En el parque por el que siempre salgo a correr —cincuenta minutos de trote parejo— solía cruzar en mi camino a un hombre de traje y corbata con una radio vieja. Por el aspecto, deducía que se trataba de un empleado de clase media que alguna vez había conocido un mejor pasar. Podía tratarse de un reciente desocupado, o de un reciente separado, que habiendo perdido su casa matrimonial, ahora vivía en una pensión o en la calle. No le faltaba de comer, y en varias ocasiones lo vi leyendo el diario del día. Pero se instalaba en el parque desde temprano y no se movía de allí hasta que caía el sol. También observaba en el parque, todos los lunes y miércoles, a un grupo de muchachos que jugaban un partido de fútbol, con arcos portátiles y camisetas distintivas.

En cierta ocasión uno de los jugadores cayó al suelo y no se vio si su mano rozó o no la pelota. Yo estaba corriendo y no se les ocurrió detenerme. En cambio, convocaron al señor de la radio y le preguntaron si había visto la jugada. El ex oficinista o ex marido apagó la radio y dictaminó: "Fue mano". Ambos equipos aceptaron su sentencia como la de un juez.

Al ver de este modo valorado su veredicto, el repentino referí continuó marcando faltas y resolviendo jugadas dudosas. Y por el resto del partido los muchachos lo adoptaron como árbitro.

En mi trote del miércoles siguiente me sorprendió encontrar al referí ejerciendo sus funciones: ya no llevaba la corbata mal anudada y el traje erosionado por el tiempo, sino un prolijo uniforme negro de juez de la Fifa. Fuera a saber uno de dónde lo había sacado, el uniforme, el dinero para comprarlo o la osadía para robarlo o pedirlo. Los muchachos estaban tan contentos como él: los dirigía un juez con uniforme y silbato. Cuando le sacó la tarjeta amarilla a uno de los más fornidos, y el jugador agachó la cabeza y llevó las manos tras la espalda, me pareció que el desocupado había encontrado, aunque sin lucro, un nuevo rol en su vida.

Sobrevino un miércoles feriado, de modo que no volví ver a los muchachos ni al referí hasta el lunes siguiente. Entonces sucedió una novedad: el referí se hizo presente con una opulenta damisela, de unos cincuenta años.

Evidentemente, la había traído para mostrarle su poder sobre los jugadores. Ya no era un desocupado: era un referí. La dama era sensual, pero no despampanante, y estaba en esa etapa vital, para usar el fútbol como metáfora, en la que incluso los arqueros comienzan a pensar en retirarse. Pero en ese contexto, todos hombres, en el medio de las violencias y la competencia del fútbol, una mujer era un atractivo poderoso, sin importar las circunstancias precisas de su apariencia. El partido despuntó con el silbatazo del nuevo referí. Pero en una jugada en que dos cabezas chocaron, cuando nuestro referí quiso zanjar la disputa, uno de los dos contendientes desconoció la sanción. El otro quiso recostarse en la autoridad del juez. Pero el primero argumentó: "¿Quién dijo que este es el referí? No fue foul".

El referí le sacó tarjeta roja. Pero el rebelde siguió jugando como si nada hubiera pasado, y la verdad es que ninguno del resto de los participantes procuró que prevaleciera la autoridad de este. Por más que intentó volver a tallar en las muchas jugadas que siguieron, ya nadie le prestó atención. Y mucho menos volvieron a pedirle opinión. El primer jugador que lo había desconocido, colocó un poderoso gol de cabeza y se lo dedicó, con un guiño, a la señora invitada. Ella se quedó con el goleador al terminar el partido.

El ahora también ex referí, que hasta ese día nunca me había dirigido la palabra, cuando vio que acabé mi ejercicio, se me acercó y me dijo desolado:

—Pero si dirigí igual que siempre… ¿qué fue lo que hice mal?

—Entre hombres, es un juego —le expliqué—. Cuando hay una mujer de por medio, es un duelo.

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