Eso no significa que llevarse la corona de uno de los reinados populares más populares de Colombia —valga la redundancia— sea cosa fácil: las candidatas que viajan hasta Puerto Gaitán tienen que lanzar la atarraya como el más avezado de los pescadores, ser expertas en el remo de canoa y saber interpretar con maestría el arpa, la bandola, los capachos… La belleza no es lo de menos, pero un poquito sí.

Puerto Gaitán está a unas seis horas de Bogotá por carreteras que pasan sin avisar de curvas mareadoras a rectas somnolientas. Cuatro peajes, tres túneles, Cáqueza, Guayabetal, Pachaquiaro, una planta de Ecopetrol tan grande como cualquiera de esos pueblos, y llegamos al punto más turístico del recorrido: la mitad geográfica de Colombia, en Puerto López, Meta. El ombligo de esta tierra de júbilo inmortal está engalanado por un obelisco amarillo en concreto de 18 metros. Una especie de escultura art nouveau dedicada a la llaneridad.

Es, digamos, particular… pero nunca como la que hace las veces de puerta de entrada a nuestro destino final: el arco de Puerto Gaitán. Este monumento es un homenaje a la naturaleza: hojas gigantes y coloridas adornan su estructura —también de concreto, también amarilla—, que reposa sobre una especie de piscina para niños. Algunos lugareños, los más viajados, lo conocen como el McDonald’s. La belleza no es lo de menos, pero un poquito sí.

Gaitán —así, a secas, como le dicen sus habitantes— es un pueblo rico, o, para ser más exactos, nuevo rico. Los pesos llegaron por millones con el petróleo hace menos de una década, y lo que hasta ese momento era un pueblito con unos pocos miles de habitantes sufrió las consecuencias de la fiebre del oro negro: inmigración desde todos los rincones del país hasta superar los 15.000 pobladores; una inflación descomunal que, según un funcionario local, dejó lotes de 300.000 pesos en 30 millones, y, por supuesto, un aumento considerable en el número de whiskerías.

Puerto Gaitán, “el paraíso natural de Colombia”, es, a primera vista, un pueblo colombiano cualquiera: vallenatos a todo volumen salen de parlantes inmensos en los portales de las casas de dos pisos —que aspiran a ser de tres—; locales con nombres en inglés ofrecen flotadores en forma de ballena o de avión, y se ve una miscelánea, un borracho y un asadero cada dos o tres cuadras. Lo único impactante, aparte del monumento, es que la tierra es roja y su polvo lo cubre todo de granate: los andenes, los pantalones blancos de los llaneros, las camionetas con platón que vienen de los campos petroleros.

Es viernes. El cartel del Festival de la Cachama anuncia un concierto que despertaría la envidia de cualquier otra fiesta popular, llámese del arroz, de la cosecha o de la panela. Fenómenos descomunales de la música de rocola como Pipe Bueno, Giovanny Ayala y Alci Acosta son las atracciones principales de “la noche del despecho” en la plaza de la biblioteca. El concierto es gratis, como nos gusta a los colombianos y como fue el de Marc Anthony el año pasado en ese mismo municipio; ya quisiera Aguapanelas Internacional. Después de Alci Acosta y con Pipe Bueno chillando “ayayayyy” sobre la tarima, el aguardiente Llanero no solo se bebe, sino que se comparte. No importa quién lo pidió, todos chupan del mismo pico, sin asco.

Las únicas que intentan dormir pasada la medianoche son las nueve candidatas. Tienen que estar paradas a las seis de la mañana para la primera competencia oficial: el desfile de canoas, que allá llaman “curiaras”, y que no se manejan sino que se “patronean”. Pero descansar en Puerto Gaitán en época de ferias es imposible. La rumba dura 24 horas. No hay tregua. El concierto, que se oye hasta en el último rincón del pueblo, se acaba a las cuatro y media de la mañana, hora a la que hay que seguir en forma para aguantar el parrando llanero de las cinco, frente al río Manacacías. Y si uno decide no seguir el programa, la fiesta es en la casa; o en el carro, pues decenas de cupés con pinta de ovnis —vidrios oscuros, neón por debajo— recorren las calles exhibiendo la potencia de sus parlantes, que ocupan todo el baúl y se iluminan al ritmo del chispún.

Es sábado. Del alcalde para abajo, todo el mundo está enguayabado, o tiene tufo, o todas las anteriores. Igual, las reinas zarpan puntuales en canoas a motor seguidas por un planchón con las pocas barras bravas reales que clasifican para acompañar el recorrido río arriba. Las soberanas están sentadas en la banca delantera de sus curiaras, que los más creativos llaman “balleneras llaneras” o “ballaneras”. Todas las participantes tienen cara de niña y piel tostada. Y la mayoría luce una especie de copete Alf; las balacas verdes que los sostienen combinan con el traje de pantalón corto y camiseta sin mangas.



Un animador que alarga las vocales nos ordena a los “prestigiosooos periodistaaas de la capitaaal” —léase el fotógrafo, el conductor y yo— abordar una canoa cualquiera, como las de las reinas. Nos disponemos a montarnos, obedientes, cuando una lancha de motor fuera de borda cierra la humilde curiara, la hace tambalear por la estela y le gana la carrera al muelle.

Otra vez seguimos el mandato del presentador y nos montamos, esta vez con algo de vergüenza. Una mujer de gafas oscuras que le cubren la mitad de la cara nos ofrece cerveza; un hombre de cachucha y pantaloneta de colores ácidos, aguardiente. Son las ocho de la mañana. El reguetón que suena a todo volumen en nuestro bote opaca el porro de la papayera que anima el planchón. Las reinas saludan, tiran besos, sonríen sin descanso, incluso cuando nuestra lanchota les hace olas y amenaza con tirarlas al agua. Nunca preguntamos quiénes eran nuestros anfitriones. A veces es mejor no preguntar.

Ya en el muelle, con un bochorno de 37 grados que deja la cara aceitosa, una presentadora de minifalda —que suele terminar sus frases con un “claro que sí”— introduce a los integrantes del jurado: son Harold Tapiero, diseñador de alta costura que ha tenido el honor de vestir a Laura Acuña; Telmo Vega, folclorista de San Martín, Meta, y Jenny Capote, influyente impulsadora cultural “con alma de reina”.

Para las candidatas ha llegado la hora de “patronear la curiara” y lanzar la atarraya. Las “misses” —según me explica un espectador medio borracho— deben remar solas hasta un tarro plástico que hace las veces de boya y darle la vuelta sin tocarlo. Después, pararse sin desequilibrar la canoa y lanzar la red con una buena técnica para que entre al agua completamente estirada.

Cuando la corriente del Manacacías amenaza con llevarse a alguna soberana, el público se deleita: “Téngala, familia”, le dicen a Casanare. “Adiós, mamita, nos vemos en el Vichada”, le gritan a Guamal. Todos se carcajean. Un obrero llamado Francisco les toma fotos con su iPad y, cuando suben del río al malecón que les servirá de pasarela para su primer desfile, les dice que están divinas, que todas deberían llevarse una corona, que son un orgullo para los llaneros. Luego me explica, antes de que le pregunte, que donde hay petróleo hay plata, y donde hay plata hay iPhone, iPad y BlackBerry para todos.

Tapiero, el juez más pendiente en temas de belleza, ya empieza a perfilar a sus favoritas. La señorita Meta tiene una cara muy bonita; la candidata local es simpática y el público la adora; la representante de Puerto López tiene porte. Mientras, el maestro Telmo y Jenny están esperando el show folclórico, que será en la noche y representará el 30 % del resultado. El porcentaje restante se lo repartirán las actividades en el río (25 %), la entrevista (15 %) y, claro, los atributos físicos (30 %).



Llega la tarde y Puerto Gaitán es un caos: las vías están cerradas, los motociclistas se lanzan en contravía, los carros se suben a los andenes. La música llanera ya desplazó por completo al vallenato: suena en las tiendas, en los almorzaderos, en la manga de coleo. La gente se agolpa en los balcones para ver la atracción vespertina: el desfile en motocarro. Pero ahora esos vehículos —que se ven por decenas en cada cuadra— no son simples triciclos a motor que hacen las veces de taxis: son carrozas reales.

El carruaje de la señorita Granada —que reza “Mi Dayis” en el panorámico y está adornado con un papagayo gigante— bordea las residencias El Pajonal; el de Meta —con un chigüiro— pasa frente a los billares Old Parr; el de Puerto Gaitán —cachama a bordo— flanquea la whiskería Ensueños, donde se prohíbe el ingreso de armas. Y, así, las reinas y el zoológico van atravesando el pueblo, que tiene forma de triángulo y limita con los departamentos de Vichada y Casanare.

Justo ahí, en Gaitán, después del puente que se eleva sobre el Manacacías, se acaba la carretera pavimentada. Más allá, llano adentro, sigue una destapada que tarde o temprano se convierte en un potrero interminable. Para muchos, en ese punto termina Colombia.

Tras el desfile en motocarro, hordas de locales vuelven a la plazoleta para ver a las soberanas interpretar todos los instrumentos que se utilizan en el joropo. Todas pasan al escenario envueltas en trajes típicos de minifalda pomposa, hombros anchos y adorno floral compañero en el pelo. Cantan, bailan, tocan el arpa como dios manda y también patas arriba. Pasan con naturalidad de la bandola al bajo y del cuatro a las maracas. Se ven tan hábiles que cualquier extraño podría pensar que están doblando.

Pero no —me explica uno de los jurados—, en el Llano es muy común que las mujeres se preparen para este tipo de eventos desde muy niñas. La competencia este año está más fácil —remata—, pues no vinieron las representantes de Venezuela y el reinado dejó de ser internacional a última hora: el paro campesino obligó a cerrar un par de carreteras vitales para la comunicación con la hermana república y no alcanzaron a llegar hasta Villavicencio, donde un bus contratado por la organización recogió el viernes al resto de las candidatas.



Es domingo. Las concursantes están sentadas en semicírculo dentro de un salón de la biblioteca. Estudian fotocopias o cuadernos con apuntes para la entrevista con el jurado. Hablan de sus vidas y todas parecen tener un denominador común: su mamá quería que representaran a su municipio y su papá no le veía problema; pasaron por algún grupo folclórico que las convirtió en mujeres orquesta del joropo; han asistido a otros reinados populares o quieren hacerlo en el futuro; todas ven a sus contendoras como favoritas, pero están esperanzadas en llevarse alguno de los premios: cinco millones para la reina, dos y medio para la virreina y uno y medio para la primera princesa.

Una por una, se van quitando la bata, quedan en bikini y se enfrentan al jurado. Nadie en el recinto sabe explicar por qué diablos tienen que pasar medio empelotas a responder cuántas clases de pez cachama hay, si es verdad que una grande puede pesar más de 30 kilos o cómo se llaman los delfines que se ven en el punto donde se encuentran los ríos Meta, Yucao y Manacacías. Esos animales se llaman toninas, me cuenta la señorita Meta.

Solo falta la coronación. En la plaza de la biblioteca, mucha gente espera el concierto de la última noche, que llevará a la tarima a Los Tupamaros y a Jorge Oñate. El reinado es una anécdota. Pero otros, los amantes de los reinados, los “missiólogos”, están atentos al puntaje de la aspirante local, que se llama Ángela Vanessa Medina, tiene 16 años y es estudiante de colegio. Los fanáticos saben, sin embargo, que Puerto Gaitán no pinta para reina en esta edición.

Y efectivamente: se queda con el virreinato. Otro año será. La juiciosa representante del Meta, Katherine Michel Martínez, la que me enseñó que las toninas existen, posa segundos más tarde con cetro y corona. Es la soberana de la edición 26 del Festival de la Cachama. Mientras desfila, un locutor repasa su vida. Es estudiante de Inglés. Nació en Palmira, Valle, pero vive hace rato en Acacías, Meta. Tiene 19 años. Fue reina de la Palma de Aceite. El momento más difícil de su vida fue la muerte de su padre, a él le dedica este triunfo. No le gusta que la gente piense que con dinero se puede lograr cualquier cometido.

El público aplaude, chifla, grita: “¡Esa es, esa es, esa es!”. De repente, el conductor me llama. Me dice que uno de los tipos que estaban en la lancha fuera de borda le acaba de ofrecer un millón de pesos si metemos a su patrón en el VIP, al que tenemos acceso por ser “periodistas”, y “prestigiosos”, y “de la capital”. La fiesta es gratis, como nos gusta a los colombianos, pero él no quiere estar allá atrás, con el pueblo. Ha llegado la hora de irse. Nos alejamos caminando de prisa, sin despedirnos de nadie, como quien va para el baño. Y cuando estamos a punto de salir, un tipo que nunca habíamos visto antes nos pide que nos quedemos, que nos están buscando. Nos hacemos los pendejos. No preguntamos quién es ni qué quiere. A veces es mejor no preguntar. No solo las cachamas pueden morir por la boca.

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