A los 11 años ya tenía muy claro que quería ser jugador de fútbol. En el colegio, mis compañeros me querían para su equipo y también le daba a la pelota todo el día en mi barrio, en la ciudad de Temuco, en el sur de Chile. Casi siempre jugaba en canchas de tierra, por eso una de mis travesuras preferidas era saltar al campito de la esquina, que tenía pasto y del bueno, hasta que aparecía el cuidador a los gritos y nos escapábamos a los piques.

Por esos tiempos se disputaba el Mundial 86 en México. Mi país no se había clasificado, pero yo estaba en una edad en que el fútbol era todo para mí. Y me hice fanático de Maradona. A mí no me importaba que hubiera pica con Argentina, yo lo veía jugar y me maravillaba. Grité sus goles, me emocioné con sus gambetas. Era tal mi locura que un día se me ocurrió copiarle el peinado. Ya había decidido ir a la peluquería para que me hicieran la permanente. Quería tener sus rulos. Se lo comenté a mi mamá y me sacó corriendo, no me dejó.

Esta introducción es para que entiendan con qué ilusión viví, ocho años después, el primer día que tuve a Maradona al lado. Fue en 1994, Argentina contra Chile en el estadio Nacional de Santiago. Yo llevaba apenas un año como profesional. Era mi primer partido en La Roja. Argentina, con Basile como técnico y Maradona como figura, se preparaba para el Mundial de Estados Unidos. Me senté en el banco y promediando el segundo tiempo entré por Barrera. Empatábamos 2-2, y en mi primera acción recuperó Miguel Ramírez en mediocampo, encaró, yo lo seguía al lado, lo trabaron y de repente me quedó el balón a mi alcance, casi muerto. La toqué de zurda y puse el 3-2 en la primera pelota que tocaba en la selección mayor de mi país. No lo podía creer: mi debut, contra Argentina, con el estadio lleno, y con Maradona y todas las figuras como testigos. Al final nos empataron, terminó 3-3, pero apenas el juez pitó el final me acerqué a Diego y le grité “ídolo, ídolo” y él me respondió “bien, Marcelo”. Ufff... Si ya estaba loco de alegría con el gol, que el mismo Diego me conociera y me llamara por mi nombre era demasiado. Un año más tarde, cuando con la U de Chile enfrentamos a Boca en Santiago le pedí la camiseta y Diego me la dio. Igual, aclaro: es la única camiseta de Boca que pedí. La única que tengo guardada.

El círculo se cerró en el 2002. Yo ya estaba en la Juventus y el club buscaba construir a beneficio un hospital para niños. Organizó una subasta: el premio mayor eran los últimos botines que había usado Maradona en el Napoli. Los tenía Ciro Ferrara, excompañero de Diego, que en ese momento estaba en la Juve conmigo. Debo decir que tuve que ofertar un buen dinero pero me los quedé. Jamás los usé. Por lo que significan y también porque me van un poco chicos. Los tengo en mi casa, en Chile, bien guardaditos y cuidados. Para mí son una reliquia. No me pude hacer sus rulos, pero me quedé con sus botines.

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