Casi nunca sé fijar la fecha de algo que me haya pasado o de lo que haya sido testigo. Nunca sé si algo sucedió hace dos o cuatro años, si tal cosa pertenece a los ochenta o a los noventa.

Siempre me pierdo, pero hay un año que tengo absolutamente claro. En 1989 mi vida se partió en dos y en el después quedó un Darío monópedo, pues me amputaron el pie derecho. Ese año fue de bombas y cuidados intensivos, de 16 semanas de hospital y cuatro entradas a cirugías con anestesia general, de muletas y pata de palo.

Cuando todavía no tenía esta última, muy poco diestro todavía en el manejo de las muletas, hice mi primer viaje en avión. Fue contra mi voluntad, empujado por María Mercedes Carranza, que pocos, muy pocos días antes me obligó a ir de Bogotá a Medellín. No era su estilo pero, casi en la víspera, me insistió y me insistió para que asistiera al evento “La poesía tiene la palabra”, que fue a fines de mayo en el Centro de Convenciones de Medellín, en la calle 33.

Llegué al lugar con mucha anticipación. Quería ver cómo era subir y bajar al escenario en donde leería versos en compañía de otros poetas. Estos todavía no estaban presentes y tampoco la multitud que asistió aquella noche de aguacero y partido de Copa Libertadores del equipo verde de la ciudad. Yo creía que irían pocos por esos dos motivos, pero el recinto se repletó y mentiría si dijera que no cabía ni un alfiler porque un alfiler sí cabía. Uno.

Andaba yo, torpe trípode de un pie y dos muletas, camino de esas escaleras cuando se me acercó Carlos Alirio Calle, un conocido periodista paisa, y me felicitó. Yo debí poner cara de “¿qué pasa?”, de “¿este por qué me felicita?”, y Calle adivinó y me contó que un poema mío había recibido más de 20.000 votos y se había ganado la consulta sobre el mejor poema de amor de la poesía colombiana. Entonces entendí el empeño de María Mercedes para que viajara Medellín. Quería que estuviera presente en el evento en que se haría público el resultado de esa consulta. Y entendí que la invitación fuera a última hora, cuando ya tenía el resultado de la consulta y el dato de que mi verso era el ganador. María Mercedes quería darme la sorpresa y Calle, pensando que yo sabía, me había felicitado.

Yo no salía de mi estupor. Llevaba más de cuatro meses en clínicas y cirugías, en un cambio físico que alteraba mi velocidad y mi desplazamiento. De pasada me había enterado de que se hacía la consulta, pero la tenía relegada a la trastienda de la memoria. Hasta ese instante creía que la insistencia de María Mercedes se debía a un impulso de animarme al movimiento y a perderles el miedo a las muletas en las que era apenas un aprendiz. Pero era otra cosa que algunos amigos cercanos convirtieron en un chiste. Yo, aún mocho de una pata, había ganado una carrera de versos. Para mí, que un poema mío quedara por encima de José Asunción Silva era la demostración de que la democracia no es la mejor vía para escoger versos.

El poema elegido era el primero de una serie de 14 que le dan título a un libro que publiqué en 1986 y que, a esas alturas, contra lo habitual en las ediciones de poesía, llevaba al menos cuatro ediciones de las casi 20 que ha tenido después, en parte, creo, por efecto de ese derbi que organizó María Mercedes.

Es obvio, los Poemas de amor salieron de un amor que me enloqueció durante varios años por allá en los setenta. Mientras duró, escribí montones de poemas. Cuando todo acabó, ya en frío, vino la selección, y del montón quedaron esos 14 corregidos una y otra vez, tratados en frío, leídos en voz alta, vueltos a corregir en mi carpintería de versos.

En síntesis, la inspiración vino de estar enamorado, pero es sabido que el amor es un estado preverbal y, por lo tanto, lo que escribí raptado por esa demencia era apenas un magma, una masa ígnea y sin forma. La inspiración es necesaria pero no suficiente. Luego vendría descartar, romper, tachar, volver a leer, reemplazar, cambiar el orden, volver a tachar, volver a descartar. Y etcétera. Pero este proceso lo ejecuta otro individuo, lejano de ese amor loco, un relojero, un artesano, un alquimista, alguien obsesivo y que trabaja en frío. Ya lo dijo el poeta de Pueblo Rico, “el buen poema se come frío”.

Poemas de amor, 1

Ese otro que también me habita,

acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,

ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,

ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio

esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,

eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,

el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el inmotivadamente alegre,

ese otro,

también te ama.

Darío Jaramillo

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