Las cosas que haces por amor son inspiradoras, contagiosas, gratificantes. Te hacen sentir bien, realizado. Pero creo que es mejor evitar este tipo de acciones, porque siempre sale uno a deber. Y lo digo basado en mi experiencia y en varios casos que conozco de personas cercanas. Esas cosas solo funcionan en las películas y son inspiradoras para los espectadores. En lo posible es mejor hacer las cosas por dinero, necesidad o algún otro motivo. Eso es lo que les recomiendo a mis amigos y lo que trato de hacer, pero, desafortunadamente, me queda muy difícil llevarlo a la práctica, porque el amor es lo que me mueve. En estos momentos, por ejemplo, mientras escribo estas líneas estoy de viaje en una irresponsable misión por amor.

Las cosas que he hecho por amor me han dado tranquilidad, han aquietado mi conciencia. En el momento en que las hice, estaba convencido de que valían la pena. Luego me arrepentí de haberlas hecho. Cuando a la persona que amas, la que duerme contigo todas las noches, te la arrebatan de una una manera brusca, la secuestran, como le pasó a Íngrid, entonces sí que tienes que hacer todo lo que esté a tu alcance por amor. Es como si te arrancaran un pedazo. No hay resignación posible. Estás dispuesto a todo para recuperar a tu pareja. Es como estar en una carrera a muerte.

Pasado el trajín electoral, estábamos en plena campaña presidencial cuando los guerrilleros se la llevaron, y empecé a preocuparme de que la imagen de Íngrid se fuera desdibujando en el tiempo. La idea de que la invisibilizaran no me dejaba en paz. En lo personal, también me dolía su ausencia y por eso, en medio de esa confusión, tomé una extraña decisión: tatuarme su rostro en el brazo izquierdo. Fueron casi cinco horas de martirio, con pequeños descansos cada 30 minutos, pero el resultado fue perfecto: una imagen nítida e hiperrealista.

Estando en Cartagena, en casa de mi madre, ella me preguntó: “¿Te has puesto a pensar qué puede pasar si Íngrid no aparece y te enamoras de otra mujer? ¡A la nueva no le va a gustar que tengas su cara ahí, para toda la vida!”. El comentario me molestó porque lo que había hecho me parecía, en esos momentos de enamoramiento y desesperación, la mejor de las ideas. La verdad es que subestimé entonces el octavo sentido, que las madres tienen superdesarrollado. Diez años después, a petición de mi novia, me encuentro quitándome el tatuaje. Si hacérmelo fue doloroso, no se imaginan lo atroz que ha sido quitármelo, no puedo describirlo. Lo hacen con un láser y todo el tiempo huele a carne asada, pero lo que se quema es la piel.

Este es otro acto de amor, a menor escala, pero de amor al fin y al cabo. Por ninguna otra razón me hubiera sometido a semejante tortura durante varias sesiones. A mí me hubiera bastado con agregarle un parche en el ojo al tatuaje para transformarlo en un pirata, o una barba, o cualquier otro detalle como de disfraz para que hubiera quedado parecido a un personaje tipo Leonel Álvarez.

Tatuarme a Íngrid en el brazo fue lo más fuerte que hice por amor a ella, pero no fue lo único: cargar un dummy con su figura por todo el mundo para que la gente no la olvidara y no se desvaneciera su imagen, eso también fue amor, o desesperación. Otra cosa que hice por ella fue sentarme a esperarla, durante varios días, en un lugar donde supuestamente iban a liberarla: la desembocadura del río Putumayo en el Amazonas, en medio de una mosquitera malsana. Allá agarré paludismo. Y cuando ya estaba que tiraba la toalla, mamado de hacer cosas por amor, saliendo a deberle a todo el mundo, se dio el milagro de su rescate. Y suceden cosas que te sorprenden y entonces te das cuenta de que no estabas equivocado, sino con la equivocada. Así que pasas la página, dejas todo atrás y continúas el camino, siempre con acciones de amor, confiado en que esta vez no saldrás a deber.

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