No hay peor profesor de historia que un himno nacional. En él todo es heroísmo, gesta, valor, gloria, martirio… Los buenos son los nuestros, los malos son los demás. Flotan los laureles sobre las cabezas de los próceres, refulgen las espadas, se elevan las frentes al escuchar la palabra libertad, se vierte sangre carmesí en el ara de la patria (perdón: la Patria) e incluso se evoca una mitología que el pueblo desconoce: los cíclopes, la batalla de las Termópilas, los campos de Marte, el Olimpo, Febo, Rómulo y Remo, el impávido coloso, el hado propicio, etcétera. No se trata de que los himnos nacionales sean autocríticos, que contengan fe de erratas ni que otorguen derecho de réplica a quienes los cantan. Pero la de América Latina es una historia plena de júbilo inmortal en los himnos y otra muy distinta en la realidad.

Sin desconocer el mérito de los precursores populares (los comuneros colombianos, el indio Canek en México, Tupac Amaru en el Perú), la historia latinoamericana revela que el grito de independencia —berrido común a casi todos los países en los tres primeros lustros del siglo XIX— no fue una rebelión contra la Corona española, sino a favor de ella, pues había sido asaltada por Napoleón para poner allí a su hermano José. Por eso varias actas de independencia exigían el regreso a Madrid de la monarquía borbónica, depositada en Fernando VII, sujeto mal encarado, cruel, bastante burro y gordinflón a quien en España llamaron “el Deseado” y en América, “el Indeseable”.

En 1813, el pueblo español echó a patadas a Pepe Bonaparte y regresó Fernando. ¿Y qué fue lo primero que él hizo? Mandar tropas españolas contra los americanos que se habían sublevado a favor suyo. ¿Y qué logró con ello? Dicen los himnos nacionales que la Independencia americana. Lo que varía es la manera de entender y escribir la palabra, pues podría ser también la In-the-pendencia, ya que esta América se crio pendenciera y violenta, en medio de conflictos internos, guerras y dictaduras. Otra posibilidad es la de haber obtenido la In-dependencia, ya que nos liberamos de la tutela de España pero hemos sido dependientes de otros imperios, en particular los Estados Unidos. Una última interpretación, la de Mafalda, habla de una América Latina in-the-pendiente; es decir, siempre a punto de rodar pendiente abajo.

Lo innegable es que la actitud de Fernando VII produjo una catarsis que permitió a las antiguas colonias combatir y derrotar a los ejércitos españoles. Aparecieron entonces los principales personajes de los himnos: Simón Bolívar en el norte de Suramérica; Francisco Miranda y José Antonio Páez en Venezuela; Antonio Nariño y Francisco de Paula Santander en Colombia; José de San Martín y Manuel Belgrano en Argentina; José Gervasio Artigas en Uruguay; Bernardo O’Higgins y Diego Portales en Chile; el cura Miguel Hidalgo y el indígena zapoteca Benito Juárez en México; en el Perú, el venezolano Antonio José de Sucre, que confirmó la Independencia nacional y de buena parte del continente en la batalla de Ayacucho en 1824; en el Brasil, Pedro I de Brasil, que se derrocó a sí mismo en su condición de Pedro IV de Portugal; y el primero de todos, aunque en esta lista aparezca de último, el haitiano François Dominique Toussaint Louverture, cochero de profesión, nieto del rey africano Gao-Guinú e hijo de un yerbatero apresado y vendido como esclavo en la colonia francesa del Caribe.

Louverture redactó en 1801 la primera Constitución escrita en América Latina. Contenía muchos de los principios consagrados por la Revolución francesa y la Constitución de Estados Unidos. Aprovechando que en 1794 la Asamblea Nacional había abolido en París la esclavitud, Louverture se tomó la libertad de enviar a Napoleón la nueva Carta haitiana, que ratificaba al habilidoso morocho como presidente vitalicio. Bonaparte montó en cólera ante semejante atrevimiento y le pidió que retirara la Constitución y renunciara a su cargo. Louverture lo mandó al demonio y le dijo que su poder era tan legítimo como el del emperador francés, ante lo cual este decidió que se habían excedido en generosidad con los negros y decretó que la libertad de los esclavos no era válida para las colonias.

Lo que siguió fue una expedición punitiva enviada desde París con la misión de aplastar a los rebeldes haitianos. Casi 60.000 soldados franceses navegaron hasta el Caribe y durante 21 meses intentaron dominar a los hombres de Louverture, Dessalines y otros generales isleños. Pero sufrieron una derrota bicolor, pues al coraje de los negros se unió la voracidad de la fiebre amarilla, y al finalizar 1803 habían perdido la vida 50.270 soldados franceses y se hallaban prisioneros otros 7000.

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