A Nicki Hunter, maestra de ceremonias, le gusta comparar la noche de karaoke que anima cada martes en el Sardo‘s Bar & Grill con un típico bar de sitcom televisiva. La única diferencia sería que los parroquianos que visitan Sardo‘s no han pasado el día sudando la gota gorda en oficinas y fábricas, sino filmando escenas de tórrido atletismo sexual en calurosos sets de películas para adultos.

Con coquetas maniobras, Nicki, enfundada en unos jeans apretados y un top negro de generoso escote, compara, en una analogía freudiana, el micrófono que tiene entre las manos con el miembro masculino. La idea es aguijonear a los asistentes, hacerlos reaccionar con gritos de entusiasmo.

El llamado Porn Star Karaoke de los martes en Sardo‘s es una especie de institución para la industria del porno en Los Ángeles. Cada semana, se citan en este bar actrices, actores, agentes, productores, técnicos, aspirantes y demás satélites de la pornografía. La idea es tomar un trago, aliviar el estrés propio de un negocio tan exigente como intenso y cantar sus canciones favoritas para celebrar, en un plan relajado, sus lazos como comunidad.

Sardo‘s es un establecimiento de belleza decadente. Un malhablado lo llamaría dive bar o bar de mala muerte. Está incrustado en un centro comercial que parece haber sido abandonado a unos pasos de la carretera 134, en la ciudad de Burbank, que forma parte del condado de Los Ángeles. El paisaje es deshumanizado y suburbano, lleno de avenidas vacías y edificios impersonales.

Burbank es un emporio mediático que alberga una multitud de estudios de la industria del entretenimiento: desde Disney hasta Marvel. También es el umbral de acceso al Valle de San Fernando, capital mundial del porno, donde antaño se producía el 90 % de las películas pornográficas legales de Estados Unidos.

El dueño y mánager de Sardo‘s, Seymour Satin (nombre real, no seudónimo), me reconoce y posa para la cámara a la entrada. Cruzar la puerta del bar nos conduce a un ritual de catarsis, de júbilo, de furor dionisiaco. Porn Star Karaoke, o simplemente PSK, reúne a una variopinta fauna del mundo del porno, necesitada de liberar tensiones. El ambiente es de picardía, pero también de camaradería y de ternura (no escasean los abrazos de oso propinados por tatuados fortachones a frágiles estrellas emergentes).

Una joven muy sexy entona Don‘t Stop Believing, de Journey, un prematuro éxtasis en un momento de la noche en que todavía no han llegado muchos de los concurrentes. Don Satin me ha advertido que, tras la masiva asistencia del personal a la entrega en Las Vegas de los “Óscar del porno”, los premios AVN (sigla de la revista especializada Adult Video News), es típico que sus clientes de los martes regresen con gripa. Es muy probable, entonces, que la asistencia hoy sea baja por ese motivo.

Cada vez que una nueva y voluptuosa performer prepara su salida al escenario, se pueden ver muestras de afecto hacia ella entre el público que la rodea. Sube MC Nicki Hunter, protagonista de clásicos como Anal Princess Diaries (Los diarios anales de la princesa) y la formidable From my Ass to my Mouth (De mi culo a mi boca), y no pueden faltar las rápidas incursiones al stage para los pícaros toqueteos de rigor. Hay manoseos mutuos por aquí y por allá, con lascivo apachurramiento de por medio. El espectáculo de lenguas en cachetes sirve para el deleite tanto de los colegas del mundo del porno como de intrusos, viajeros y demás paracaidistas que (como este servidor) visitan Sardo‘s azuzados por el morbo. La atención mediática expone al PSK y a sus visitantes de siempre a un público general y masivo. Y no faltan los curiosos que esperan toparse con leyendas como Ron Jeremy y sus amigos famosos (actores de Hollywood, cantantes, raperos). El oportunismo amenaza con diluir la atmósfera.

La antropografía del evento revela contrastes inusuales, gracias al paso de la sofisticación del estudio a la atmósfera sórdida del bar. En vez del vistoso glamour y los maquillajes, aquí reina el look cotidiano de jeans, zapatos sin tacón y camisetas. Es la desmitificación de la imagen de estas voluptuosas mujeres de belleza angelical pero libidinosa. Diría, incluso, que son las sensuales y apretadas meseras y bartenders las que, vestidas muy al estilo Coyote Ugly, parecen salidas de un set de porno.

El cuento del Porn Star Karaoke empezó en 2003. Satin, bibliotecario de profesión, había asumido la administración de Sardo‘s e introducido la novelería de noches de karaoke para atraer público. Ocho estrellas del porno le sugirieron la idea de separar una noche para ellos. A las dos semanas, la asistencia de porn stars se había multiplicado a 100 y hoy por hoy es un reconocido punto para hacer networking, relajarse, pasar el rato. Y los cantantes aficionados vienen de varios rincones del país. La asistencia es leal: cuando Sardo‘s reabrió hace unos meses tras un incendio que puso el local al borde de la quiebra, los primeros en volver en masa fueron los fieles del PSK.

Hoy hay pequeños momentos muertos. Los bouncers escanean los documentos de identidad del siguiente visitante, tonadas anodinas de música comercial retumban en los parlantes y marcan la espera entre cantante y cantante. La chica rubia que hace de Dj es el reflejo de un lugar donde el personal es mayoritariamente femenino. Los brindis se suceden por reflejo. Como buena maestra de ceremonias, la Hunter mide el pulso de su público y anuncia que va a regalar videos porno originales en DVD, tan anacrónicos en estos tiempos de piratería y streaming. Títulos genéricos se suceden entre aplausos y silbidos. Tres fulanos pasan al frente a reclamar sus premios y contemplar de cerca a sus ídolos en carne y hueso.

El respetable público es un monstruo que Nicki sabe cómo domar efectivamente. Y para todo aquello para lo que sus abundantes recursos como animadora del evento no alcancen, están las famosas normas del PSK, repetidas como aviso de servicio público a lo largo de la noche. Paradójicamente, son una virtual negación de los principios rectores de un rodaje porno. Entre otras, estas normas de convivencia impartidas por Satin incluyen:

No desnudarse.

No ser exhibicionista.

No tener sexo en el baño (lo cual, dado su tamaño, hubiera requerido toda una hazaña de ajustado contorsionismo).

No tener sexo cerca del cajero automático.

Incluso yo, cronista entrometido, soy advertido de que debo sujetarme a dichas reglas.

Pero hecha la ley, hecha la trampa: el estacionamiento, eso sí, está convenientemente fuera de los límites. Quizá no sea gratuito que cíclicamente parejas desaparezcan rumbo al parqueadero. Los veteranos del evento, además, aseguran que es un buen punto para encuentros casuales.

Del rock noventero de 10,000 Maniacs al blues de ZZ Top, el espectro ilimitado de estilos musicales del karaoke de Sardo‘s es una oda al eclecticismo: suena el insoportable pop contemporáneo (Rihanna o Miley Cyrus), el canónico repertorio sesentero (The Ronettes o You‘ve Lost That Loving Feeling, de los Righteous Brothers) y también una tanda de rock clásico. Las selecciones de los asistentes delatan su lealtad a subculturas variopintas. Una actriz con sombrerito bombín a lo Naranja mecánica hace un homenaje al recién caído Bowie, al cantar Space Oddity. Luego pasan metaleros de chivera (Evanescence, Nine Inch Nails); hipsters de pacotilla (un listillo toma el micrófono para cantar I Feel Like A Woman, de Shania Twain) y gringos más blancos que la leche que se apropian de la cultura rap.

Entre las últimas intérpretes de la noche está otra estrella joven o starlet, Melissa, quien interpreta una canción de Alanis Morrissette. El monitor con el texto de la letra parece el teleprompter de una tórrida escena de chica con chica:

Oooh Oooh Oooh

Uhhh Uhhh Uhhh

Ahhh Ahhh Ahhh

Mientras me informan que la exótica pornstar de ascendencia asiática Lucky Starr también se encuentra en Sardo‘s, veo que Nicki pasea entre las mesas para conectar con los asistentes, provocarlos, soltar carcajadas. No faltan quienes la retan a un body shot, que no es otra cosa que un trago tomado directamente de su cuerpo. Sin pestañear, la Hunter se pone un limón en el escote y los hace tomar del vasito de rigor, que está perdido en la prominencia formidable de sus senos. Hombres y mujeres por igual caen rendidos ante este procedimiento.

Entre tanto, una mujer de pelo azabache llamada Dixie me entrega una invitación a una Foot Night Party. ¿Qué es eso? Explica la ninfa que la entrada de 50 dólares da acceso a una fiesta para fetichistas de pies deseosos de conocer a sus estrellas favoritas. Entre las celebridades del mundo del porno que participarán en dicho evento se encuentra Kiki Daire, quien justo está despachándose una versión de Be my Baby, canción original de The Ronettes. El portal Internet Movie Database (IMDb) cuenta conservadoramente 145 títulos suyos. La lista incluye el dostoievskiano Perversion and Punishment (Perversión y castigo) y la epopeya interracial intraducible Big Tit Brotha Lovers.

Además de la camaradería de reivindicar el propio gremio, hay en PSK una faceta de válvula de escape. Los proveedores de sueños húmedos para las masas suben a un escenario para volar durante tres minutos a un mundo sin problemas. Porque los mismos implicados me confiesan que no son pocas las preocupaciones y tormentos que aquejan a los profesionales de su industria. Están, por ejemplo, la mortal competencia de la piratería, los tube sites (los “YouTubes” del porno) y el secreto a voces de la violencia innombrada contra la mujer (el escándalo de las violaciones y agresiones perpetradas por el carismático James Deen, el niño bonito del cine porno).

Este ritual de purificación invierte los valores del exhibicionismo sexual implícito en el porno. La paradoja es que la actriz que pasa al escenario a cantar se siente más expuesta y vulnerable, más a merced de la descalificación del público, con una inseguridad totalmente ausente al momento de desnudarse para ejecutar actos sexuales ante las cámaras.

Quizá el secreto del éxito del Porn Star Karaoke entre la comunidad del porno es su valor terapéutico. Cantar moviliza en nuestro interior vibraciones que tienen un impacto no solo físico (por ejemplo, su efecto sobre nuestra respiración), sino psicológico. Al cantar en un contexto social se liberan hormonas que crean una sensación de alivio y reducen el estrés y la ansiedad. Cantar con gente alrededor libera la oxitocina, célebremente apodada “la droga del abrazo”, producida también durante la actividad sexual y vinculada al orgasmo. Estudios en Inglaterra, Alemania y Australia han descubierto en el canto grupal mecanismos para el bienestar y la salud, sobre todo entre mujeres.

Otra joven con nombre pornográfico, Heidi Estévez, canta ahora All Star, veintiúnico éxito de Smash Mouth. Nadie a mi alrededor me puede dar referencia de ella, desafortunadamente. Pero las endorfinas parecen estar haciendo efecto. Conforme la noche se acerca a su fin, el subidón emocional de las canciones es más y más frenético. Las chicas saltan y bailan como muchachitas. Junto a la barra, don Seymour consuela a una chica latina pasada de tragos. En un rincón borroneado por la luz ámbar, la chica más linda del mundo baila sola, borracha en una burbuja autista y sublime. Es lo último que veo en la noche.

Mañana se encenderán de nuevo las luces de los sets, volverán a sudar los cuerpos, volverá a ponerse en marcha la maquinaria implacable del porno, que recibe más visitas que Amazon, Netflix y Twitter juntos. Hasta el próximo martes, los sueños de liberación mediante el canto quedan en suspenso.

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