La televisión de ese apartamento de interés social en un onceavo piso de Toulouse mostraba una y otra vez las mismas noticias. La primera, que el cantante Johnny Hallyday debía al fisco francés más de nueve millones de euros. La segunda, que el Chelsea, y no el Barcelona, sería el finalista de la Liga de Campeones de Europa. La noche anterior, Lionel Messi había botado el penalti que les costó la clasificación.

Yo esperaba a Lionel Messi, el futbolista. No al del penalti. Al otro.

—Disculpe que lo reciba así —dice Jeannette—. Hace unos días murió el esposo de una hermana y hoy lo cremaremos.

Jeannette es la madre de Lionel Messi, y debe preparar el banquete que se servirá después de la cremación. Toda la casa huele a pescado frito, pollo asado y buñuelitos africanos. Sobre la mesa, entre todas las bandejas, se levantan dos trofeos de la liga de fútbol de los Pirineos centrales.

—Lionel está en el colegio. No es muy bueno, porque lo suyo es el fútbol, pero no lo dejo que falte. ¿Quiere comer algo mientras tanto?

Son las once de la mañana, pero Jeannette no me da tiempo de decir que no, gracias, antes de ponerme enfrente un plato de pescado rodeado de buñuelos. El hermanito de Messi, de 14 meses, y dos gemelas un poco mayores comparten mi plato a pesar de que la madre de las niñas no deja de repetirles que “dejen quieta la comida del señor”.

El señor soy yo. La señora que lo decía es la hermana de Jeannette. Es decir, la tía de Messi. Cuando timbran a la puerta, pienso que Lionel ha llegado y me pongo de pie. Jeannette me detiene. —Es mi hermano, Medjio. Tiene carro y nos va a ayudar a llevar todo esto a la casa del difunto. ¿Estaba bueno el pescado? Venga le sirvo más.

Jeannette sirve dos platos. El tío de Messi se sienta a comer a mi lado. —¿Viene a ver al muchacho? Es muy bueno, pero tiene su genio. Yo jugué fútbol de joven. Ahora no puedo más. Me tocó dedicarme a la música.

La madre de Messi se pone un turbante rojo, su hermana viste toda de negro. Otro de sus hermanos, Eric Hamadjoda, se quedará cuidando los niños. Eric lleva rastas y por momentos las utiliza para distraer a los tres bebés. Le pregunto si también toca algún instrumento.

—No. Soy químico.

Eric fue el primero en llegar a Francia. El último fue Lionel. Hablábamos de la partición anglo-francesa de Camerún, cuando abren la puerta.

Es Lionel Messi. Uno ochenta y cinco metros de estatura, más cuerpo de jugador de baloncesto que de fútbol, una mecha de cabello teñida de rubio que le cuelga en la mitad de su frente.

Dos pasos atrás viene su novia, Nasifa, vestida de negro y rosa, ojos miel, que se acerca y nos saluda de doble beso antes de seguir hacia la cocina.

—Lionel, este es el señor que viene a verlo —grita Eric. Messi regresa.
—Ah. Buenos días —dice, antes de ir tras Nasifa.

Así que espero y oigo risitas hasta que Messi vuelve, se sienta en la mesa de centro y alza sobre sus piernas a una de las gemelas. Creo tener la manera perfecta de comenzar una conversación evitando preguntarle qué se siente ser Lionel Messi antes de darme cuenta de que nada va a servir hablarle de Robert Milla: cuando el africano casi cuarentón nos eliminó de Italia 90, a Lionel le faltaban cinco años para llegar al mundo.

Es otra manera de decir que Lionel tiene 18. Messi nació y creció en Etoudi, el barrio de Yaoundé, donde se encuentra el palacio presidencial. A los seis años ya jugaba con compañeros mayores y Jeannette debía venir a buscarlo a las nueve de la noche para entrarlo a su casa.

—A mí no me gustaba eso, cuando uno tiene niños pequeños, uno quiere que tengan una profesión —ha dicho ella.
—Yo quería ser piloto, o no sé, doctor, esas cosas que quieren ser los niños —dice Messi entre dientes.
Según el periódico Le Canard Enchaîné, el cantante Johnny Hallyday...
—¿De dónde es que es usted? —pregunta, mientras en la pantalla volvía a aparecer Johnny.
—De Colombia.
—Ah, Colombia. Ustedes tenían ese arquero loco. Higuita.
—Ese.
—Qué goles los que les hizo Roger Milla.

Es un golpe bajo que merecía un contraataque. Hay que hablarle a Lionel Messi del gol que Lionel Messi se había tragado la noche anterior.

—¿Vio el partido? —le pregunto.
Messi sonríe y menea la cabeza.
—Fue muy duro. En ese momento tuve ganas de llorar.

En el partido de esa noche, que definirá el segundo finalista, Messi va por el Bayern Munich. No es que el equipo alemán le despierte simpatías particulares, pero “cuando uno es del Barça no puede apoyar al Real”. Fue también en el Barça donde se consagró su compatriota Samuel Eto’o, el mejor jugador de la historia de África. El turno ahora es para el camerunés Alexandre Song. Messi espera su oportunidad en algún equipo de primera división con paciencia.

A la rivalidad eterna de los equipos españoles corresponde en Francia la que existe entre el París Saint-Germain y el Olímpico de Marsella. Como todo francés que vive más allá del periférico vial que rodea la capital, Messi se inclina por el equipo del sur.

—Pero había un colombiano, Yepes, en el PSG. Era bueno —dice.

—Cuando mi mamá se vino para Europa, me dejó con una hermana de ella. Yo tenía 9 años, a esa edad uno necesita que los papás estén pendientes. Como ya nadie me entraba a la casa, yo me quedaba jugando hasta que ya era tarde en la noche. Todos los jóvenes que jugaban fútbol en el mismo potrero que yo querían venirse a Europa. Yo no, yo lo hacía por placer y no lo veía como una carrera.

Uno de los buscadores de talento que la Escuela Internacional de Fútbol Fundación Marcet de Barcelona tiene en Camerún pasó por Etoudi preguntando por ese Lionel Messi del que el conocido de un conocido de Jeannette le había hablado. Al verlo jugar, tuvo la impresión de que ese niño de 14 años podría, precisamente, hacer carrera.

—Lo que más me motivaba era que en Europa podría encontrarme con mi madre, a quien no veía desde hacía más de cinco años.

Solo hasta hace dos años, cuando murió su madre, Jeannette regresó al país. Fue poco después de que el nacimiento de su hijo menor, el quinto, la obligó a cerrar el restaurante de comida africana que había abierto frente a la estación de trenes de Toulouse. Antes de eso sufrió primero en el sur de España y luego en el sur de Francia el ciclo de los papeles que se logran y pasan de la fecha de vencimiento sin que haya manera de renovarlos. Para 2009, en la época en la que Lionel vivió un mes en Barcelona entrenando en la escuela de la Fundación Marcet, Jeannette había logrado arrendar por 800 euros mensuales el apartamento donde aún vive y en el que comienzan a acumularse medallas y trofeos.

—Se suponía que cuando Lionel terminara su curso, tenía que regresar a Camerún para pedir una visa de larga duración y poder vivir en Europa. Yo dije: “Pues no, señor. Cuando la mamá está acá, no hay ninguna necesidad de que el hijo se le vuelva a ir”. Así que me lo traje a vivir —me había dicho Jeannette esa mañana.

Lionel sigue jugando con su sobrinita. —El país me hace falta. O pues, la gente, mi tía la que me crio me hace falta.

—¿Cuántos tíos se quedaron en Camerún?

—Todos.

Todos, claro, menos la esposa del difunto, en cuya memoria se celebra un banquete que ya irá por la mitad; Medjio, el músico; Eric, el químico rasta, y la madre de las gemelas.
Lionel ríe.

—No, usted no entendió. En el país uno es hermano sin necesidad de tener la misma sangre. La mamá de las gemelas es la hermana de mi madre, porque se han ayudado siempre. Eric y Medjio, lo mismo.

Las costumbres africanas explican también que Lionel Messi se llame Lionel Messi. El apellido no es raro en Camerún, ni siquiera como topónimo. Akam-Messi es una ciudad, y uno de los más grandes cantautores del país fue Messi Me Nkonda Martin. Conocido igualmente como Martin Messi, así como un polémico empresario camerunés se llama Messi Messi Robert y también Robert Robert Messi.

—En el país, las cosas no son tan complicadas como aquí con los apellidos. Uno puede darle al hijo el del papá o el de la mamá, pero si usted es un hermano al que quiero mucho, yo le puedo dar su nombre como apellido a mi hijo —dice Jeannette Messi, quien, por supuesto, también puede ser Messi Jeannette—. Lionel me pareció un nombre bonito y ya. Por eso se lo puse.

Lionel también es un nombre común en Camerún, tanto que en la escuela de formación del Barcelona hay un Lionel Enguene Onana.

“Lionel”  + “Messi”. Esa es la historia.

Hasta el pasado verano, el joven camerunés entrenaba tres veces por semana con el Toulouse Fontaines. Para llegar a tiempo, salía de su apartamento a las cuatro y cinco de la tarde y tomaba el bus que pasaba en frente a las cuatro y ocho. Apenas al subir, se ponía los audífonos. Es el mismo reflejo que sigue teniendo ahora, cuando viaja por toda Francia con los compañeros de su nuevo equipo: el Angers Futbol Club. Messi sigue oyendo música en el vestidor hasta minutos antes de cada encuentro. Oye coupé-decálé, ese ritmo inventado por la colonia de Costa de Marfil en Francia; también Kayne West y Sexion d’Assaut, un colectivo de raperos que tal vez no sean tan duros y de barrio, pero hacen un buen esfuerzo para aparentarlo.

—Acaban de sacar una canción sobre la madre —le decía yo en el bus que nos llevaba al entrenamiento del Fontaines. Mientras el bus comenzaba a meterse entre barrios de casas con jardines cada vez más grandes hacia las afueras de la ciudad, uno de los muchachos amenazaba a otro con publicar en Facebook una foto que le había tomado. El chantajeado respondía sacando un aerosol de gas lacrimógeno. Era en broma, pero los demás pasajeros se alejan unas cuantas sillas. El resto del camino hablaban de chicas, de quién había ido con quién a una fiesta. De quién había dicho a quién que quién la había invitado.

—Sí, dicen que la compusieron luego de un concierto en Camerún. Allá la gente quiere y respeta a la mamá, no como acá.

Messi dice que aún se fatiga cuando le toca ir a clase después de cada partido y cada viaje, pero que se ha ido acostumbrando y que de todas maneras es más fácil que en su primera temporada cuando fue capitán de la Sub-17 del Fontaines.

—No crea —dice—, la responsabilidad pesa y cansa.

El 20 de marzo de 2012, Axel Lablatinière, el responsable de los nuevos talentos, anunció que a pesar de su presupuesto más bien reducido, había incluido en la lista de sus posibles contratos para la temporada 2012-2013 a Lionel Messi. Lo habían visto en una “detección”, uno de esos castings que los jugadores jóvenes recorren esperando ser fichados por un equipo profesional. En la misma época, Messi recibió propuestas de clubes de Niza y Burdeos.

—Sin duda que pasará a profesional —dice Eric Nimou, su entrenador en el Toulouse Fontaines—. Es uno de los mejores defensas centrales que tenemos aquí, la estatura le ayuda a correr y cuando se trata de fútbol no le falta disciplina.

Cuatro y treinta pasadas, contando la caminata que les falta, todo el grupo llegará tarde para el entrenamiento, así que aceleran el paso por un camino que entre propiedades lujosas está rodeado por árboles de violetas, la flor de la ciudad. Para seguir acumulando atajos, entran al terreno por un hueco en una reja. A esa hora de la tarde, el sol ya comienza a pegar de lado sobre los equipos que entrenan. Uno de los compañeros de Messi ve la cámara y grita: “Tómeme una foto.  No soy Messi, pero juego mejor que él”.

—No creo que le haga bien ni mal —dice el entrenador sobre la atención que ha despertado el hecho de que Lionel Messi se llame igual que Lionel Messi—. Es cierto que le gusta tomar el pelo y montarla un poquito, pero eso era desde antes de que se empezara a hablar de semejante coincidencia.

A la hora de decirle que reciba o haga los pases, sus compañeros le dicen más “Leo” que “Messi”. El entrenamiento termina con un minipartido de dos tiempos de diez minutos cada uno. El equipo de los petos verdes pierde y sus miembros tienen que recoger los implementos de trabajo. Entre los padres que vienen a esperar a sus hijos está Jeannette, aún con su turbante rojo y acompañada por dos hermanos. —Comimos muy bueno en ese velorio —dice.

Lionel Messi hace lo que puede para que sus compañeros no vean que su madre ha venido, pero no puede evitar el abrazo exagerado. En el auto, Jeannette dice que ya no le molesta tener que venir a recogerlo cuando se queda jugando fútbol.

—Ya es su sueño, hay que apoyarlo —dice—. Eso sí, que a la ciudad que se lo lleven, siga estudiando. ¿Cierto que es su sueño, hijo?

Messi ha vuelto a ponerse sus audífonos y mira por la ventanilla el despegue de uno de esos airbus gigantes que son el orgullo de la región.

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