Tengo millones de anécdotas como jugador y como entrenador, con lo cual se me hace muy difícil elegir una. Pero voy a empezar por el principio, el momento que marcó mi ingreso en la profesión como DT. Fue en 1971; Estudiantes finalizaba su época más gloriosa, la de las tres Libertadores ganadas de forma consecutiva y la Intercontinental conseguida en Inglaterra frente al Manchester. El técnico era Osvaldo Zubeldía, mi maestro, el último gran revolucionario del fútbol. En un momento, Osvaldo tuvo que sacar del equipo a cinco jugadores con los que había ganado todo. Yo era uno de ellos. Lo tenía que hacer, pero le dolió tanto que al mes sintió que tenía que irse él también.
Lo sucedió Ignomiriello, pero duró poco. El equipo llegó otra vez a la final de la Copa, que perdió, y se descuidó en el campeonato. Cuando miraron la tabla vieron que había peligro de descenso, y entonces mis excompañeros me pidieron que lo agarrara. Yo estaba haciendo el curso, pero todavía no tenía el título. Y asumí el compromiso sin cobrar un peso.


El problema es que estaban todos los muchachos peleados entre sí. Venía uno y me decía una cosa. Venía otro y me contaba otra. Todos decían cosas malas de sus compañeros.

Entonces los junté en el vestuario y les dije: “Vos contaste esto de este, vos criticaste a este por tal motivo, y bla, bla, bla”. Se armó un tole tole terrible, gritos, trompadas, de todo. Pero esa tarde arreglamos las cosas. Después, les dije: “Ahora, nos tenemos que concentrar para sacar esto adelante”. Nos encerramos dos meses y nos terminamos salvando. Fue un estreno complicado, pero con final feliz.

No fue la única vez que vi piñas entre compañeros. Una vez hasta me tuvo a mí como protagonista. Yo todavía jugaba. Daba muchas órdenes, quería cumplir con lo que nos pedía Osvaldo. Y en un partido contra Racing le grité a Pachamé: “Tomá la marca, tomá la marca, tomá la marca”. Como Pacha no iba, fui y le dije algo feo. Pacha se enojó, vino y me pegó una trompada en el pecho. Al árbitro no le quedó otra que expulsarlo.

Por último, una anécdota que no puede faltar en mis recuerdos es la posterior a la caída contra Camerún, en el Mundial 90. Éramos los campeones mundiales y perder en el debut fue terrible. Les dije a los jugadores: “Acá hay dos opciones: nos subimos al avión, le damos un paracaídas al piloto y nosotros nos estrellamos o llegamos a la final. Porque hoy nos vieron 1500 millones de personas y nos tiene que volver a ver esa cantidad”. Después fui pieza por pieza a ver a los más grandes. Fueron reuniones hasta las siete de la mañana. Enseguida fui a ver a los chicos. En el almuerzo, yo relojeaba a todos: los que habían jugado estaban callados; y los que no, hablaban. Pensé: tengo que pegar un sacudón, me quedan dos días. A la una de la tarde les anuncié la formación para el segundo partido. A la noche, los que hablaban ya no hablaron más porque sentían el nerviosismo. Por una ventana veía la concentración llena de periodistas. Me acordé de un libro de un alemán que había perdido una batalla y se había cortado el pelo, emprolijado y vestido bien. Hice igual: hasta me puse perfume. Pasé, saludé y llegué hasta el medio. Después, Maradona me dijo: “Es la primera vez en mi vida que no me para nadie”. Claro, estaban todos esperándome a mí.

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