Todo comenzó con una zapatilla. Con una zapatilla de ballet que debía comprar en el extranjero. De color salmón, supe después. En la tienda de artículos de baile del teatro Colón me enteré de que los otros colores se hacen solo sobre pedido. Me informaron también que podían llevar grabado el nombre de quien las usase —a la manera de los intérpretes de los memorables ballets rusos— o con algún aditamento que el ejecutante considerase de buen gusto o que pensara que le trajera suerte. El problema con ese tipo de zapatillas es que no cuentan con un número fijo. Es decir, que solo hay pequeñas, medianas y grandes. Además, en esos negocios descubrí el detalle de que cada ejecutante las va adaptando a su medida, de acuerdo a su modo particular de ejecución. Decidí entonces —en vista de que las reglas eran bastante particulares y que el ejecutante no se encontraba presente— probarme yo mismo las zapatillas para tener una idea de lo que debía comprar. En las dos primeras tiendas que visité fui atendido cordialmente por unas señoras que me contaron cada una de ellas que muchos años atrás fueron estrellas de las coreografías más recordadas. Sin embargo, cuando llegaba el turno para hacer mi pedido ambas se mostraron asombradas por la talla que solicitaba. Pese a todo, las dos me aseguraron que con mucho gusto las podían confeccionar en una semana. Como estaba próximo mi viaje de regreso seguí visitando los negocios ubicados en los alrededores del teatro. En el último me atendió un tipo algo mayor —era evidente que se trataba del dueño del negocio— que al oírme solicitar colocarme una zapatilla de color salmón me condujo a una suerte de pequeña trastienda. Yo le había tratado de explicar que no era para mí, pero que quizá midiéndola con mi pie podía darme una idea de lo que necesitaba comprar. No se preocupe, me dijo. Estamos acostumbrados a que nos visiten personas de mayor edad y de mayor peso que usted, que nos solicitan zapatillas de tallas no convencionales. Comprendo que no son para usted, es la excusa que todos dan, pero conmigo no tiene por qué guardar las apariencias. Entiendo el placer de posar frente al espejo con una de ellas puesta. Imaginar al gran público aplaudiendo el momento en que Odette y el Príncipe Sigfrido se conocen. Sentirse cargado con energía y precisión mientras las zapatillas atadas con gracia a nuestros tobillos vuelan libres por el aire. Es por eso que tengo aquí guardadas, expresó mientras se agachaba entre unas cajas, las tallas que todos necesitamos. Fue entonces cuando traté de repetirle que no eran para mí. Que se trataba de un encargo para alguien que realmente se dedicaba a la danza. Comprendí que ya era demasiado tarde. Tras las cortinillas que separaban la trastienda pude observar al caballero, con unas zapatillas puestas, tratando inútilmente de ponerse en puntas. Los brazos los había levantado lo más que podía, y logré imaginar su enjuta anatomía, con los músculos estirados, sobresaliendo de la camiseta que tenía puesta debajo de la camisa. Atrévase, me dijo, no sienta vergüenza por su cuerpo cuando descansa sobre unas finas zapatillas de ballet. Mírese como yo en este espejo. No importa en qué situación nos encontremos. Le vuelvo a decir, yo conozco a tipos con el cuerpo peores que el suyo o el mío llevándose felices su adquisición. Es el paso del tiempo. Todos terminamos de esta manera. Los guapos y los feos. Los que nos cuidamos durante nuestra vida y los que llevamos una existencia desastrosa. Es una ley de la que nadie puede escapar. Total, finalizó, en este espacio detrás de las cortinas nadie más nos puede ver. Aunque a veces, sobre todo después de cerrar las puertas de la calle, suelo escuchar algo así como unos aplausos lejanos mientras me miro ataviado —con el atuendo completo— frente a este espejo. Después de escucharlo desistí de probarme ninguna zapatilla. Por más que insistió. Le agradecí las atenciones y salí de aquella tienda. Ni siquiera me volví a fijar en las vitrinas —en los tutús y mallas que minutos antes me parecieron haber estado dispuestos con un gusto delicado— que miré con deleite al entrar. Sentado en un restaurante de la esquina hice una llamada de larga distancia. Cuando me contestaron afirmé —sin dejar que la voz al otro lado llegara siquiera a contestar— que a pesar de que estaba enterado de que la legislación vigente no contemplaba todavía los casos de ruptura matrimonial pues todavía no se había presentado ningún caso de este tipo en el juzgado, deseaba el divorcio inmediato. Después de colgar, satisfecho, me dispuse a comer el bife de lomo acompañado de papas que acaba de pedir.

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