Nuestro campero avanzaba por la carretera polvorienta en busca del cruce del río Chicamocha para emprender el ascenso a las laderas del nevado del Cocuy.

Recién había cumplido 25 años, y llevaba tres viviendo con el amor de mi juventud, una barranquillera de cuerpo soberbio, que tocaba la guitarra, cantaba como un ángel y había desafiado las reglas para venirse a Bogotá a compartir conmigo, en pecado, un apartamento de 40 metros cuadrados.

Éramos jóvenes e inmaduros, pero nos creíamos sabios. Ella trataba de lidiar los altibajos de la relación con audaces desafíos que le pusieran picante. Uno de ellos era ese viaje al Cocuy, al que se unieron tres viejos amigos míos.

Urbano por naturaleza y convicción, yo había aceptado a regañadientes. Me limité a plantear tres asuntos innegociables: buen alojamiento, buena comida y ducha caliente. Para mi sorpresa, el agente de viajes me los garantizó. Me mostró fotos de la cabaña y el menú del restaurante, “a pocos pasos del alojamiento”. Eso sin hablar de la prometedora excursión, a lomo de mula, hasta las nieves perpetuas, plato fuerte del periplo.

Desconfiado, soporté la larga jornada desde la capital y el ascenso final a más de 3600 metros por una angosta carretera que bordeaba el río Nevado. Me alegró comprobar que la cabaña era de sólida madera, con una sala con chimenea y un buen baño con ducha en el primer piso. Las habitaciones, acogedoras, estaban en el segundo nivel.

Cayó la noche y fuimos al restaurante: sobrebarriga en salsa, arroz blanco en buen punto de cocción, papa chorreada y una pequeña ensalada. De postre, cuajada con melao y un buen café. Si hoy comiera un tercio de eso, soñaría con dragones. La cena resultó casera y buena. El lío vino cuando intentamos volver a la cabaña: era a pocos pasos, pero por una empinadísima cuesta que, a 3600 metros de altitud, nos revolvió el soroche, la sobrebarriga y los aguardientes de sobremesa. Algunos devolvimos en plena cuesta. Otros llegaron al baño.

Resolvimos reposar al lado de la chimenea antes de irnos a acostar, pero no duramos mucho porque la leña se acabó. “Mañana pedimos más”, dijimos. Fue imposible dormir. Con la chimenea apagada, la cabaña era una nevera donde solo las pulgas del colchón parecían sentirse a gusto.

Me levanté con el amanecer, dispuesto a sacarme el congelamiento con una buena ducha caliente. Entré al baño, me quité la ropa (había dormido con jeans y suéter, bajo las cobijas) y abrí la llave de la ducha. Me extrañó que fuese una sola, pero me tranquilizó ver que salía agua caliente. Tan caliente, que en segundos el baño se llenó de vapor. Tanteé el agua y me quemé las yemas de los dedos. Volví a mirar la única llave. Le di vuelta y dejó de caer agua. La abrí de nuevo y el agua ardiente regresó. El agente de viajes no había mentido: había agua caliente, hirviente, abrasadora. Pero no había agua fría para mezclarla. Bañarse era imposible, a menos que uno quisiera resultar con quemaduras de tercer grado.

La excursión a las nieves perpetuas fue dos días más tarde. Madrugué, entré a la ducha a tomar un baño —solo de vapor—, bajamos al restaurante a desayunar (ahora comíamos liviano para soportar mejor el empinado retorno a la cabaña) y fuimos por las mulas.

Sufro de vértigo. Aclaro: no es miedo a las alturas; es el deseo incontrolable de lanzarme al fondo si llego a estar ante un abismo. Y abismos era lo que había. Cerré los ojos y dejé a la mula hacer el camino. De vez en cuando los abría solo para comprobar que los cascos de la bestia resbalaban en las lajas cubiertas de hielo. Al principio sufrí en silencio. Luego maldije a mi novia y a mis amigos, que gozaban de lo lindo.

“Cuando lleguemos arriba, verá que valió la pena”, me animó el guía. Me había prometido una vista desde un rellano en lo más alto del tapete de nieve blanca bajo el cielo azul y frente al horizonte verde e infinito de los Llanos Orientales al otro lado de la cordillera. La mañana estaba despejada, y la promesa parecía cierta. Cuando al fin llegamos, una niebla espesa que no nos dejaba ver a más de 5 metros cubrió las nieves perpetuas y nada vimos. Apenas cedió un poco, después de dos horas a ciegas, nos apresuramos a volver: el horizonte seguía tapado, y la visibilidad solo alcanzaba para desandar la ruta.

Nos quedamos dos días más, con la ducha de vapor, la comida a medias para no vomitarla en la cuesta y congelados hasta los huesos pues nunca hubo leña de repuesto. Al anochecer, encendíamos un rato la chimenea con los tablones de las camas, de modo que estas, al tercer día, ya no servían para dormir. Mucho menos para que mi compañera y yo recompusiéramos nuestra relación con un poco de amor. Nos separamos meses después, para no volver nunca. Tampoco volví al Cocuy.

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