalmente la deja caer. Su rebote hace retumbar el lugar. Aunque tiene todos los músculos marcados y las venas brotadas, Óver vuelve a alzarla como si nada. La levanta una y otra vez, desde abajo. El sudor apenas se le escurre. Con cada repetición, ante las miradas atónitas de todos en el taller, queda clarísimo por qué Óver se convirtió oficialmente, hace dos años, en el hombre más fuerte de Colombia.

***

Es mediodía y el encuentro está programado en la estación Floresta del Metro, la más cercana a la casa de Óver. Aunque nunca nos hemos visto, es imposible no reconocerlo: negro, calvo, 1,95 de estatura y 130 kilos de peso que, a la vista, son puro músculo. La gente que pasa por ahí se queda viendo su figura de mancancán, que sobresale por encima de todos. Viste lo de siempre: una camisilla desproporcionadamente rasgada y holgada, una sudadera, tenis. Con la voz delgada, que parece de otro cuerpo, dice “¿qué más, hermano?”, tiende la mano y, como dominando su fuerza, me da un apretón breve para no aplastar la mía como si fuera un vaso desechable.

Óver tiene 35 años, vive en Medellín hace 16, es entrenador físico y se dedica a dar clases personalizadas a domicilio o en el gimnasio Magnum. Nació en Santa Cruz de Mompox, Bolívar, pero el acento costeño lo tiene perdido. Se graduó de Economía, y aunque los números le apasionan, desde que puso un pie en un gimnasio por primera vez, a los 20 años, decidió que quería ser fisicoculturista. Y no le ha ido nada mal: en su carrera ha ganado dos concursos departamentales, en 2004 y 2006; uno nacional, en 2008; ha sido dos veces vencedor en las pruebas del Hombre más Fuerte de Antioquia, en 2012 y 2014, y se convirtió en dueño absoluto de ese título, pero de toda Colombia, en 2013.

—En realidad, uno no tiene cómo prepararse para ser el hombre más fuerte de Colombia, no hay forma de entrenarse para esos concursos: uno no tiene todos los días disponible un carro para jalarlo o una llanta gigante para darle vueltas. Son pruebas que uno hace bajo su propio riesgo.

Lo único que le brinda seguridad a un participante de este tipo de concursos para hacer las pruebas sin temor a terminar herniado o desgarrado es haber levantado, durante su rutina de gimnasio, un peso similar al de un carro, la llanta de un tractor o el tronco de un roble. Cuando llegó a El Hombre más Fuerte de Colombia, Óver ya tenía récords personales para medírsele sin miedo a lo que le pusieran.

Desde entonces, y hasta la fecha, puede levantar 215 kilos en prensa de banca, la modalidad en la que se alza el peso con los brazos mientras el cuerpo está acostado. También puede hacer una sentadilla con 290 kilos sobre los hombros, y ha llegado a levantar 330 kilos de peso muerto, o sea, un peso que reposa en el suelo, como la llanta de Regigantes. Dicho así, suena sencillo, pero para hacerse una idea de su capacidad, sus registros no están tan alejados de los de Brian Shaw, el actual hombre más fuerte del mundo, que levanta 238 kilos en prensa de banca, 360 en sentadilla y 400 de peso muerto.

A pesar de sus marcas personales, Óver se convirtió en el hombre más fuerte de Colombia por casualidad, en febrero de 2013. Aunque ya era el más fuerte de Antioquia, y seguía vigente, llegó a la competencia nacional porque un amigo suyo —James Hambureger, campeón nacional de power lifting, una modalidad que consiste básicamente en alzar objetos muy pesados— lo invitó a ver unas pruebas de fuerza que se iban a hacer en el centro comercial Terminal del Sur, en Medellín. Lo que se encontraron fue una competencia con participantes de 16 departamentos que buscaban el título nacional. Cuando vio en qué consistían las pruebas, Óver sintió que él podía superarlas y terminó inscribiéndose horas antes de que empezara la primera jornada.

Fueron cuatro días de retos. En el primero, levantó un carro pequeño puesto en una plataforma. Al segundo, superó la prueba del granjero, que consiste en levantar un bloque de 100 kilos con cada brazo y llevar los dos de un lado a otro en un tramo de 50 metros. El tercer día se enfrentó a la prueba de la llanta, que terminó en menos de 30 segundos. El último día llegó la prueba máxima: arrastrar por 50 metros un camión con una cuerda atada al cuerpo, tal como se ve en las competencias de El Hombre más Fuerte del Mundo, de ESPN. La diferencia es que en vez de un camión de carga, con contenedor incluido, la versión colombiana era un camión de la basura. Óver ganó tres de las cuatro pruebas. Solo fue superado en la del granjero.

Así se coronó campeón. Por convertirse en el hombre más fuerte de Colombia le dieron un trofeo, dos millones de pesos y la clasificación a una competencia suramericana en Perú. Pero no asistió porque, como no hubo patrocinios, debía costearse el viaje, la estadía y la alimentación por su propia cuenta.

—Pero esa vez fue mejor que las otras —recuerda Óver, mientras sorbe un jugo de frutos rojos—. En los primeros departamentales me dieron 500.000 pesos, en los segundos, un millón.

Hasta el momento, no se ha vuelto a hacer una competencia similar para encontrar al hombre más fuerte de Colombia. Por eso, Óver sigue invicto.

***

En una casa amplia, detrás del primer parque del barrio Laureles, en el occidente de Medellín, está Magnum, un lugar de entrenamiento que es una rareza entre todos los de la ciudad. Pesas, bicicletas estáticas, barras y todo tipo de aparatos rústicos, como de gimnasio callejero, están puestos sin ningún orden por los espacios que, se nota, fueron habitaciones, sala, comedor, cocina, baño, patio y etcétera. Las paredes son una mezcla de espejos, grafitis, rayones y dibujos de hombres y mujeres supermusculosos. Magnum parece una casa tomada por fisicoculturistas y adictos al ejercicio que lo único que quieren es esculpirse y que aquí —por 60.000 pesos al mes, sin restricciones— han encontrado su mejor droga.

—Si uno quiere ser fuerte, tiene que venir a un gimnasio de estos —dice Óver, mientras levanta 150 kilos en una banca de predicador para ejercitar tríceps—. No es uno de esos gimnasios pupies de ahora donde la gente cree que la máquina hace el trabajo por ellos. Acá la gente está porque aguanta el peso. Es como la vieja escuela: si no duele, no funciona.

Antes de ser una viga, lo que a Óver le gustaba era correr. Cuando tenía 10 años se metió al equipo de atletismo del colegio, en Mompox, y terminó corriendo en pruebas de fondo, de 5000, 10.000, 15.000 y 21.000 metros. Ganó competencias infantiles en Barranquilla y en Sincelejo y corrió hasta los 15 años, cuando se graduó. Entonces quería estudiar Ingeniería Industrial y se mudó a Cartagena con la esperanza de entrar a la universidad, pero nunca pudo empezar la carrera porque no tenía cómo pagar el semestre. En vez de eso, pasó cuatro años en casa de sus tías, donde hacía lo oficios del hogar. Además, se ganaba la vida haciendo de todo: fue obrero, lavó carros, picó piedras, repartió volantes en la calle, cargó bultos… Cuando cumplió 19, se cansó de esa cadena de oficios esclavizantes y se devolvió a Mompox. Pero tampoco quería volver a la vida de pueblo de la que había escapado, por eso a los 15 días volvió a hacer maletas y se fue, sin nada fijo, a Medellín.

Era 1998. La vida ahí no resultaba fácil. Medía 1,86 y pesaba 68 kilos: era un alambre. Lo último que buscaba era hacer deporte. Vivía en un cambuche dentro de la obra de un edificio de un compadre suyo de Mompox, a cambio de vigilarla, y se ganaba 30.000 pesos a la semana. Logró entrar a estudiar Economía en la Universidad de Antioquia y ahí empezó a entrenar baloncesto. Como lo vieron tan flaco, los entrenadores le recomendaron que aumentara de masa muscular. Entonces se puso a levantar pesas. Y tan solo un año después, se ganó el concurso de fisicoculturismo del gimnasio Universal, el primero de muchos.

Dejó atrás el baloncesto —en parte por una lesión de tobillo, en parte porque le gustaba el cuento del fisicoculturismo— y se dedicó al gimnasio. A la vez, tuvo todo tipo de trabajos para sobrevivir: fue vigilante de discotecas, salió en campañas publicitarias, hizo striptease, acompañó a gente a hacer negocios raros... Después de graduarse, empezó a trabajar en Porvenir como consultor, pero el mundo de las oficinas lo aburrió. Un año y medio, y renunció. Decidió dedicarse de lleno a inflarse, hasta convertirse en lo que es hoy: un entrenador que es, además, el hombre más fuerte de Colombia.

Óver pasa casi doce horas al día en Magnum y es, sin duda, uno de sus personajes más importantes. Da clases personalizadas desde las 5:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde y luego, de 4:00 a 9:00, se dedica a su rutina de entrenamiento. Cada día de la semana refuerza un grupo muscular diferente: un día son los brazos, otro las piernas, otro la espalda, otro los abdominales.

Come siete veces al día y cada plato lo prepara él mismo. A las 4:00 de la mañana, un batido de proteínas. A las 7:00, ocho claras de huevo con avena y plátano maduro o papa. A la 10:00, ensalada de atún, arroz y un vaso de leche. A la 1:00 de la tarde, un filete de pescado con arroz. A las 4:00, otro batido de proteínas. A las 7:00 de la noche, un filete de pollo. Y a las 10:00 de la noche, una ensalada de atún. Organiza su trabajo, sus vacaciones y hasta su lugar de residencia en torno a las necesidades de sus alumnos y, por eso, ha vivido en habitaciones de muchos barrios de Medellín: Boston, Buenos Aires, Santa Mónica, El Chagualo, El Poblado, Floresta… No le importa trastearse de casa cuantas veces sea necesario.

Una vez —recuerda— recibió una propuesta para dejar atrás su trabajo: un tipo le ofreció un apartamento, un arma y tres millones de pesos mensuales por ser su guardaespaldas. Pero no le llamó la atención.

—No me gusta el dinero fácil. Cualquier persona, circunstancia o trabajo que me aleje del gimnasio lo descarto —dice y se levanta para alzar una pesa de 180 kilos.

***

—Óver, ¿vos peleás?

Se ríe.

—No. Pero una pelea conmigo no dura ni diez segundos.

La última vez que Óver peleó fue en 2004. Lo recuerda muy bien, porque desde entonces tiene una caución, eso que la gente conoce como una “mano multada”. Era una noche de fiesta y Óver salió a una discoteca con su novia de entonces. En medio de la rumba, un tipo le tocó el culo a ella y el resto fue historia: un puño en la cara y el tipo cayó inconsciente. Como si no bastara con eso, vinieron los amigos del noqueado, que eran seis, y, sin ningún problema, como un Popeye con sobredosis de espinacas, atendió a cada uno en fila. Llegó la policía, lo retuvieron durante la noche y desde entonces, una vez al año tiene que rendir cuentas de su comportamiento ante las autoridades.

Pero esa vida ya pasó, Óver no rumbea hace un par de años. Lo suyo es el gimnasio y solo lo ha dejado dos veces. La primera, por una de las seis lesiones que se ha hecho. Trataba de superar su marca de 330 kilos de peso muerto, se desgarró el pectoral izquierdo y tuvo una incapacidad de cinco meses. La segunda, cuando terminó su relación de ocho años con su última novia. Entró en depresión, lo atacó una crisis económica y lo rechazó la gente a la que le pidió ayuda. Óver no habla mucho de ese episodio, pero recuerda que por cuenta de ese momento dejó de entrenar seis meses.

No comía y bajó de peso aceleradamente. Hasta que una de sus alumnas, después del entrenamiento, le dijo “profe, usted está enojado con el mundo” y lo invitó a la iglesia a la que ella asistía. Desde entonces, Óver es cristiano. Va cada domingo y ante cualquier problema lo primero que hace es orar.

—No creo en la amistad —dice—. Tengo muchos conocidos, pero mis amigos los tengo contados con los dedos de la mano.

—¿Y no te molesta la soledad?

—Le temo a la soledad. No le temo a la vejez, no le temo ni a la muerte, pero sí a la soledad. Es lo que más he tenido en mucho tiempo. Amo la soledad, no te voy a decir que no. Pero sé que puede ser dañina, claro que lo sé.

***

Es domingo. Aunque Óver también entrena los domingos, es el único día que hace, además, algo diferente a ir al gimnasio. Normalmente, si el Medellín juega de local, va a verlo al estadio Atanasio Girardot, porque está abonado. Cuando no, se queda en casa y, de pronto, sale a dar una vuelta por el barrio o a cine o a la iglesia cristiana a la que asiste hace tres años. Cualquiera que sea su plan, generalmente lo hace solo.

Hace siete años que Óver no visita a su familia. Vive en una pieza que alquila en una casa de La Floresta, un barrio tradicional del occidente de Medellín, y está ahorrando para comprarse un apartamento. Vamos para allá después de uno de sus entrenamientos. Es un tercer piso alargado, estrecho, en el que vive junto al dueño del lugar, su madre y ocho inquilinos más. Hay pocos muebles y muy viejos, un silencio pesado y una luz cruda que entra a chorros por las ventanas. Desde el pasillo, en la primera habitación se ve a una anciana con un catéter y en silla de ruedas, junto a una enfermera joven que mira un catálogo de productos de belleza. Saludamos, pero no saludan.

Seguimos por el pasillo y Óver se detiene frente a la segunda puerta. La misma luz entra por una ventana y baña lo poco que hay. Una cama sencilla en un catre bajo, una mesa de noche, un armario de madera antiguo y, sobre el armario, productos de aseo personal, suplementos vitamínicos, un tarro de aminoácidos. En una de las paredes están colgadas algunas camisillas de entrenamiento y una camiseta del Medellín.

—Yo le dije que acá no había mucho. Soy un tipo sencillo, desprendido de las cosas.

—¿Y tus trofeos?

—Tampoco los conservo.

—¿Ni siquiera el del hombre más fuerte del país?

—No. Ese lo regalé. La última vez que me trasteé, el portero del edificio se enamoró del trofeo, entonces le dije “quédese con eso” y se lo di.

Son las 4:00 de la tarde. Óver descarga la maleta, se descalza, se seca el sudor con una toalla. Suave, con todo el peso de sus 130 kilos de músculo, se acuesta en la cama que se dobla un poco. Y empieza su siesta de todos los días.

@AdrianAtehortua

 

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