Mi misión era encontrar al “hombre de oro”, un indio estrafalario llamado Datta Phuge. Saber sus razones para hacerse una camisa con el preciado metal. Me habían advertido que no sería fácil. Que es evidente que al hombre le gusta la fama y que le encantaría que su historia saliera en una revista para hombres en Colombia. Pero que en las últimas semanas huye del ojo público porque se revelaron sus problemas financieros y a su esposa la destituyeron de su cargo en el gobierno local. Presentó un documento falso que la acreditaba como de una casta, cuando en realidad no lo era. (Bobby Murphy, el discreto millonario detrás de Snapchat)

Pero la dificultad no iba a amedrentarme. Llevo seis años en India, donde hasta los mejores reporteros se cansan de las complicaciones y enredos. Precisamente la perseverancia —o la necedad— es mi única virtud. Muchas veces me han dado una entrevista no porque sea la mejor cazadora, sino porque mi presa se ha cansado de tanto esconderse.

Entonces volé a Pune, que le sigue a Bombay como la ciudad más rica y cosmopolita del estado de Maharastra, en el oeste del país. No me importó que los cuatro teléfonos que había conseguido del escurridizo hombre dorado y de su esposa estuvieran apagados todas las veces que llamé.

“Datta Phuge ha logrado entrar al Libro Guinness de los récords por comprar la camisa más cara del mundo, hecha de oro”, me daba la bienvenida a la ciudad la portada del periódico DNA, uno de los más vendidos en inglés. La prenda vale unos 250.000 dólares (más de 480 millones de pesos).

Mi primer movimiento fue ir a la joyería donde la hicieron. “Ranka Jewellers”, dice el letrero de luces neón rosa y lila que corona el negocio, en las tres primeras plantas de un edificio de cristales. Decenas de personas se arremolinan para pagar en las cajas. Los clientes van desde una señora con sari de seda, tacones y cartera de Vuitton, hasta otra que lleva sari de algodón, sandalias y bolsa de plástico. Pero la mayoría parece de clase media. Los encargados de cobrar no dan abasto, a pesar de tener máquinas para contar billetes. En un letrero luminoso dice los precios del oro al día: algo así como 441 dólares (850.000 pesos colombianos) por 10 gramos de 24 quilates. El precio está bajo, así que la gente aprovecha para comprar.

Este negocio familiar comenzó en un pequeño local hace más de 130 años. En las últimas tres décadas se expandió a seis tiendas y están por abrir otras dos.

Mientras espero a que me reciba uno de los dueños, miro las extravagantes piezas que se exhiben. Me pruebo unos aretes de 12 centímetros recargados de piedras verdes y violetas. Tengo que quitármelos porque son pesados y siento que me están arrancando las orejas. El oro es más amarillo que el que usamos en Latinoamérica: aquí gusta este tono, el del metal más puro, por eso la joyería es de 22 quilates. Y sirve para mostrar en las fiestas, sobre todo en las bodas, el dinero que se tiene.

Una joven vestida de occidental, que está allí para comprarse una pulsera, me ratifica en un inglés superamericano lo que dicen los expertos: “En India, acumular oro, además de dar estatus, es una forma de ahorrar y de invertir”. Por eso ahora no solo se vende en joyas, sino que se puede comprar por gramos en las cantidades que uno quiera. En una esquina de la tienda, un par de señores se dedican a cortar con pinzas unas barritas miniatura en cantidades de 10 gramos. Algunas señoras compran un poquito cada vez que pueden, a manera de ahorro, y lo van guardando en los lugares más inverosímiles de su casa. Puede ser en un zapato o en el fondo de una olla.

Un amigo más enterado de asuntos esotéricos me había contado que el metal dorado es tan apreciado porque se asocia con Lakshmi, la diosa hinduista de la prosperidad. Al usarlo, se supone que se reciben algunas de sus bendiciones. Además, de acuerdo con la medicina tradicional india del ayurveda, abrillanta la piel y es bueno para la salud. A los bebés se les da un anillo de oro embarrado de miel para que con ella chupen las virtudes del metal.

Cuando me recibe, Tejpal Ranka dice que se siente orgulloso de “la obra de arte” que él mismo diseñó y que fue hecha completamente a mano. Me explica que 16 artesanos trabajaron por 16 días, y no tiene reparo en decir que las jornadas fueron de 16 horas. Se inspiró en las armaduras de los marajás o príncipes indios. La camisa de Datta Phuge está compuesta de 25.000 pequeñas piezas de oro en forma de flores, cada una unida en cuatro partes por cable, también de oro. Y todo está montado sobre terciopelo blanco para que sea “cómoda de usar”. El fabricante me cuenta también que “no quería usar máquinas italianas para hilo de oro, sino que quería hacer algo sólido de acuerdo con la cultura y el look indios”.

Phuge —que se pronuncia Fugue— es un buen cliente, dice Ranka, quien asegura que fue él quien le dio la idea de hacerse una camisa: “Quería ser diferente, y ahora todo el mundo tiene cadenas y pulseras, y todos se ven igual”. Recuerda que al principio Phuge no quería algo tan caro porque no tenía suficiente dinero. La primera vez llegó con apenas 1,5 kilos de oro, pero fue completando hasta llegar a los más de 3 kilos con los que fue hecha la prenda. El joyero me promete llamar al hombre de oro para que me reciba, y me dice que si vuelvo al día siguiente, me dejará ver la camisa. (El millonario que quiere ser como Iron Man)

—¿Pero no la tiene Phuge? —le pregunto.

—No, la tengo yo —me contesta.

—¿Por qué?

—Porque tenemos un contrato: es su oro, pero es mi diseño. Así que es suya, pero yo la guardo. La puede usar cuando quiera, pero me la tiene que pedir.

—¿Y cuántas veces la ha usado?

—Unas cinco o seis. Verás, es un objeto de posesión, más que de uso. Así que es solo para ocasiones muy exclusivas.

A mí no me gusta el oro, pero siento que me late más rápido el corazón mientras espero en la oficina de Ranka a que uno de sus asistentes me traiga la camisa. Llega con una caja de cartón. Cuando la abre, saca la camisa en un gancho y cubierta con un plástico. Es de un amarillo brillante. Me la da y me sorprende lo pesada que es.

Tiene una lámina —por supuesto también de oro— que reza que fue diseñada por Tejpal Ranka, además de su peso exacto (3,3 kilos) y la fecha de elaboración: diciembre de 2012.

Ranka me muestra que los botones reales están debajo del oro, en el terciopelo, y que los seis que resaltan son adornos: flores hechas con cristales de Swarovski anarajandos rodeados de piedras brillantes. Noto que a los costados, cerca de las axilas, ya está un poco descosida.

La camisa no se puede lavar: se tiene que desmontar para limpiar el oro y cambiar el fondo de terciopelo. Eso se hará después de varios años.

Cuando el empleado ya se la va a llevar, me atrevo a preguntar si puedo probármela. Ranka acepta. Dos personas tienen que ayudarme a ponérmela. El orfebre asegura que es muy resistente. Me queda solo un poco grande. Imagino que Phuge no es mucho más alto que yo, que mido 1,70 metros. Puesta ya no pesa tanto, pero no me imagino andar con esta prenda en el calor de India. Me cuesta moverme con ella.

Mientras pienso que así se debe sentir uno dentro de una armadura y me imagino la cara de la gente si saliera corriendo con ella, el joyero me comenta que él no se la pondría. “No uso oro, creo que es porque veo mucho todos los días”, justifica, enseñándome las muñecas y el cuello desnudos.

—¿Y para qué la quiere Phuge?

—Está obsesionado con el oro. A otras personas les gustan los coches o las casas, a Phuge le gusta el oro. Además, es una forma de demostrar que él puede hacer lo que nadie había hecho, una forma de sentirse importante.

Antes de irme, le pido que lo llame por teléfono, pero a él tampoco le contesta, ni en su número “secreto”. Así que el joyero me cuenta en qué área vive, pero no me da la dirección concreta, entre otras cosas porque en India las direcciones nunca son exactas.



De camino a su casa, imagino cómo será Phuge. Me habían contado que es uno de los nuevos ricos que han surgido en Pune gracias al boom económico de esta ciudad, uno de los mejores ejemplos del salto a la prosperidad que han dado algunos sectores de India. Tiene poco más de tres millones de habitantes, según el censo de 2011, pero es probable que sea más por la migración constante de gente de las zonas rurales a esta urbe, que es un sueño de bienestar.

El padre de Datta tenía tierras de cultivo que, de un día a otro, se volvieron muy cotizadas para la industria que empezó a instalarse aquí y multiplicaron su valor. “Esta gente, en cuanto consigue dinero, lo primero que hace es comprarse una camioneta todoterreno y luego empezar a competir entre ellos para ver quién se cuelga más oro”, me dice el periodista local Syed Imtiaz, que ha entrevistado a Phuge, pero que me explica que ahora es difícil encontrarlo.

El hombre de oro ha tenido una muy mala racha últimamente, tanto en sus negocios como prestamista (es dueño de una especie de pequeño banco) como en su carrera política. Phuge es miembro del gobernante Partido del Congreso y aspira a contender por un puesto en el Parlamento. Pero una investigación policial descubrió que su empresa tenía una deuda y la gente ha comenzado a pedirle que le regrese su dinero. Para completar, su mujer, Seema (de la misma agrupación política), ha sido despojada de su puesto en el gobierno local tras descubrirse que el certificado de casta inferior que presentó para tener la cuota requerida era falso.

Tras los titulares por la camisa de oro de Phuge, su partido se dio cuenta de que la ostentación con oro no daba una buena imagen ante los votantes y pidió moderación a sus miembros. En el estado de Maharastra es común que los políticos quieran llamar la atención y mostrar su riqueza y poder con el metal. “La gran mayoría de ellos se ha quitado el oro para limpiar su imagen, pues estamos a un año de elecciones. Pero después se lo volverán a poner. La memoria de la gente es muy corta”, explica el periodista.

Para Imtiaz, sin embargo, Phuge ha hecho muy buen negocio con su camisa: se ha dado a conocer. El oro no pierde su valor, se puede fundir o vender a precio del mercado. Las pérdidas en ese caso serían solo el costo de hacerla: según el fabricante, 30.000 dólares, menos del 12 % de su valor total. “La gente gasta miles de dólares en publicidad y no la obtiene. A Phuge ahora lo conocen como el hombre de oro. Ha aparecido en todos los canales, en todos los periódicos de India y en muchos internacionales. Fue un movimiento muy bien calculado”, afirma.

Pero para otros la excentricidad de Phuge no merece ningún respeto. “¿Qué clase de persona puede hacerse una camisa de oro en un país donde mucha gente no tiene para comer”, dice Sulabha Ubale, del partido hinduista Shiv Sena, opositor al del señor dorado. En su opinión, Phuge busca publicidad a cualquier costo y no le interesa la gente pobre, “a la que le presta dinero con intereses exorbitantes”. Ubale cuenta, además, que por sus deudas y la mala situación de sus negocios es que Phuge regresó la camisa al joyero. Cuando le pregunto por qué ella trae tres anillos y dos cadenas de oro, me dice que “son muy sencillos… y las mujeres tienen que llevarlos para verse bien”. (¿Quiénes son los pentamillonarios? (los mismo que dejaron atrás a los millonarios))

...

De camino a casa de Phuge, pregunté varias veces dónde vivía: a un peluquero, a un vendedor ambulante de frutas, a un señor que llevaba a su esposa en una moto, a una mujer que acababa de recoger a sus hijos en la escuela. Todos sabían quién era. Y todos señalaban hacia el mismo sentido, algo no muy común en India al preguntar por direcciones.

Al fin llegué, por una entrada despavimentada, a un conjunto de edificios con un aspecto un poco descuidado, donde un perro callejero bebía agua de un charco y unos niños descalzos jugaban a amontonar piedras en otro. Al final del vecindario hay un templo hinduista rosa con amarillo terminado en pico.

El lugar no tiene nada de malo, pero me sorprendió que un hombre que puede permitirse “tener” la camisa más cara del mundo viva en un sitio tan corriente. Con lo que vale su camisa se podría comprar una casa mucho más lujosa en esta zona. O incluso diez departamentos como el que tiene, según comenta una periodista local que sabe de bienes raíces.

Su edificio tiene dibujado el número 8 con aerosol negro. En la puerta de fierro hay flores ya secas. Por los balcones cuelgan calzones, calcetines y los tradicionales vestidos indios, los saris. Su departamento está en el segundo piso. El dios elefante, Ganesha, y una esvástica, que en el hinduismo representa la buena suerte, adornan la puerta. Toqué incontables veces. Nadie respondió.

No podía creer que el hombre que había salido en todas las portadas no fuera a hablar conmigo. Así que empecé a gritar su nombre pidiendo que me abriera. La vecina del apartamento contiguo salió, pero se metió, como si estuviera asustada, cuando le pregunté por el hombre de oro. Algo parecido pasó con la del piso de abajo.

Resignada, me fui a la otra zona en la que me habían dicho que podía encontrarlo Era un vecindario llamado Phuge. Apenas entré, una mujer me dijo que Datta Phuge era el dueño de todo el edificio, su arrendador, pero que no lo veía mucho, que mandaba a sus sirvientes a cobrarle la renta.

Salí desconsolada, visiblemente abatida, tanto que un joven me preguntó qué me pasaba. Le dije que buscaba a Datta Phuge. “Yo soy su primo, me llamo Nilesh Phuge”. Y pronto me vi rodeada de doce chicos con el mismo apellido, que en el idioma local significa pelota. Todos hombres jóvenes, todos queriéndome contar cosas buenas de él. Todos al mismo tiempo y todos gritando. Antes de contestar mis preguntas quisieron que les tomara una foto, y varios de ellos me retrataron con su celular.

—¿Por qué vive en una casa que vale menos que su camisa? —fue mi primera pregunta.

—Porque es un hombre al que le gusta vivir de manera sencilla —contestó Anil Phuge, uno de los primos.

—¿Y por qué tiene entonces una camisa de oro?

—El oro le ha gustado siempre. Desde que era niño le gustaba traer cadenitas y pulseras de oro. Siempre ha sido su forma de invertir —añadió Shubham Phuge. Ellos no ven ninguna contradicción.

Datta es muy divertido. Es buen hijo y ayuda a sus padres. Le gusta la comida. Su platillo favorito es el pollo que prepara su esposa. Le gustan las películas de Bollywood. Es fanático del cricket, gran admirador de Sachin Tendulkar, uno de los mejores jugadores indios de todos los tiempos. La propia familia tiene un equipo que ganó la copa local hace cuatro años. Datta es el capitán porque es bueno bateando. Esas son algunas de las informaciones que logro obtener en medio del caos que generan doce hombres emocionados que hablan cada vez más fuerte.

Uno de los Phuge, que parece estar borracho, dice que su primo ayuda a los pobres y que a él mismo le dio dinero para una operación de corazón que necesitaba. Otro, tal vez el más gritón, me regala una foto de él con su primo célebre, que aparece en el retrato vestido con la camisa que lo dio a conocer.

“Es el hombre de oro. Se ha vuelto famoso y todos en su familia estamos orgullosos de él”, concluye Shubham, uno de los más jóvenes pero más articulados. Entre ellos, todo es admiración: nadie quiere hablar de los problemas de su pariente e ignoran todas mis preguntas al respecto, como si no las oyeran.

La mayoría de la prensa afirma que Datta tiene 32 años, pero sus primos me corrigen: en realidad tiene 42. Les creo, pues tiene dos hijos, uno de 21 años y otro de 18. Apuntan también que es un hombre muy religioso, y para ellos eso explica todo: no es que esté escondido, está de peregrinaje. Viajó, como cada mes, al templo de Tirupati, algo así como el Vaticano del hinduismo, a unos 1000 kilómetros de Pune. “Esta vez fue a dar gracias por lo feliz que está de que su nombre sea reconocido por Guinness”, asegura el joven Shubham.

Me despido de los Phuge con un poco de dolor de cabeza. Un señor detiene su motocicleta al lado mío: “¿Quieres saber lo que es Phuge? Es un corrupto”, me dice, y luego acelera sin dejar que le pregunte nada más.

Esta vez mi perseverancia no sirvió para mucho. Camino despacio a ver si el hombre dorado aparece de repente. Pero no lo hace. Me voy de su barrio y de su ciudad sin haberlo visto. Sin haber podido siquiera hacerle una pregunta. Datta Phuge se salió con la suya. Se escondió de mí. Estoy a punto de sumirme en la frustración. Pero entonces recuerdo mi pequeña venganza: me puse su camisa de oro sin que él lo supiera. (Los últimos días de Hugh Hefner)

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