Para las mujeres, un superhéroe es solo un personaje de ficción, pero para nosotros los hombres es una opción de vida. Crecemos pensando que somos irrompibles, que tenemos un don especial, un superpoder que, de adultos, nos servirá para ganar un Mundial de Fútbol, componer y tocar una canción que millones de personas cantarán o salvar el planeta. Por eso, cuando ya estaba saliendo de mi adolescencia abandoné a mis padres —a lo Supermán— para irme de paseo a Girardot en Semana Santa. Pretendía instalar un Salón de la Justicia en una casa en Peñalisa, con unos superamigos y algunas mujeres que eran una maravilla. La idea era empezar a rezar el Jueves Santo: “Virgen concebida sin pecado, ayúdame a pecar sin concebir”.

Apenas llegamos al pueblo y antes de irnos para esa casa prestada, fuimos a comprar ingredientes para hacer desayunos, almuerzos, comidas, asado y aseo. Ellas pensaban en comida y nosotros, en bebida: alguna kriptonita etílica para darles a esas chicas superpoderosas. El carrito de mercado se empezó a llenar poco a poco, hasta que me di cuenta de que ellas habían metido cuatro tarritos de repelente, y ahí me picó el bichito del bullying. Justificaron la compra diciendo que era uno para cada día. Les dije que no fueran tan sobreactuadas, que no estábamos en el Amazonas y que eso no emborrachaba, que mejor invirtiéramos la plata en otra cosa. Metieron otro tarrito de aquella sustancia para alejar mosquitos, seguramente por mi comentario tan repelente.

A mediodía, yo ya bebía de mi heroína preferida: la Pola. Sol, piscina, música, y a falta de misa, Catalina Iñárritu me daba su Sermón de las Siete Palabras:

1. Mao

2. Hidrátate

3. Bloqueador

4. Gafas

5. Gorrita

6. Repelente…

7. ¡Porfis!

Le dije: “Vendí la lora pa’ no cargarla”. Pero ella insistía. Y yo le repetía que esos cuidados eran para ella que tenía ascendencia española, que yo no necesitaba nada de eso; que mi piel, mi pelo y mi sangre muisca —nariz ancha, pómulos salientes, cabeza plana y oreja baja— estaban diseñados para este lugar del mundo. Le aclaré que yo era un hijo del maíz. Que nosotros llevábamos más de 8000 años habitando estas tierras, que aquí no estábamos improvisando y que no necesitaba mamá en este paseo, pues ya tengo a Bachué. Seguí tomando, y empecé a prender el asador para darle fuego y alimento a mi tribu. Ya me había tomado mis chichas, ya no me sentía un Supermán sino un Bochica. Unos mosquitos me molestaban las piernas, pero mi malicia indígena me decía que con el humo del asador se iban a espantar.

Empecé a descrestar con mis dotes de Dj parrillero. De entrada: morcilla, papitas criollas, choricitos, mazorca y ají … y Tal para cual, de Joe Arroyo; de plato fuerte: punta de anca, como una manera sugestiva de acercarlas a mis pecados de la carne… y Sin medir distancias, de Diomedes Díaz; de postre, merengue (dominicano), bailadito en vestido de baño, cayendo la tarde al lado de la piscina: “Nuestro amor será limpio como el cielo azul, nuestro amor será como un manantial de luz…”.

Todos —y todas— estaban felices conmigo por la francachela y la comilona. Y yo, cual Rinrín Renacuajo, me lancé a la piscina para acercarme a Cata, pero ella abrió los ojos con cara de espanto y me dijo: “Mauris, ¿qué te pasó?”. “Que soy Acuamán y te vengo a salvaguardar”, le respondí. Pero ella, cual Moisés, apartó las aguas y empezó a salirse de la piscina. Hizo una bulla terrorífica mientras yo corría detrás. Como si hubieran visto al diablo en trusa, todas las mujeres se sorprendieron. Una de ellas sacó un CD y me lo puso a manera de espejo para que me mirara. Tenía el cuello, la espalda, los brazos y, sobre todo, las piernas absolutamente llenas de picaduras de mosquitos. En medio de la intoxicación etílica no vi ni sentí cuando me atacaron estos insectos, como Avispón Verde a Spiderman jincho. Este hijo del maíz tenía la piel como una mazorca desgranada.

Lo peor es que, en medio del agite, no fui consciente de cómo me rasqué con el tenedor con el que volteaba las morcillas. Tenía picaduras encima de las picaduras y rayones en casi todo el cuerpo, estaba viviendo mi propio viacrucis. Todos tomamos parejo, pero el más rascado era yo. Era un nazareno rojo y estriado, como el Hombre Araña. Pasé todas las noches en vela y sin Linterna Verde. Me bañaba en cualquier líquido para bajarme los piquetes y el ardor, y solo volví a salir de la habitación cuando ya nos íbamos a devolver. Conclusión: en aquel paseo todos se echaron muela entre todos mientras a mí solo me comieron los mosquitos.

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