—¿Usted se imagina lo que es ese monte Ararat? ¿El mismo monte donde estuvo el arca de Noé? Eso es una hermosura. Un animal. Muy imponente. Lástima que cuando eso no había teléfonos celulares, aunque yo sí tenía fotos pero se perdieron.

Los recuerdos del fútbol —los partidos, las competiciones, las copas, los compañeros, las lesiones— son posteriores. Primero está lo que brindó el fútbol: unos cuantos viajes, la fama incipiente, un hijo prodigio. La gloria deportiva no existió para ningún colombiano que haya jugado un mundial antes del de Estados Unidos 94. Wilson James Rodríguez no tiene recuerdos de la gloria, porque la gloria para él fue un paseo a la Unión Soviética en 1985 cuando la Selección clasificó a la Copa Mundial de Fútbol Juvenil, donde Colombia se enfrentó a Hungría, Bulgaria, España y Brasil. De eso no hay nada. Los recuerdos de Wilson James Rodríguez son borrosos, como las fotos que se le perdieron en el gran pozo del tiempo que se le ha llevado todo: la figura magra, la cara fina y angulosa, el pelo en bucle cayéndole en la nuca, el copete crispado, el futuro de futbolista portentoso. No se llevó el talento, pero lo menguó; no se llevó la gloria, porque la gloria nunca existió.

—Mi carrera no surgió por las decisiones que toma uno. Pero yo sí jugué, jugué mucho.

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Wilson James Rodríguez nació el 16 de agosto de 1965 en Pijao, un pueblo cafetero del Quindío en las estribaciones de la cordillera Oriental, en límites con el Tolima. A los cuarenta días de nacido, sus padres —Aureliano Rodríguez y Olga Bedoya— volvieron al barrio Cabañitas, de Bello, que es el principio de una calle empinada que se conecta con otras calles más empinadas todavía y más allá están los barrios que coronan la comuna noroccidental. El matrimonio tuvo seis hijos, en su orden: Olga, Arley, Wilson James, Walter, Elkin y Néstor. De todos, tres hombres fueron futbolistas, pero al fútbol profesional solo llegaron dos: Arley y Wilson James. Lo de Wilson fue vertiginoso y lo cuenta un jueves a las seis de la tarde en el Polideportivo de Envigado, el centro del talento futbolístico colombiano. Unos veinticuatro muchachos juegan y elevan sus balones por los aires y algunos van a dar a una piscina olímpica donde nadie nada. Los muchachos bien podrían ser futbolistas o cantantes de reguetón, en cualquier momento el destino se les podría torcer. Wilson James regaña al muchachito que patea el balón hasta la piscina y le grita: “Gato, vaya por él”. Gato va, corriendo con desgano, como futbolista que no corre más allá de la cancha, porque para qué.

—¿Y vos cómo empezaste a jugar?

—El fútbol nace con uno. Empecé a jugar como comenzábamos todos los de mi época: pasábamos en la calle a toda hora detrás de la pelota. Hoy, los muchachos tienen muchas ventajas porque tienen escuela, nosotros no teníamos. Solo jugábamos todo el tiempo.

El técnico Jorge Luis Bernal dice que Wilson James Rodríguez tenía las mismas condiciones que su hijo: "Una muy buena media distancia y pases certeros".

De esas canchas de barrio, armados los arcos con ladrillos, trapos y palos, Wilson Rodríguez pasó a entrenar con el equipo Mesa y Maya y después lo vio jugar una de las glorias del fútbol antioqueño, Francisco González, que era conocido como ‘el Bogotano’ y quien había jugado en el Deportivo Independiente Medellín, en el Cúcuta Deportivo y en la Selección Colombia. Después de su paso por el fútbol profesional, el Bogotano empezó a jugar en el fútbol aficionado con el equipo de la empresa Fabricato, en el que terminó como director técnico. Estando en Fabricato conoció el juego de ese muchacho bajito y de pegada fuerte que era Wilson James.

—Ahí fue cuando ingresé a la Liga Antioqueña de Fútbol, tenía 16 años y rapidito entré a la Selección Antioquia con el profesor Luis Alfonso Marroquín, que me llamó y de una vez para la Selección Colombia. Lo mío fue ligero porque jugaba mucho microfútbol, que daba más técnica. Y no le pegaba con la punta, sino con el empeine. Jugaba de ocho o de diez también, así, igualito a James.

En los años ochenta, la Selección Antioquia para los paisas era más importante que el Atlético Nacional o el Deportivo Independiente Medellín: era la muestra tangible de una identidad, la unión de lo mejor del fútbol de las montañas. No hay ninguna estrella futbolística de los años noventa que no haya pasado por la Selección Antioquia y por manos del profesor Marroquín: un director técnico sin escuela —en los ochenta viajó cuatro meses a Brasil a estudiar, a estudiar viendo jugar, jugando con su rodilla maltrecha—, un director técnico con puro olfato, experto en mundiales, desdeñado por Coldeportes y Dimayor, y una especie de profeta en las márgenes que vio el talento de jugadores como René Higuita, John Jairo Tréllez, Diego León Osorio, Andrés Escobar. Entre sus elegidos estuvo Wilson James.

—En esa época era un orgullo llegar a la Selección Antioquia, primero jugábamos en la Marte Uno, luego en el Cincuentenario y después en el Estadio Atanasio Girardot y eso se llenaba, porque después de la Selección Antioquia se vio mucho el auge del fútbol colombiano. Eso era un orgullo para uno estar metido en esa lista. Aquí en la selección me tocó con René Higuita, Leonel Álvarez, Felipe Pérez, Marcos Velásquez, todos ellos tenían 18 años y yo tenía 16. Y ya en la Selección Colombia Juvenil muchos de esos estaban, más Tréllez y Carlos Álvarez, era un combo bravo. Entré a la Selección Antioquia en 1983 y estuve en el Mundial en 1985. Nosotros fuimos al Suramericano en Paraguay y anoté el gol que nos clasificó para el Mundial de Rusia, de la Unión Soviética, donde conocí el monte Ararat.

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En el Mundial, Colombia se destacó en la fase de grupos empatando contra Hungría y Bulgaria y ganándole a Túnez, otra vez con un gol de media distancia de Wilson James. Sin embargo, lo de la Selección no era el profesionalismo, administrativamente hablando, y en los octavos de final, con René Higuita lesionado, Brasil los derrotó 6 goles por 0. Wilson James, tomándose un jugo de lulo en una cancha sintética de Sabaneta, recuerda sin recordar, porque sus recuerdos y sus testimonios son vagos. Sobre todo lo que habla se proyecta en reversa, desde el futuro, la sombra absoluta de su hijo James Rodríguez, su descendencia que volverá a Rusia para intentar encontrar la gloria que al padre se le escabulló. Pero no hay glorias ajenas.

—Hicimos una convocatoria buena, desafortunadamente hubo cosas malas. René se lesionó. Brasil nos metió seis, eso es una pela muy brava y no era para tanto. Nos tocó matarnos con Brasil en Ereván. Allá comimos frijolitos, la primera vez en veinte días. Uy no, es que la comida era muy distinta, muchas sopas y cosas raras. Brasil y Argentina tenían chefs privados y nosotros no, comiendo lo que quisieran darnos. Al profe Marroquín le dio esa vez porque nos dieran frijolitos, aunque faltaron el chicharrón y las tajadas.



Selección Sub-20 de 1985. Arriba desde la izquierda: Eduardo Niño, Felipe Pérez, Álvaro Núñez, Diego Laínez, Carlos Álvarez, John Jairo Tréllez, Jairo Ampudia, Jhon Córdoba y René Higuita. Abajo: Hugo Caicedo, Wilmer Cabrera, Romeiro Hurtado, Jhon E. Castaño, Jhon E. Álvarez, Carlos Mesa, James Rodríguez y Orlando Maturana.

Después del Mundial, Wilson James volvió a Bello, a su casa de siempre, y se encontró con que era famoso.

—Volver uno a la casa donde nadie lo conocía y llegar y volverse famoso de un momento a otro. Llegar al barrio y que la gente lo reciba a uno, la multitud. La gente recibiéndolo es muy bravo, no la cree uno.

Fue convocado por el técnico Jorge Luis Bernal para jugar en el fútbol profesional con el Deportes Tolima, que representó luego como Selección Colombia al país en la Copa Odesur en 1986. La clasificación se la entregó al Tolima el mismo Wilson James con un gol de media distancia al arquero de Santa Fe, Carlos Alberto Navarro Montoya.

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—A él lo manejé en el Deportes Tolima en el año 1986, que nos ganamos el derecho de ir al Odesur en Chile, nos fuimos todos. Era un jugador buenísimo. Tenía las mismas condiciones que el hijo, tenía una muy buena media distancia y pases certeros, tanto que la clasificación para ir a Chile la ganamos gracias a un golazo de James a 35 metros de la portería. Un cañonazo. Todo lo que tiene James hijo lo sacó del papá, lo que pasa es que James hijo es zurdo. James papá es diestro y a veces sacaba la zurda. James papá sí brilló y estuvo en el mundial juvenil y Odesur, ahí jugó al lado de Leonel, de Higuita, de todos los que pasaron a las otras selecciones de mayores. Fue raro. No todos los jugadores tienen la misma estrellita para alcanzar los logros que pueden conseguir —dice Jorge Luis Bernal.


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—Nos conocimos en el fútbol porque yo también jugaba en la Liga Antioqueña de Fútbol y después nos seguimos hablando porque él ha sido técnico de las inferiores del Envigado. Él era volante. Lo ponían a partir de primera línea, tenía muy buen pie, era hábil y le pegaba fuerte al balón. En ese puesto jugó en la Selección Colombia. Tenía mucha técnica. Creo que eso lo heredó James Rodríguez de Wilson James. Este es el caso de muchos jugadores que uno no se explica por qué no llegaron más lejos a pesar de tener las condiciones técnicas —dice Ceferino García, entrenador y directivo del Club Deportivo Alexis García, propiedad de su hermano.

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Tenía talento, pegada, técnica, pero no fueron suficientes. Wilson James empezó a trasegar: jugó en el Tolima, en el Cali, en el Cúcuta —de su paso por Cúcuta en 1991 nació su hijo James Rodríguez—, en el Envigado y en equipos de media tabla de la primera B. De un momento a otro pasó de viajar en avión a viajar en bus, a entrenar con lo poco que el dueño de un equipo de segunda división podía conseguir.

—Jugué fútbol mucho tiempo. Lo que pasa es que no era lo mismo que los jugadores de ahora. El futbolista no era tan tenido en cuenta. Hoy, al jugador le pagan puntual, está afiliado a todo. A nosotros nos pagaban cuando querían. Había contrato, pero no lo hacían valorar. El pago dependía de cómo nos fuera, hasta nos dejaban acumular cuatro meses sin sueldo y luego lo cuadraban a uno pagándole un mes. Pero uno solo pensaba en jugar. Uno era gomoso. El jugador de hoy se respeta y se valora, es persona. Los empresarios han ayudado. Ojalá nos hubiera tocado una época como esta, porque en nuestra generación había mucho jugador bueno.

—¿Vos ves tu juego en tu hijo?

—Yo creo que él sacó el talento de sangre. Eso nace con uno. Él tiene una estrella arriba porque adonde juega le va muy bien. Eso influye mucho. A él le están saliendo las cosas. Y uno siempre quiere lo mejor para los hijos.

—¿Tenés buena relación con él?

—Sí hombre, tratamos de vernos siempre que viene al país. Yo me separé por problemas con la mujer, pero con el hijo sí muy bien.

A Wilson James los jugadores, sus jugadores, lo llaman por el segundo nombre: James, como si llamaran a su hijo, como si lo convocaran a él en interpuesta persona. Wilson James es el vicario de su hijo —el padre es el rostro del dios hijo— en la tierra de los prospectos. Y en los sueños del lujo del fútbol internacional, que es lo mismo que los sueños del lujo que puede dar cualquier otro oficio, estos jugadores que bien podrían ser proyectos de cantantes de reguetón, lo nombran como para conjurar un futuro esquivo. Wilson James, humilde, noble, les da la mano como quien dice: “No es tan fácil, no es tan simple, mírenme a mí”.

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