Aún hoy, en esta era hermafrodita, el corazón es el lugar del crimen si la protagonista de la historia es una mujer. Si la protagonista de la historia es una mujer, lo más probable es que los momentos definitivos de la trama sucedan en su inagotable mundo interior. Pero estas tres esposas cuarentonas acomodadas, que en este preciso momento se pintan las uñas de los pies en la piscina de la terraza de un hotel en Aruba, creen que están a punto de convertirse en la excepción a la regla: juran en vano que ninguna de las tres se va a tragar ninguno de sus actos, no, señor, ellas no van a descansar hasta que algo estalle. Se llaman Clara, Ángela y Lucía. Se conocen desde hace más de siete años. Se hicieron amigas porque solo ellas tres fuman en las aburridas comidas de negocios a las que invitan a sus maridos. El día en que planearon estas vacaciones, conscientes de lo borrosos que son sus matrimonios, hicieron una apuesta demencial.

—Es simple: contratamos un detective que siga día y noche a nuestros tres maridos mientras estamos en Aruba —propuso Clara— para que nos diga cuál de los tres es más infiel.

—Y la que tenga el peor de todos los esposos se divorcia —dijo Ángela— apenas ponga los pies en Bogotá.

—Perder la apuesta es ganar la libertad —concluyó Lucía con la mirada de quien se acaba de dar cuenta de que estar casado no tiene por qué ser lo mismo que ser cómplice de un crimen.

Todas, cada una a su tiempo, pensaron que acababan de hacer un pacto absurdo. Las tres, cada una en su estilo, temblaron un poco cuando se imaginaron forzadas a pensar "¿quién soy? ¿quién puedo ser? ¿qué clase de vida quiero para mí?" igual que esas mujeres que se atreven a vivir su propia vida, pero siguieron adelante con la apuesta porque algo superior a ellas las obligaba a seguir adelante: no sobra decir que ese algo era esta historia.

Hoy todo se resuelve con la paciencia de antes, es cierto, el destino se desenvuelve a su ritmo, pero la información sí llega de inmediato. La prueba es que allí, en la piscina de la terraza del hotel en Aruba, bronceándose como si vivir no fuera mucho más que ocultar cicatrices, durmiendo ese brumoso aliento a cigarrillo con cocteles de todos los colores, Clara, Ángela y Lucía reciben en sus BlackBerrys los informes del detective que les recomendaron. Durante unos minutos lo único que se oye es la música de Herb Alpert and the Tijuana Brass que viene de los parlantes del restaurante de comida de mar que queda al lado del spa: si supieran que la melodía se llama Bittersweet Samba, comprenderían la ironía del asunto y sospecharían que no tienen las cosas en sus manos.

Cada una lee su informe. Clara, que es la perfecta, tiene una risita atrapada entre los dientes como quien dice "lo sabía". Ángela, que es la sensible, se tapa la boca como quien dice "no puedo creerlo". Y Lucía, que es la original, escribe en Facebook vía BlackBerry el estatus "en Aruba enterándome de todo".

Que el esposo de Clara, un gordo gigantesco que preside una multinacional de comunicaciones, trata a sus hijos como adultos desde los tres años y ve a su mujer como una cosa que tenía que pasar pero no recuerda bien por qué, se pasa las noches llevando a extranjeros a una casa de masajes en la que ya le tienen reservada la puta adolescente que le gusta. Que el esposo de Ángela, un banquero de estatura media que vive en almuerzos con políticos, reserva la humanidad que tendría que darle a su hija para atender bien a sus clientes y le pide a su secretaria que le recuerde el cumpleaños de su esposa, cada día de esta semana de independencia ha llevado a una amante diferente a un motel diferente porque dice que en la variedad está el placer. Y que el esposo de Lucía, un publicista bajito que maneja las cuentas de las empresas más grandes del país, se porta como una mamá con su hijo y llega cada noche a la casa con actitud de buen compañero de equipo, el pasado viernes le pidió a la mujer de la que está profundamente enamorado que hiciera su vida sin él porque no sabía cómo explicar que irse con ella no era dejar a su familia.

Hay fotos de todo: el esposo de Clara con la masajista en las piernas, el esposo de Ángela con la amante boca abajo, el esposo de Lucía envuelto en lágrimas de la mano de su amada.

—El mío es infiel de la cintura para abajo —dice Clara— como todos los hombres que conozco.

—El mío no se compromete con ninguna vieja —responde Ángela— para no poner en juego el matrimonio.

—El mío acaba de dejar a una que tiene —explica Lucía— porque estaba empezando a enredarse.

Tendrían que entrar en detalles. Tendrían que ser, en este punto, tres buenas amigas. Tendrían que mandar al demonio a alguno de los tres maridos porque eso era lo acordado. Pero la historia es superior a cada una de ellas y ninguna de las tres tiene las riendas de su vida. Así que los hechos se acabarán en un par de horas: fumarán hasta envejecerse a sí mismas, harán bromas cuya moraleja sea "todos los hombres son iguales" y al otro día volverán a Bogotá cargadas de souvenirs y con cara de que en realidad todo era un juego. Y el resto ocurrirá en el corazón de cada una: se irán distanciando poco a poco para no tener testigos que las incriminen, asumirán la vida como zombis que tratan de vivir de vacaciones e incubarán una tristeza que las protegerá de un mundo que quiere a las mujeres que se quieren. No sobra decir que jamás podrán ponerse de acuerdo sobre quién ha perdido la apuesta.

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