Mi profesión me permitió recorrer el mundo, hasta los rincones más inesperados, y dos de las situaciones más extrañas las viví en Indonesia. A comienzos de los setenta, cuando estaba en Rosario Central, viajamos a Yakarta a disputar un cuadrangular. Ya en la previa nos habían advertido que no les tocáramos la cabeza a los rivales porque, según sus costumbres religiosas, era una especie de ofensa para ellos. En un momento del partido, uno de mis compañeros, no sé si por olvido o por joder, se acercó a ayudar a un rival que se había caído en la disputa del balón y le tocó la cabeza a modo de disculpa. Ahí hubo un pequeño tumulto con discusión. Ellos nos querían explicar y nosotros hacíamos como que no entendíamos. Ya al final íbamos ganando, nos tenían medio arrinconados, nosotros nos sentíamos ahogados y, como de alguna manera había que terminar el partido, a otro de mis compañeros no se le ocurrió mejor idea que volver a tocarle la cabecita a un rival. Ahí sí ya no hubo manera de explicar nada y se armó una batalla campal, todos a las piñas y manotazos. Fue la gresca más importante que me tocó vivir.

Unos veinte años después, en 1996, fui a terminar mi carrera al Pelita Jaya, también en Indonesia. Era jugador y técnico a la vez, el primer equipo que dirigí. Íbamos primeros y teníamos que visitar al segundo. La cancha de ellos estaba que explotaba. Y afuera era una locura de gente. Hicimos el calentamiento en el campo, después nos metimos en el vestuario para ponernos la ropa y, cuando volvimos a pisar la cancha para jugar, habían abierto los portones y estaba el campo lleno de gente. Encima, en vez de ponerlos en la pista de atletismo, los ubicaron al lado de la línea de cal. Yo me puse un ratito en el equipo y salí, en realidad ya no tenía más ganas de jugar en esa época, me picaba más el bichito de entrenar y preparar el equipo. Para sacar el lateral les tenías que pedir permiso a los espectadores. Una cosa de locos. Desde las tribunas tiraban piedras, allá son muy salvajes. 

Mis jugadores estaban tan pero tan cagados que a los 15 minutos ya perdíamos 3-0. En realidad, apenas vimos el panorama les dije: “Bueno, muchachos, ¿qué hacemos?”. Estaba claro: si perdíamos eran solo tres puntos pero al menos íbamos a poder salir de ahí. Igual, nos costó: nos tuvieron que sacar en un camión de Policía a todo el equipo.

Fue insólito, tan insólito como otras dos situaciones increíbles de mi vida. Una es de 1981, mientras estaba en River. Nació mi primera hija, le quise poner Natasha, pero en Argentina había una dictadura militar y me decían que era un nombre ruso. Y como estaba todo el tema del comunismo no me dejaron. Le puse Magalí. Hace unos años, en mi segundo matrimonio, me pude sacar las ganas y ahora mi hija más pequeña se llama Natasha. La otra es que durante más de 25 años no pude tocar la Copa del Mundo, porque Passarella no se la quería largar a nadie, hasta que hace dos años, en una gira promocional de una tarjeta de crédito, al fin me pude dar el gustazo.

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