1.

Algo pasa en Vilcabamba. Algo que le permite a su gente vivir 110, 120 y hasta 140 años. No solo viven mucho: viven mucho con una salud envidiable y sin prestarles atención a los consejos médicos. Los habitantes de Vilcabamba, una provincia pequeña y oculta en Ecuador, tienen inclinación por los excesos insalubres: fuman como escuerzos y beben como cosacos. Sin embargo, a la edad en que cualquiera de nosotros mostraría signos de deterioro, ellos están listos para seguir otros 40 años más. ¿Cómo hacen?

Aunque los censos internacionales señalan que la mayor expectativa de vida se da en lugares como el Principado de Andorra, en Europa, o la isla de Okinawa, en Japón —sitios de alto nivel económico y estilo sosegado—, Vilcabamba les saca varias décadas de ventaja sin demasiado esfuerzo. Lo hace con una población que cuenta con pocos ingresos, malas condiciones sanitarias y trabajo duro de por vida. Sin embargo, en el pueblo hay diez veces más centenarios que los que se puede encontrar en cualquier otro lugar.

 2.

A la entrada de Vilcabamba hay dos carteles. En uno se le da la bienvenida al viajero que acaba de llegar y en el otro se le informa que el pueblo está a 1500 metros de altura sobre el nivel del mar, tiene unos 4200 habitantes y una temperatura promedio de 20 grados.

En Vilcabamba dividen a los ancianos en dos grandes grupos: longevos y centenarios. Longevos son los que superan los 90 años y centenarios los que pasan los 100. Voy rumbo a la finca de uno de los centenarios que vive en la zona alta. El conductor es el mismísimo Lenin.

— ¿Lenin te llamás? ¿Tu papá era del Partido Comunista?

—No, el nombre me lo puso mi abuelo, que vivió hasta los 126 años.

Bajamos del vehículo en casa de José Medina, habitante de Vilcabamba, 112 años. No contesta nadie.

—El hombre está un poco sordo, pero tiene una hermana que oye bien —dice Lenin.

— ¿Qué edad tiene la hermana?

—104.

Como nadie responde, pasamos el portón y entramos en la finca. Una casa humilde, de campo. En el fondo hay un terreno donde los Medina cultivan parte de su alimento: lechuga, maíz y poroto. No se ve a nadie. Lenin se aleja por detrás de un monte y desde allí nos llama.

José Medina está trabajando con su azada. Nos mira un segundo, luego baja la cabeza y continúa como si nuestra presencia no le implicara la necesidad de detener la labranza. Víctor Carpio, el guía, me dice que me fije bien en lo que hace Medina. Él separa la hierba buena de la mala. Un trabajo para el que se necesita precisión en el golpe y buena vista. A los 112 años eso no le resulta un problema. Ni siquiera necesita anteojos.

El guía le hace una pregunta para viejos. No le dice "¿cómo está?", le pregunta cómo se siente.

—Bien. Cuando fumo me mareo un poco.

—¿Cómo es eso que fuma? —le pregunto al guía.

Fuma chamico, una hierba que comenzó a ser utilizada en la antigüedad por los chamanes. Ahora es una costumbre de la gente del pueblo. Sus primeros efectos pueden ser comparados con los de la marihuana, después de algunas pitadas se le suman los de la cocaína. Trae alucinaciones, pensamientos fantásticos, pérdida de memoria, excitación y furia.

En síntesis, José Medina, el primer centenario con el que me encuentro en el valle, se droga. Es más, según cierta manera de pensar, se drogó toda la vida. Además de chamico, le gustan los cigarrillos, el tabaco común y corriente. Últimamente se marea pero no lo suficiente como para abandonar el vicio.

—Cuando era más joven fumaba mucho más. Cuando tenía 70.

— ¿Le gusta beber?

—Ahora no. Desde los 106 no bebo. De vez en cuando me vuelve la costumbre y me tomo un puro. No más de una vez por día.

El puro se prepara con el desecho de la caña de azúcar, tiene alta graduación alcohólica y es despiadado con el hígado de quien lo consume.

Explicaciones de que en Vilcabamba haya tantos centenarios: el ambiente natural, la alimentación orgánica, el aire puro, el agua no contaminada. En el valle, la naturaleza logró librarse de la mano nociva del hombre, de su capacidad destructiva. Por eso premió a sus hijos con buena salud y un bonus de 40 años de vida. Una recompensa por portarse bien y mantenerse dentro de los límites de la moral y las buenas costumbres.

Sin embargo, los representantes de la salud y de la vida sana mienten sobre Vilcabamba. En el valle se consume alcohol, tabaco y droga. A los amantes de la virtud les resulta insoportable que los vilcabambenses subsistan más tiempo y en mejores condiciones que los que no tienen vicios. Les parece injusto. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué las prevenciones son tan ciertas fuera del valle y no tanto para los habitantes de la zona? ¿Cuál es la diferencia?  ?

3.

Hay algo que vale la pena tener en cuenta: la diferencia entre longevidad y expectativa de vida. La longevidad es como una calle larga que mide 120 años. Es a lo máximo que se supone podemos aspirar si somos aplicados con la prevención de enfermedades, vivimos en un sitio de máxima pureza y no salimos nunca de nuestras casas salvo para ir al médico. Claro, si nuestros genes nos ayudan y no hay ningún accidente. Al menos era lo que la ciencia pensaba. A esa edad las células, por mejor calidad que tengan y por mucho que las hayamos mimado, dicen basta y se detienen. Es la teoría científica que corrobora una creencia popular: en algún momento, todos vamos a morir.

La expectativa de vida, en cambio, se refiere a cuánto de esa calle podremos alcanzar a transitar. Salvo que se viva en Vilcabamba, la gran mayoría nunca llega hasta el final. Pareciera que la longevidad fuera fija y que en la expectativa de vida es donde funcionan los consejos médicos. Si nos detenemos en las vidrieras de las grasas, la sal, el estrés y los tóxicos, menos expectativa de vida. En cambio, si nos paramos para que cada tanto nos evalúen, si la calle permanece limpia y además tenemos suerte, es probable que podamos avanzar una buena cantidad de años.

 

4.

 En Vilcabamba el número de mujeres supera al de hombres. Por cada tres damas hay dos caballeros. Sin embargo, los que vivieron más de 130 años fueron siempre varones, a diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta. Pero las mujeres también viven mucho. Suelen tener hijos después de los 50 y hay varios casos de madres después de los 60.

Son casi las cuatro de la tarde y Josefa Ocampo, de 105 años, está por ir a dormir. A pesar de que el clima en Vilcabamba es templado y hay muy poca variación térmica durante todo el año, la mayoría de los ancianos tiene frío. Por eso Josefa Ocampo —que usa un gorro de lana azul y blanco, remera, camisa y suéter— se va a dormir. Lo hace para entrar en calor, después le viene el sueño.

Ella es la estampa de la abuelita dulce. Casi ciega, casi sorda y totalmente resignada. Pareciera fácil de querer porque nunca pide nada. Dicen sus nietos que era una mujer más grande y con el tiempo se fue reduciendo.

A la mayor parte de sus 50 nietos, sus 20 bisnietos y su decena de tataranietos no los conoce o los vio apenas alguna que otra vez.

—Mi familita es un desparramo —dice.

Como si fuera una condición para seguir hablando, el conductor le pregunta por sus costumbres a la hora de comer. Parece programado por los extranjeros con los que trata y que viajan hasta Vilcabamba obsesionados por la dieta del valle. Llegan al pueblo convencidos de que la longevidad entra por la boca y si uno se cuida con lo que come, además de mantenerse precioso, difícil que alguna vez se enferme. Es tan potente la idea de la dieta que lograron convencer incluso a los nativos del valle. Todos están seguros de que la dieta sana prolonga la existencia. Que lo que comen en Vilcabamba es una combinación de verduras y frutas que no existen en ningún otro lugar del mundo.

—Yuquitas, motito, platanito. Cualquier comidita.

Pero la dieta es tan natural y carente de contaminantes como la que se ingiere en otros valles donde los campesinos cultivan lo mismo y de la misma manera. Será sana, pero no es ni original ni exclusiva.

No hay mucho para hacer ni demasiado para preguntar. El guía le propone que cante una canción de amor: Flores negras. Ella no se acuerda. A cambio recita un poema, recuerdo de la guerra con el Perú.

Cuando ella cuenta algo, lo hace en tiempo pasado y siempre termina diciendo "Ahora ya no". Cantaba pero ahora ya no, estaba casada pero ahora ya no, trabajaba con mi padre pero ahora ya no, me ocupaba de la casa pero ahora ya no. Da la sensación de que lo único que hace es esperar y mientras lo hace trata de mantenerse abrigada. Prefiere no sentir frío.

En Vilcabamba, además de vivir mucho, se muere de otra manera. Se van a bañar y se mueren, salen a trabajar y se mueren, se acuestan a dormir y nunca más se levantan. Sin aviso, ni convalecencia, ni peleas por quién se hace cargo, ni hijos protestando por cuidar a sus padres. No llegan a pasar por esa etapa en la que uno se pregunta si realmente vale la pena seguir viviendo. No se enferman, se apagan. Llevan una vejez sin necesidad de atención, sin dictados de médicos, sin el miedo que infunden los familiares. Son gente muy humilde pero cuando les llega el momento, se despiden como aristócratas.

5.

 Isabel Aguirre tiene 75 años. Parece muchísimo menor. Es la dueña de la hostería de Vilcabamba, algo que se nota cuando pasea por el parque, entre las mesas tendidas al aire libre, con su vestido rojo y su collar de perlas blancas. Tiene el pelo oscuro y largo. Además de la hostería también es dueña de una hacienda ganadera en el norte del Ecuador. Cuando vivía allí apenas podía caminar. Aguirre padecía lo que ella llama una enfermedad cardiovascular avanzada. Sus arterias se habían endurecido y para que la sangre circulara a través de ellas el corazón debía hacer mucho esfuerzo. Como cualquier músculo que se ejercita, el corazón de Aguirre había comenzado a crecer.

No hay oxígeno que le alcance a un corazón grande. Por eso duele y sufre y no funciona bien. Aguirre sentía que le faltaba el aire. El día se le presentaba siempre cuesta arriba y por la noche estaba tan agitada que no podía descansar. Visitaba a su médico, le contaba sobre su evolución y de la consulta se llevaba una receta que guardaba en la cartera antes de pasar por la farmacia y entregársela al boticario.

Cuando le propusieron venir a Vilcabamba aceptó sin mucha esperanza, y para su sorpresa, al poco tiempo de vivir en el valle volvió a respirar. Podía andar sin agitarse, como cuando era muy joven y caminaba por su hacienda sin detenerse a descansar. Su presión arterial fue disminuyendo hasta alcanzar niveles normales y ahora se maneja solo con una pastilla. Lo hace para darle el gusto al médico. En realidad no la necesita. Lo que necesita es quedarse en Vilcabamba para siempre. Por eso construyó la hostería.

Le pregunto si viene gente. Me contesta que sí, que desde que se puso en marcha el proyecto San Joaquín hay muchos extranjeros.

El San Joaquín es un emprendimiento privado, una enorme hacienda dividida en lotes, a dos kilómetros del pueblo, entre los Andes y el río. Es para quienes sueñan con comprar el seguro de la longevidad. Un sueño que no es para cualquiera. El proyecto está liderado por Joe Simonetta, egresado de la Harvard Divinity School (una de las escuelas de la Universidad de Harvard que se dedican a la enseñanza de religión). La promoción lo dice claro: "Únase a nosotros, estamos buscando un grupo de personas de alta calidad". Después explica qué es gente de alta calidad. Son los que tienen costumbres saludables, son amables con los vecinos y respetan el mundo natural. ¿Quién puede oponerse a estas tres reglas? Parecen inofensivas. Sin embargo, pensar que hay gente de alta calidad implica que hay otra, la mayoría, de baja calidad. La cercanía del tesoro de la longevidad despierta lo peor de cada uno.

6.

Wilson Correa —25 años de médico en Vilcabamba— encarna la memoria sanitaria del valle. El martes por la mañana me atiende entre paciente y paciente. En el consultorio hay una camilla, un armario de metal y vidrio, un escritorio y tres sillas. No hay ningún tipo de instrumental. En cambio tiene una ventana que da a una calle ancha y polvorienta, envidia de cualquier institución sanitaria: la Avenida de la Eterna Juventud.

Correa está convencido de que los que llegan a Vilcabamba con problemas de corazón se curan, en especial los hipertensos. Él mismo trató a muchos de ellos. Sin demasiada intervención de su parte, los vio curarse y abandonar la medicación. Cuenta que además son muy pocos los casos de diabetes o de otras enfermedades metabólicas.

—No se ve osteoporosis ni pacientes con cáncer.

—Pero, doctor, son todas patologías diferentes. Por su origen y por sus efectos poco tienen que ver una con otra.

—Yo le digo lo que veo.

No me convence. No puede ser. Pensar que en Vilcabamba hay una sola sustancia que mejora cualquier enfermedad, que actúa sobre todos los órganos sin importar que sus células, funciones y estructuras sean tan diferentes una de otra, no tiene el menor de los sentidos. Parece magia.

Otra posibilidad: algo retrasa el envejecimiento. Algún elemento en el valle detiene el proceso degenerativo que afecta a las células del cuerpo y que siempre aceptamos como inexorable. Quizá curarse de la vejez sea tan complicado e impensable hoy como hace siglos lo era de la tuberculosis.

—Como le decía, aquí se come muy sano, sin contaminantes —dice Correa—. La gente toma un buen desayuno a la mañana y eso ayuda mucho. El aire es puro. En esta zona tenemos el wilco, árbol típico de Vilcabamba, que oxigena la atmósfera. También la familia. El lazo familiar es muy fuerte. El patriarca es respetado y mantiene a todos unidos. En la casa se lo considera el jefe de familia. Esa unión de hermanos y ese cuidado por el patriarca son fundamentales.

—Discúlpeme, doctor, a uno de los centenarios lo vi viviendo en la calle.

—Sí, pero el clima es benéfico y esos son casos aislados. La importancia de la familia es vital, por eso cuando uno de los centenarios fallece, lo velan durante tres días. Es un ejemplo: fue un hombre bueno, honraba sus deudas. El honor los hace vivir mucho. No hay infidelidades, ni engaños, ni estafas.

—Un paraíso.

—Exacto, acá los sonidos que se escuchan son los de la naturaleza. Imagínese, los centenarios salen a caminar y no hay ruidos molestos de máquinas o de gente estresada corriendo por dinero.

— ¿Hasta qué edad tienen hijos?

—Eulogio Carpio, cumplidos ya los 90, se casó con Julia León, una muchacha jovencita. Tuvieron tres hijos. Después de haber hablado con él y con muchos como él, llegué a una conclusión: el sexo de los centenarios es frecuente y de buena calidad.

Hace unos años, me cuenta, vino al pueblo una gringa, no me acuerdo si era polaca o alemana. Estaba escribiendo un libro: Cómo hacer el amor con un centenario. Era antropóloga y les pagaba a los viejitos para que tuvieran sexo con ella.

— ¿Se quedó mucho tiempo?

—No tanto. El dinero se le acabó antes de lo que esperaba.

Fin de la entrevista.

8.

Sé que hay en curso algunos estudios para identificar los genes relacionados con la longevidad, aunque no encontré ninguna investigación sobre patrones genéticos de la población de Vilcabamba. No obstante, hay algunos datos para tener en cuenta. La gente del valle viene de diferentes lugares, no son una raza ni una comunidad cerrada que se preserva manteniéndose ajena a los demás. Los extranjeros mejoran al llegar y los que nacieron en Vilcabamba, cuando se van, viven mucho menos que aquellos que se quedan.

Todo inclinaría a pensar que la longevidad, al menos la de la zona, no es hereditaria, tampoco genética, sino la consecuencia de algo que ocurre en el valle. Y en el valle, más allá del poco visitado doctor Correa, no hay un sistema médico como en las ciudades. La gente subsiste sin necesidad de aferrarse a los medicamentos, sin internarse en clínicas para tratarse enfermedades terribles (no las tienen). Más que certezas sobre técnicas sofisticadas para vivir mucho, hay evidencias de una vida sencilla, austera. Pero esto tampoco explicaría que Vilcabamba sea conocido como el valle de la longevidad. En los pueblos cercanos con el mismo clima, costumbres y alimentación el promedio de vida es igual al resto del Ecuador.

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