A nosotras, que no éramos hijas del presidente ni de ningún político o diplomático, tener acceso al palacio y pegarnos a semejante plan nos pareció lo último.

Como en esa época no había internet, mis papás nos mandaban la correspondencia e incluso la plata a la embajada de Colombia. Nos la pasábamos allá metidas, y por eso nos hicimos amigas de la encargada de relaciones públicas. Fue ella quien nos dijo que podía conseguirnos invitaciones para entrar al famoso garden party en el Palacio de Buckingham: una fiesta que ofrece anualmente la reina Isabel en los jardines traseros del palacio, a los que el público común y corriente —como nosotras hasta ese día— no tiene acceso.

Apenas nos llegó la invitación, corrimos felices a contarle a mi papá, que, emocionado, nos mandó plata extra para que nos compráramos ropa adecuada para la ocasión, pues con nuestra pinta de estudiantes no íbamos a llegar ni a la puerta. Nos fuimos entonces para un almacén que se llama Selfridges y nos compramos vestidos y unos sombreros estilo inglés con los que nos sentíamos elegantísimas.

Con la pinta lista y llegado el día, nos fuimos para el palacio. A diferencia de los demás comensales, que llegaban en Rolls Royce con choferes de traje y sombrero, nosotras llegamos en taxi. Cuando le dijimos al conductor que nos llevara al Palacio de Buckingham, el tipo se volteó a mirarnos como diciendo: “¿Y estas quiénes son”. No parecía creernos, y con toda la razón.

Las calles que rodean el palacio estaban cerradas, pero con la invitación venía una tarjeta que se le ponía al carro en el panorámico y le daba acceso a la zona restringida. Había valet parking, cosa que nunca habíamos visto y que, por supuesto, no necesitamos.

Una vez llegamos, nos hicieron una revisión muy sutil, para asegurarse de que no llevábamos cámaras, pues estaba prohibido. Ya adentro nos permitieron conocer los salones del primer piso antes de pasar al jardín, donde era la fiesta. Parecíamos tres turistas japonesas mirando desde el piso hasta el último detalle del techo, pues el lujo era total: lámparas gigantes con lágrimas de cristal, cuadros tipo Museo del Louvre con personajes retratados, espejos gigantes con marcos dorados, techos altísimos, candelabros, cortinas pesadísimas, tapetes rojos… como de película, tal cual uno se lo imagina.

Después nos hicieron pasar al jardín trasero, donde había unas carpas inmensas, que el Circo del Sol envidiaría, con mesas y un bufé donde ofrecían bocaditos: galletas, sanduchitos, té. Todo muy fino, muy monárquico. El día estaba divino porque era pleno verano, el jardín lleno de flores, y las señoras, todas con tocados de diseñador, llevaban sombrillas para protegerse del sol.

A las cuatro en punto de la tarde, la reina Isabel salió del Palacio junto con el duque de Edinburgo (si mal no recuerdo, caminando siempre detrás de ella, como mandan las normas de la realeza), mientras sonaba el himno nacional. Acto seguido, la gente se empezó a amontonar en una especie de caminos de honor, uno para la reina y otro para el duque.

Nosotras queríamos quedar en la primera fila del camino para poder verla a ella de cerca, pero la gente pareció perder por un momento su elegancia y sus modales, y se las arregló para empujarse y luchar por un puesto privilegiado. En esas, una pareja de ingleses, que seguramente nos vio la cara de emoción, nos preguntó de dónde éramos y nos dejó pasar.

Así, en primera fila, vimos a la reina pasar por nuestro lado. Nos saludó muy sonriente y nos dio las gracias por la visita. ¡La reina de Inglaterra agradeciéndonos! Recuerdo que me pareció muy linda, que resaltaban sus ojos claros y que su piel era perfecta.

Terminados los saludos; después de más de una hora, la familia real se volvió a adentrar en el palacio y hacia las seis de la tarde, el evento terminó. Por supuesto, raspamos fiesta y al final, cuando toda la gente importante se subió en sus Rolls-Royce, nosotras salimos a la calle a buscar un taxi para volver a la residencia de estudiantes, donde la gente pensó que veníamos de una fiesta de disfraces.

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