El momento más frío que recuerde fue de -67,7 ºC, nada extraordinario, ya que el invierno dura nueve meses y la temperatura oscila los -51ºC. Todo se debe a que el círculo polar del norte pasa exactamente por aquí.

Nuestra vida es un constante enfrentamiento contra la naturaleza. Para salir a la calle debemos usar abrigos, sombreros y botas de piel de zorro o venado. Debajo usamos tres sacos de lana, medias-pantalón térmicas y medias de lana, pues a menos de 50 grados, la piel se quema en menos de 30 minutos. Es clave que la ropa sea de piel de animal, ya que muchos turistas nos visitan enfundados en trajes sintéticos con calefacción eléctrica interna, que terminan congelándose y agrietándose. El frío es tan peligroso que no se debe manejar solo. Siempre salimos con carros escoltas, para que vayan a buscar ayuda en caso de que la gasolina se congele. Cada 50 kilómetros hay casas sin seguro con lo básico para cualquier accidente: primeros auxilios, azúcar, té, enlatados, fósforos, madera y herramientas. Las vías son destapadas, ya que a estas temperaturas no hay asfalto que resista. En primavera y otoño es imposible manejar porque el agua de las montañas se derrite, y las inunda. En verano se pueden usar si no llueve. Lo único que nos une al resto del país son varios puentes, que solo se usan en invierno, cuando los ríos se congelan.

Nuestras casas son de madera. En verano, cuando la temperatura sube hasta 27 ºC, reunimos leña para prender fogatas en las pechkas (chimeneas) por el resto del año. Los establecimientos como colegios y hospitales cuentan con calderas de carbón para la calefacción. Un generador de diésel nos da electricidad para teléfonos, televisión e internet, servicios que nos comunican con el centro del país. En Oymyakon no existe el acueducto. No usamos sanitarios convencionales, sino construcciones de madera con huecos de 2,5 metros de profundidad en lugar de inodoro. El frío hace que no queden olores o se incuben enfermedades. Tenemos baños rusos, similares a los turcos, que usamos todas las noches.

Los días solo tienen entre cinco y seis horas de luz. Durante el invierno nos levantamos temprano a prender la pechka, porque las casas se hielan después de diez horas sin fuego. La mayoría de las personas se dedica a la cría de caballos o venados, el resto vive de la minería, pues hay yacimientos de oro, plata y estaño. El territorio tiene 92,2 km2 en el noroeste de Rusia y en sus alrededores hay osos, lobos, zorros y conejos. Hay más de 250 especies de aves y 50 de peces. Cazar y pescar son nuestros hobbies. Cuando uno hace lo segundo, los peces se congelan en menos de dos minutos.

Nos alimentamos con carne, pescados y lácteos, que tomamos congelados. De pueblos vecinos (Tomor, el más cercano, a cuatro horas) llegan frutas, verduras, Coca-Cola, Snickers y salchichas. No tenemos neveras, cavamos bodegas llamadas progrebs, a 70 centímetros de la superficie, para conservar los alimentos. Pero el frío también ocasiona problemas. Si pasamos más de dos horas sin electricidad, la tubería se rompe porque el agua se congela y aumentan su peso y su volumen. Por las bajas temperaturas se consume mucho alcohol y los borrachos que se queden dormidos en la calle podrían morir en menos de una hora. De todas formas, la vida es tranquila, esta es la misma tierra en la que vivió uno de los rusos más longevos, que murió en 1967 a los 109 años de edad.

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