Más allá de lo traumática y dolorosa que resulta una separación cuando hay una hija de por medio, la peor pesadilla llega con una llamada que dice algo como: “Me voy a casar, es un hombre maravilloso, él adora a la niña, y la niña tiene una excelente relación con él”. “Él” pasa de ser el tipo que cortejaba a su exmujer a ser el tipo que ahora va a vivir las 24 de horas con su hija. Es como si se juntaran contra usted Freddy Krueger, Jason y todos los zombis de The Walking Dead, literalmente.

Tres definiciones da la Real Academia Española sobre la palabra “padrastro”:

Marido de la madre, respecto de los hijos habidos antes por ella.

Obstáculo, impedimento o inconveniente que estorba o hace daño en una materia.

Pedazo pequeño de pellejo que se levanta de la carne inmediata a las uñas de las manos, y causa dolor y estorbo.

¡Qué sabia la Real Academia! En mi caso le acertó a las tres. El padrastro que me ha tocado lidiar es un hombre mayor, unos 54 años. Es un “experimentado” en las lides de armar hogares. Para más detalles: es argentino. Y no tengo nada contra Argentina, soy maradoniano y siempre le hago fuerza a su selección. Pero valiente karma me ha tocado al tener que lidiar con un padrastro de mi hija argentino. ¿No pudo conseguirse un malayo, un boliviano, un pastuso, lo que fuera? No, tenía que levantarse un argentino…

Un padrastro de “raza”, de “abolengo”, tiene su objetivo claro desde el principio. Estos sujetos saben que al mismo tiempo que se levantan a la ex de uno, se tienen que ganar el aprecio de la hija de uno. Son unos auténticos colonizadores. En pañales queda Alejandro Magno, Hernán Cortés o el mismo Uribe. Pero este padrastro gaucho ha llegado al punto de querer conquistarme a mí. Sí, tal como lo leen. Cuando era novio de mi ex, me tocaba entregar a mi hija luego de un fin de semana, lo veía llegar en su carro, mi esposa a su lado, y él, con una distancia prudente, sin bajarse, me enviaba saludos y me sonreía. “Tan querido, qué decencia, qué quiere este señor…”, pensaba yo mientras subía con obligación mi mano y devolvía ese saludo.

La verdad, por experiencia, prefiero un tipo que no salude, que respete el código que avisa que no estamos para ser amigos: él allá, yo acá. Ateniéndome a la Real Academia, él es un inconveniente, un pedazo de pellejo que causa dolor, un “uñero”.

Padrastro que se respete debe saber que convivir con hijos ajenos no es fácil, más aún con una hija preadolescente. Poco a poco empezó a tener roces con ella y optó por llamarme. El tipo seguía con el objetivo de que fuéramos amigos. Esas primeras llamadas las recibí con decencia, lo oía echarme carreta, y me preguntaba: “¿Este señor qué diablos quiere?”. Me hablaba de lo que es ser padre, de cómo educar, de la gran vida que le daba a mi hija, alardeaba y alardeaba, un bla bla bla sin fin. Todo acompañado de una muletilla insufrible; cada dos o tres palabras tenía que decirme “hermano”. “Pero mira, hermano, a tu hija le doy lo mejor; pero mira, hermano, vive como una reina; pero mira, hermano, yo quiero más tiempo a solas con mi esposa; pero mira, hermano, hermano, hermanoooo”.

Para completar la faena, el señor se llevó a mi hija a vivir a otra ciudad y pretendía que yo cada ocho días tomara un vuelo para visitarla, estar con ella, y que él pudiera estar solo con su esposa (mi ex). ¡Qué padrasto, ni 17 dedos lo soportaban! ¡Qué bolsillo aguanta eso, “hermano”!

Uno con el padrastro no se hace amigo. Eso no cabe en el diccionario. Muy linda y pletórica la situación y en el mundo de la familia Ingalls, los Waltons, los tuyos, los míos y los nuestros o Heidy; sucederá, pero no en la vida real. Ser “amiguis” del padrastro de mi hija es como ser de Nacional y cantar un gol del DIM o, peor aún, de Millos. Es como ser de River y dar la vuelta olímpica de Boca; es como ser del Barça y celebrar en La Cibeles.

No, él allá, yo acá. Respeto mutuo, sí y siempre mis ojos atentos a su relación con mi hija. Siempre atento, “hermano”, porque un padrastro que no se trate a tiempo, no solo daña un dedo, daña toda la mano.

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