Antaño vivía en nuestro pueblo un doctor, viudo y moderadamente acaudalado, sin más familia que una hijita preciosa, rubia como la cerveza, llamada Cleis. Muy enfermo del corazón, por no dejar a la niña sin amparo, contrajo matrimonio con su ama de llaves, una respetable señora, viuda también, que tenía dos hijas, Lotta y Regan, y parecía querer mucho a Cleis.

Yo sabía que esa pájara de cuentas, lejos de querer a Cleis, la odiaba, que sólo fingía. Pero no dije nada. Total, ¿quién iba a escucharme? Poco después el doctor murió y la señora quedó a cargo de su casa y de las tres niñas.

Tras los funerales, dejó de fingir. Contrató a un leguleyo sin escrúpulos, quien hizo maraña con el testamento, despojando a la huerfanita de su herencia. No conforme con eso, la ex ama de llaves relegó a Cleis al cuartucho de atrás de la cocina, le quitó sus juguetes, le cambió sus baticas por unos andrajos y la puso a cocinar, barrer pisos, fregar ollas, lavar, planchar, etc., de la mañana a la noche, día tras día. Abrumada, la niña abrió la boca para protestar por aquel abuso. Pero su madrastra se la cerró de un sopapo.

Aborrecía a Cleis por su belleza. Rabiaba al compararla con sus hijas, ahora aposentadas en la antigua alcoba de la rubita, con baticas finas y otros privilegios. Lotta, la mayor, era una fea del montón, gordezuela y con esa mirada opaca de las personas muy obtusas. Era engreída y chillona, y se la pasaba hostigando a Cleis. En cuanto a Regan, sí que era fea con ganas: escuálida y jorobada, bajita, con ojos de búho. Taciturna como ella sola, nunca le dirigía la palabra a su hermanastra, ni a nadie. Pocos la oyeron hablar alguna vez.

Aunque a primera vista podría parecer que sí, Cleis jamás se resignó a su desventura. A los 15 era toda una experta en labores domésticas. Tanto así, que empezó a lavar y planchar ropa, a escondidas de su madrastra, para otras señoras de nuestro pueblo. Sin descuidar los quehaceres de su propio hogar, desde luego. Esas otras señoras, a diferencia de la ex ama de llaves, le pagaban por su trabajo. No mucho, pero le pagaban. Y la huerfanita iba reuniendo poco a poco el dinero, con la idea fija de comprar en la estación ferroviaria un boleto de ida para subir al tren y escapar de aquí para siempre.

Tenía un sueño secreto: convertirse en actriz de telenovelas. Con aquel rostro de ángel, las piernas largas y el busto espléndido, a los 17 ya era lo que se dice una rubia de lujo, una Marilyn. Cualquier canal de TV la hubiese contratado como “damita joven”, o sea, la dócil heroína del culebrón que se la pasa llorando cual Magdalena durante los primeros 499 capítulos y sólo triunfa en el 500, que es el último. Pero Cleis encontraba eso de lo más aburrido y estúpido. Para desdicha ya tenía de sobra con su propia vida. En TV anhelaba interpretar a la “villana”, es decir, a la tipeja maligna que goza de lo lindo cometiendo toda clase de tropelías durante los primeros 499 capítulos y nomás cae en desgracia en el 500. Claro que por su look era harto difícil que le dieran a ella ese papel.

Yo conocía el sueño secreto de Cleis (no me pregunten cómo, simplemente lo conocía) y esperaba que ella, pese a los múltiples obstáculos, lograra algún día hacerlo realidad.

A un par de millas de nuestro pueblo, cerca de la colina, hay una mansión donde años atrás un multimillonario aterrizaba de vez en cuando en su helicóptero y se quedaba a pasar el fin de semana. Era un tipo superexclusivo. No se relacionaba con los lugareños ni para darles empleo, pues hasta sus criados venían de afuera. Por eso nos sorprendió tanto en el otoño de 19…, poco antes del cumpleaños 18 de Cleis, cuando anunció, a través del diario local, una gran fiesta que ofrecería en la mansión, a la cual estábamos invitadas todas las jóvenes solteras de la comarca, entre las que –¡y esto era lo más fantástico!– eligiría él a su futura esposa.

Yo había visto una foto suya en la revista Forbes, donde lo entrevistaban a propósito de no sé qué negocio que se traía con un jeque saudí. Era un señor de treinta y tantos, bronceado y sonriente, muy carismático. Intuí, sin embargo, que algún fallo tendría, pues los tipos que salen en Forbes no se casan con muchachas pueblerinas. Pero no dije nada. ¿Para qué? En nuestro pueblo todas las solteritas se habían alebrestado con el anuncio. Andaban como locas, preparándose para la fiesta, a ver quién de ellas se llevaría el gato al agua.

La ex ama de llaves, truco mediante, encerró a Cleis en su cuartucho, para impedirle asistir al sarao del ricachón, donde sin duda les robaría a sus hijas aquel magnífico prospecto de marido. Bueno, se lo robaría a Lotta. Porque Regan, hay que admitirlo, estaba descalificada de antemano por su joroba.

En un principio Cleis no tenía en mente ir a la fiesta. Soñaba con ser actriz, no con pescar un millonario. Carecía, además, de ropa adecuada para la ocasión. Mas se enojó tanto con la vileza de su madrastra que, sólo por fastidiarla, se fugó por una ventana, invirtió sus ahorritos en un vestido que no sería muy Óscar de la Renta pero al menos era nuevo, hurtó un par de zapatos de Lotta (calzaban el mismo número) y se fue a la mansión haciendo autostop.

Por mi parte, no me hacía ilusiones acerca de mis aptitudes para seducir al magnate. Pero imaginaba que en su fiesta servirían trufas, caviar y otras delicias, de modo que partí en bicicleta rumbo a la colina.

La mansión era inmensa y opulentísima, como el palacio de un príncipe. Mármol, cedro, muebles de diseño, lámparas halógenas, obras de arte moderno, camareros que iban y venían diligentes. Había cientos de muchachas, ya que no sólo estaban las de nuestro pueblo, sino también las de los otros pueblos de la comarca.

Nadie se molestó en presentarnos formalmente una por una. Se respiraba un aire de suma tolerancia, quizá porque las mamás no habían sido invitadas. Y las jóvenes, claro, aprovechamos para portarnos mal. Yo, por ejemplo, me soplé enseguida no sé ni cuántas copas de Dom Perignon. Ya había cogido perra juma cuando irrumpió Cleis, con el pelo suelto, más bella que nunca.

Debido al champán, mis recuerdos del aquelarre son muy fragmentarios. El estupor de Lotta ante la fulgurante aparición de su hermanastra. El príncipe azul en lontananza, idéntico a su foto en Forbes. La música de Nirvana, la banda de moda por aquel entonces. El millonario bailando con Cleis en el centro de un salón a oscuras, con lucecitas de colores que giran veloces en una onda de lo más psicodélica. Risas, cigarrillos, copas. La rubia y el príncipe, besándose en la boca enfrente de todos.

Alguien bajo una mesa, esnifando polvo boliviano. El ricacho y la huerfanita, enredados como pulpos, perdiéndose escaleras arriba. La histeria de Lotta al verlos (aunque sus alaridos no se oyen, gracias a los de Kurt Cobain). Yo, alejándome en zigzag con una botella de champán que he rapiñado. Mareada pero feliz, doy un traspié que casi me caigo en la piscina. Yo, en el jardín trasero con mi botella, ocultándome tras unos matojos, sabrá el diablo por qué.

De súbito reaparecen el anfitrión y Cleis. No me ven. La huerfanita viene huyendo, el magnate la persigue. Ella tiene el vestido rasgado de arriba abajo. Él lleva pantalón y corbata, pero no camisa. Ella, con cara de pánico. Él, con jeta de maníaco. ¡Dios mío! ¿Estaré alucinando? Ya la alcanza, la coge por un brazo. Ella se vira y le encaja un rodillazo en la entrepierna. Él aúlla, la suelta, se cae.
–¡Hijoeputa! –le grita Cleis.
Y escapa, a toda prisa, largando un zapato por el camino.

Al día siguiente, leímos otro anuncio en el diario local: el magnate se casaría con la joven a quien le sirviera un zapato que él había hallado en el jardín trasero de su mansión. Ya andaba con un criado, zapato en mano, recorriendo la comarca en pos de la afortunada.

Las solteritas, comenzando por Lotta, se entusiasmaron de nuevo. Cleis, por el contrario, se aterró. Tanto, que le pidió plata a su madrastra para subir al tren de inmediato y borrarse del mapa.

–Ése –dijo, muy nerviosa– me busca a mí. Y no es tan gentil como parece. ¡Quia! Es un enfermo, un demente… ¡Ayúdeme, se lo ruego!

A la señora le importaba un bledo lo que el millonario le hubiese hecho a su hijastra. Pensó que ésta seguramente lo había provocado. Pero igual le dio el dinero para un boleto de ida, pues calculaba que, sin la odiosa huerfanita de por medio, tal vez el ricacho se fijara en Lotta.

Cleis se marchó de nuestro pueblo aquella misma tarde. Fui a la estación a despedirla, en silencio. Recuerdo que me sonrió, un tanto asombrada.

El zapato de marras le servía a media comarca. Lotta ganó aquel certamen sólo porque tenía el otro zapato. Por consejo de la señora, además, se había teñido el pelo de rubio.

El magnate la miró perplejo. La recordaba distinta. Aun así, acabó comprometido con ella. Y la ex ama de llaves, jubilosa, creyó haber realizado una jugada maestra. Yo sabía que no. Pero no dije nada, como de costumbre.

Ni boda hubo. Una semana después de oficializado el noviazgo, el cadáver de Lotta amaneció flotando en la piscina de la mansión. Tenía marcas de golpes y de ligaduras en las muñecas y los tobillos.

Gracias a su ejército de abogados, el millonario consiguió evadir la acción de la justicia. Aunque de poco le valió, pues al año siguiente perdió el control de su helicóptero, que él mismo pilotaba, y se estrelló contra la colina.

La señora hubiera disfrutado muchísimo aquel espectáculo, con explosión, fuego y demás. Pero ni se enteró. Tras la muerte de Lotta había enloquecido al punto de ser recluida en un manicomio, donde aún permanece.

A Cleis no he vuelto a verla. En cambio, escucho a menudo su voz grave, aguardentosa, que es la idónea para una “villana” de radionovela. Debe ganar un dineral, pues ha tenido un éxito enorme en la radio, interpretando arpías de toda laya. Creo que a veces imita el estilo de su madrastra, je je.

Y en cuanto a mí, Regan, sigo acá, en nuestro pueblo, observando la vida con mis ojos de búho.

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