En Villa Felicidad, los colores de un viejo aviso que invita a votar por un candidato al Concejo es lo único que parece tener vida. Solo barro y casas a punto de caer es lo que parece quedar del lugar. En noviembre de 2010, el Canal del Dique, afluente del río Magdalena, el mismo que proveía de bocachicos frescos a sus habitantes, no aguantó una gota más de lluvia, se desbordó y dejó las casas con el agua hasta el techo. (La virgen que vivía en una hoja de plátano)

Seis calles más abajo de donde está el aviso, dos mujeres se dejan ver en la terraza de una de estas casas que se tienen en pie como pueden. Se trata de Mercedes Mejía y de María, su vecina. Parecen ser las únicas habitantes del barrio; nadie más se asoma por allí. Falta poco para mediodía y ya van por la cuarta conversación desde el amanecer. También parece el único acontecimiento importante desde la creciente que inundó a 14 barrios del municipio de Manatí, ubicado a 71 kilómetros del sur de Barranquilla. En este pueblo no pasa nada.

Contrario a la ley costeña de cerrar negocios y viviendas para resguardarse del indolente calor bajo la brisa del ventilador, ellas se hacen en el pretil de la casa en un intento por beneficiarse de la brisa proveniente del río Magdalena, la misma que roza las hojas de los matarratones. Brota humo del suelo, la temperatura supera los 30 ºC, la ropa se torna pegajosa y se aferra al sudor de sus cuerpos. Mercedes aún lleva puesta su bata de dormir y el pelo canoso enmarañado, una señal de que este día no ha pasado un peine por su cabeza. Su apariencia no la trasnocha. No espera ninguna visita y menos lucir hermosa para su marido, Leonardo, un pescador de 63 años que está ciego.

Sentada en un taburete de madera y cuero desgastado, Mercedes le habla a su amiga de su hipertensión; nada importa que ese mismo día Manatí reciba la visita del gobernador con promesas de ayudarles a recuperar lo perdido. Su vecina, tan despeinada y desarreglada como ella, y quien lleva el peso de su hija de un año en brazos, la escucha con atención. El momento no es uno más, parece un acto de rebeldía ante el tirano silencio que ronda su existencia y amenaza con llevarse lo poco que sigue en pie de Villa Felicidad. Ellas se resisten a irse. Aquello parece el escenario posterior de una guerra, pero en este caso el muerto es el barrio: esqueletos de casas sin pintura, sin techos y con las ventanas y las puertas podridas en medio de calles untadas de barro seco.

Tres mil personas quedaron damnificadas de aquella, la quinta inundación de la que se tiene registro en este municipio de poco más de 7000 habitantes, y que debe su nombre a los manatíes que alguna vez rondaron sus aguas. En total, 2.217.226 personas resultaron afectadas por el fenómeno de La Niña ese mismo año en todo el país, y solo en el departamento del Atlántico fueron 228.908, según las cifras oficiales de Colombia Humanitaria y del Ministerio del Interior y de Justicia.

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Hoy es más fácil que se aparezca la Virgen en la humedad de una pared a que se aviste un manatí por allá, como también es cada vez más difícil evacuar el agua, que lleva un año y nueve meses dentro del barrio, y prácticamente se convirtió en un huésped permanente.

—Las gallinas, las camas, los chismes (elementos de cocina), todo eso se lo llevó la corriente —dice Guillermo Ocampo, un anciano de 75 años que le tocó salir apenas con lo que llevaba puesto el día de la creciente—. No salvamos casi nada porque no esperábamos esa inundación tan grande. Nos cogió acostados y me sacaron corriendo de la casa. (El tiburón desempleado)

Allá se le quedaron las camas, los colchones y el escaparate. También la bicicleta. Los vecinos oyeron un ruido extraño que los levantó de la cama y se descubrieron con el agua más arriba del tobillo. Le avisaron para que saliera de su casa y, como ellos, todo el barrio corrió despavorido en busca de terreno seco. Muchos se refugiaron en los colegios y otros en la iglesia.

—Tengo dos casas allá, y están malas; las cogió el agua hasta el copito y las tumbó —cuenta.

En dos días, el agua subió casi tres metros por encima de los techos de las viviendas. Por eso, hoy parece que en los barrios solo habitaran fantasmas. Guillermo, por ejemplo, ya no vive en su casa de siempre. Ahora es un desplazado más que la naturaleza abona a los que ya ha desterrado la violencia. Su nuevo hogar es un cuarto de tres metros de ancho por seis de largo en el Alojamiento Mi Nuevo Amanecer, un barrio improvisado por el gobierno, construido con ayuda del ejército y de la Fundación Santo Domingo, donde reubicaron temporalmente a 300 familias damnificadas, y en el que Mercedes y María se negaron a vivir.

El Alojamiento está dividido en 19 zonas, cada una con 16 casas y un baño por cada cuatro familias. En total hay 304 casas o módulos, como las llama el gobierno. Queda al norte, a 400 metros de distancia de la entrada principal del pueblo, en la parte más alta y adonde se llega desde Barranquilla por una carretera curvada y asfaltada que empieza a desaparecer entre una polvorienta y ahuecada calle, señal de que se está entrando al casco urbano del municipio.

Guillermo vive en la zona 15, en un jolón —así llama a su casa— que comparte con Leobigilda de la Hoz, a quien niega el título de esposa y le dice modestamente ‘compañera’. No tiene de qué quejarse; tiene luz, agua y gas, servicios por los que no tiene que pagar un solo peso.

Aunque todas son blancas, está seguro de que nunca tocará en una puerta que no sea la suya. “Leobigilda de la Hoz y Guillermo Ocampo” se puede leer en la pared. Está escrito a mano y en letra cursiva, esa que se aprendía en los tiempos de antes cuando la educación se impartía a punta de reglazos. Él mismo la marcó.

Tras la división de cartón que hace las veces de fachada se ocultan la cama a medio tender, una silla, una mecedora sin brazos, un tanque azul en el que almacenan agua y un montón de efectos personales desperdigados por el suelo. Lo que no puede ocultar este remedo de pared son los asuntos familiares de cada hogar. Pegadas unas con otras, en esas casas la privacidad no se conoce, no hay forma de reservar los secretos de puertas hacia adentro, porque todo se escucha con la misma nitidez con la que en ese momento se oye el motor de la motosierra que arrasa los árboles de la parcela vecina.

De esa inundación lo que no perdió Guillermo fueron sus recuerdos. Su cabeza está llena de historias de cuando era pescador, agricultor y ganadero. Era de los que madrugaban, y antes de que saliera el sol, ya estaba de vuelta con los resultados de la pesca del día en casa: unos bocachicos y bagres enormes a los que su mujer les sacaba las entrañas y luego vendía en la plaza de mercado. De esas energías pasadas apenas le queda el hábito de madrugar. Ya no levanta su atarraya llena de pescados, sino el polvo de las estrechas callejuelas de su barrio de casas de cartón, como las llama su vecina María Parra, una mujer que lamenta haber perdido la olla en la que preparaba la comida que vendía en el pueblo y que le sirvió para educar a sus siete hijos.

Guillermo anda con las copias de unos documentos avalados por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) que lo acreditan como pescador artesanal, y aprovecha para mostrárselas a quien pueda, como si se tratara de una tarjeta profesional. “Muchos jóvenes que no saben de esto me quieren quitar mi título, pero los tengo ‘tranquillaos’”, comenta mientras suelta una carcajada. (La madre Teresa no quiere salir a la calle)

Así comienza el día para este anciano. También, el de las mujeres que desde temprano empiezan a preparar los alimentos en las cocinetas comunales; el de los niños que van al jardín del Bienestar Familiar dentro de la urbanización; el de los jovencitos más grandes que caminan medio kilómetro hacia el pueblo para ir al colegio y el de los hombres que salen a rebuscarse la plata para la comida a punta de carreras de mototaxi y de pesca.

Allí llevan viviendo casi dos años. Se suponía que iba a ser una estancia de seis meses, mientras el gobierno les daba una vivienda nueva en la zona alta de Manatí, pero las casas no llegan, como tampoco llegan las ayudas.

Nicolás Martínez Pabón vive en la casa 228 con su mujer y sus dos hijas; dice que se siente olvidado y le gustaría ver una pronta solución.

—No sé qué piensa el Estado de nosotros. Me gustaría decirle al presidente, sin ofenderlo, que se acuerde de que nosotros también votamos por él. Yo fui uno de los primeros en votar.

Este hombre, que perdió la casa que con años de sacrificio logró pasarla de bahareque a material, tuvo que vender las tejas para poder conseguir dinero con el cual vivir.

—Viendo que las ayudas se agotaban y que el Estado no le solucionaba a uno el problema de ingresos, la gente empezó a irse a Venezuela en busca de trabajo y a otras partes a pescar. Yo no tenía ni para lo uno ni para lo otro, entonces vendí el techo de Eternit y me compré la moto con la que trabajo y traigo el sustento a mi casa. Soy mototaxista y también pescador; me prestan los trasmallos y me voy a pie a pescar, con el peligro de que un caimán se lo coma a uno.

No sabe de qué forma llamar la atención de las autoridades y por eso deja que el fotógrafo de esta crónica entre a su casa y tome las fotos que quiera.

—Tome fotos allá adentro, puede entrar con toda confianza —le dice mientras le explica a su vecino que si quiere que el Estado y la opinión pública se enteren, tiene que dejar que los periodistas lleguen, se metan de lleno en su casa y en su problema. (Simacota: El primer pueblo atacado por el ELN, en 1965, hoy vive en paz)

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En Villa Felicidad, Mercedes y María siguen aferradas a la brisa que corre por su casa. Para llegar hasta allá, hay que atravesar todo el pueblo. Una sola avenida es el epicentro de todo: a sus costados quedan el polideportivo, el palacio municipal, la iglesia y el mercado, y desemboca en los barrios del sur o los de “allá abajo”, como los llaman, esos que están abandonados y algunos todavía inundados.

Estas mujeres y sus familias viven bajo su propia ley y con la única certeza del día y de la noche. Allí se detuvo el tiempo y con él la vida de Mercedes y Leonardo, la de María y la de su hija, que abre los ojos en un mundo tan distinto al de la cercana Barranquilla, cada vez más parecida a un condado de Florida.

Parecen estar resignados a la miseria en que los dejó la furia de la naturaleza. No se quejan, solo viven como les toca.

—Los hijos nos ayudan con la comida y cuando no, nos acostamos sin comer —dice Mercedes, mientras toma en sus manos un frasco de mermelada vacío.

—Es la luz, remata—. Le pongo gas, una tira larga de tela y la prendo por la noche. Tengo dos.

En su casa, como en todo el barrio, no hay energía desde la creciente. El agua dañó las redes eléctricas, y luego los ladrones, al robarse los cables, se aseguraron de que nunca más volviera.

En una esquina de su sala tiene arrinconadas las dos neveras en las que hacía el hielo que vendía a sus vecinos. En eso se le iba la vida a esta mujer, mientras su esposo pescaba. Ahora ni siquiera tiene electricidad para encenderlas. Su única ocupación es cuidar a su nieta de tres años, porque tampoco cocina. Pero no se arrepiente de haber vuelto. Pese a estar en ruinas, no cambia la libertad de disponer de algo que es suyo.

Por las noches, ella y su vecina encienden una fogata en la mitad de la calle. La leña es un pedazo de tronco de un árbol carbonizado de tanto quemarlo. Ese remedo de alumbrado público también es su arma de combate para ahuyentar a los mosquitos y a las culebras.

—Miedo no tengo —dice—. Tengo fe en Dios de que no nos va a pasar nada.

Y sí, a ella no le pasa nada. La luz no llega, el agua no retrocede, la casa que le prometieron tampoco llega, y ella se entrega a soñar con ese pasado en el que en Villa Felicidad de verdad existía la felicidad, en el que sus neveras hacían hielo, en el que su casa tenía pintura en las paredes, aquellos días en que tenía vecinos. (Visita al pueblo de Breaking Bad)

*Publicado en 2012 

Texto escrito bajo la tutoría del periodista Jon Lee Anderson en el taller dePeriodismo y Literatura ‘Crónicas de la Barranquilla de GarcíaMárquez‘, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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