Antes de abrir su valija azul, acomodada sobre la mesa redonda de la sala de estar, Óscar Borrás pidió que lo esperara a que se bañara. Aunque el aire del salón se sintiera más cargado que el calor de mayo de las calles en Barranquilla, él regresó usando la camiseta rojiblanca del Junior, calcetines gruesos de algodón con chancletas, y pantalones negros y largos. Solo después de limpio y peinado se sentó, si no para contar su vida, más bien para mostrarla contada por los periódicos. En las portadas de los suplementos deportivos que iba apuntando, su cara aparecía dentro de la boca de un tiburón hecho de alambre y papel. Durante 40 años, cada vez que el Junior de Barranquilla jugaba, él equilibraba en la cabeza el disfraz que lo transformaba en el Tiburón, la mascota del equipo de corazón de alcaldes, reinas de belleza y del nobel Gabriel García Márquez. (El pueblo que se inundó para siempre)

Borrás nació en Barranquilla hace 64 años, pero pasó parte de su niñez y adolescencia huyendo de casa y de las peleas maritales de sus padres. A los 9 años se escapó a Bogotá, pasó por Medellín, Cali, y a los 14 partió desde el puerto de Buenaventura como cocinero de un carguero, para regresar tres años después, tras haber conocido Venezuela, México, Estados Unidos y Australia. Borrás confirma su historia al sacar de la maleta un pedazo amarillo de diario: “Se busca niño perdido”.

En cuatro décadas, Borrás se casó, tuvo cuatro hijos, perdió uno de ellos, cambió de empleo tres veces, pero nunca dejó de ser el Tiburón. La secuencia de fotos en papel de diario muestra su pelo blanqueando dentro de la boca dentada del muñeco. Los papeles amarillentos cuentan también el caso de un fan apasionado y dedicado que no pudo seguir adelante con su show por una decisión que cree autoritaria y arbitraria de la dirección del Junior de Barranquilla. El año pasado no renovaron su credencial para entrar libremente en el campo, y el equipo contrató a un nuevo Tiburón, de plástico inflable, manipulado por un hombre más joven. Dijeron que Borrás se estaba haciendo viejo, que estaba enfermo, pero él dice que no era así. Para este caso muestra otro informe que dice: “El Tiburón Borrás pide un adiós digno”. El describe a Willie, el tiburón que lo reemplazó, así: “Parece un aborto de delfín”.

Es una máxima decir que el Junior de Barranquilla es la “querida” de la ciudad: aman al grupo cuando juega bien, pero cuando no, lo maldicen y prometen no volver. Por supuesto, regresan aún más enamorados. La frase fue acuñada por el escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, lo que Borrás no sabía. A pesar de que le fue robado el derecho a ser el Tiburón, un personaje que él inventó e hizo famoso, todos los domingos de partido corre la cabeza del Tiburón, se pone en la puerta de casa, prende la televisión y ora por su equipo, por el que sigue apasionado. “Pero no voy al estadio; se me hace muy duro que hoy ni siquiera me dejen entrar”.

Borrás habla de los jugadores junioristas como si fueran héroes de capa y espada. Más que entretenerlo, vibrar por el equipo es una retaliación por los comentarios que escuchaba acerca de los costeños en su tiempo de niño fugitivo: “Nos decían mamaburra a los costeños, así. Pero cuando juegan contra Junior, lo respetan”.

La historia del fútbol en Colombia tiene poco más de 100 años y empieza en Barranquilla, enseñado a los locales por trabajadores ingleses inmigrantes a principios de 1909. El periodista barranquillero Ahmed Aguirre, fanático del Junior, fue quien rastreó esa historia y acuñó que Barranquilla es “la cuna del fútbol en Colombia”. La historia del Junior comienza poco después, en 1924, cuando 18 jóvenes se separaron del equipo Juventud para crear el Juventud Junior, que después se quedó solo con el nombre Junior, con el cual es conocido mundialmente por haber sido cinco veces campeón nacional. (La virgen que vivía en una hoja de plátano)

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Antonio Abello Roca es un ex en todos los títulos: exjuez de la República, exgobernador, exrepresentante a la Cámara, exministro de Comunicaciones y expresidente de la Federación Nacional de Algodoneros. Ahora está retirado, pero sigue siendo hincha del Junior, aunque también es exconsejero directivo del equipo. Su apartamento ocupa todo un piso del barrio El Prado. El aire acondicionado sumado a un silencioso abanico de techo y el río Magdalena a la vista desde la ventana son una improbabilidad en la caliente y ruidosa Barranquilla. Abello miraba la final de la Copa del Rey de España mientras señalaba al argentino Messi y al brasileño Adriano en la pantalla, utilizándolos de ejemplo de cómo la inflación salarial de los jugadores en Europa hizo que Junior perdiera la tradición de contar con un equipo de nacionalidad plural, en consonancia con la personalidad de Barranquilla: pequeña, pero cosmopolita. “Lo llamábamos El Dorado cuando Colombia se quedó afuera de la FIFA y podía traer a los mejores jugadores brasileños y argentinos sin pagar la tasa. Era casi una piratería de jugadores. Ahora, con la recesión, no compramos ninguno y aún exportamos los nuestros”.

Abello buscó en su oficina un libro sobre la historia del Junior y contó que la brasileña siempre fue la nacionalidad más común en el equipo. En 35 años de trayectoria profesional, Junior tuvo 63 jugadores brasileños. Hoy en día, hay uno solo, Anselmo de Almeida, suplente en la defensa. “Y no sé si es brasileño —desdeña Abello—. Me dijeron que es del sur de Brasil, casi como uruguayo” —dijo, riéndose. El registro del paso por el Junior de míticos brasileños como Garrincha, Dida y Quarentinha está en el libro que él miraba y en los diarios de época. Pero el que más representó el espíritu de ser de “la querida” de la ciudad fue Heleno de Freitas —lindo y loco—, considerado el Pelé de su época y denominado Gilda, como el caprichoso personaje del cine.

Dicen que Heleno hacía goles de cabeza sin dañar el copete, para el goce estético de hombres y mujeres. A veces no se movía, retaba a árbitros y a entrenadores, se iba del estadio en taxi para no compartir el autobus con el resto del equipo. Heleno fue contemporáneo del joven escritor Gabriel García Márquez en Barranquilla. No fueron amigos, pero compartían la misma dedicación a la estética. “El doctor de Freitas —que debe haber sido un buen abogado— redactó esta tarde, con los pies, memoriales y sentencias judiciales no solo en portugués y español alternadamente, sino también citas de Justiniano en el más puro latín antiguo”, escribió Gabo en abril de 1950 en una de sus tres crónicas dedicadas al brasileño, que permanecieron en la posteridad dando fe del inicio del fanatismo de Gabo por el Junior.

Cuando terminaron los tiempos gloriosos, casi todos los brasileños regresaron a Brasil. Pero el carioca Othon Alberto da Cunha se quedó. Vive en una casa de planta baja con columnas al estilo griego y pasa las tardes hablando con sus vecinos en una silla de plástico puesta en la vereda. En una tarde reciente hablaba con el periodista Jorge Luis Peñaloza, que está escribiendo su biografía, cuando un taxista que él no conocía lo saludó con el coche en movimiento: “Señor Othon, mucho gusto”.

Othon jugó con otros cinco brasileños en el Junior cuando todavía no había límites para la participación de extranjeros en el equipo. En nueve años jugó 238 partidos y marcó 44 goles, decía mientras apuntaba a los viejos diarios que guarda en una caja junto a fotos de su tiempo de jugador, cuando la sede del Junior todavía era el estadio Romelio Martínez, que recibía hasta 20.000 espectadores por partido. Ubicado entre las calles 72 y 74 con carreras 44 y 46, al lado de una feria artesanal, el estadio es considerado un monumento nacional de Colombia y es hoy la casa del equipo Barranquilla Fútbol Club, de la segunda división. Cuando se dictó la norma que establece que solo cuatro extranjeros pueden jugar por equipo, Othon da Cunha aceptó naturalizarse colombiano para abrirle paso a otro jugador. Cuando llegó el momento de jubilarse, hace 46 años, se quedó en Barranquilla con su mujer y sus tres hijos. (La madre Teresa no quiere salir a la calle)

Así como Othon, todas las personas que encontré en Barranquilla en mi búsqueda del alma del hincha de Junior tenían una compilación de notas publicadas sobre ellos mismos en los diarios, y quisieron mostrármelas. A Elbert Cervantes, conocido por ser el hincha número uno del equipo, lo encontré en un bar y por eso no tenía su archivo consigo. Me pidió, así mismo, que más tarde buscara su nombre en Google para que pudiera leer las entrevistas que había concedido a medios internacionales. Vestido con unos jeans, zapatillas, un collar y pulseras con los colores del Junior y un tiburón tatuado en el brazo derecho, Cervantes, más conocido por el apodo de Mico, se acercó un poco más y me adviritió: “Pero es posible que encuentres que ya estuve en la cárcel”.

En 1999, durante una pelea en la calle, dijo, estaba con su hija cuando comenzó a ser molestado por tres hombres. En la riña fue apuñalado en el cuello y disparó un tiro a uno de los atacantes. Condenado a 18 meses de cárcel, pagó la fianza para cumplir su sentencia en libertad. Pero antes de terminar la pena, se peleó a puñetazos con el exentrenador del Junior, Luis Grau, y pasó 90 días encarcelado hasta conseguir dinero para salir.

Mico Cervantes fue ciclista a nivel competitivo, y viajó a Venezuela, Costa Rica y Argentina. Recuerda haber asistido al primer partido de fútbol en el estadio Romelio Martínez en 1968, y en 1986 vio al Junior vencer a la selección argentina, con Maradona incluido, en un partido amistoso de inauguración, al sur de la ciudad, en el límite con el municipio de Soledad, en el estadio Metropolitano Roberto Meléndez, el mismo que desde 1986 es la sede de Junior y la cancha principal de Barranquilla, con capacidad para 49.612 espectadores. A partir de ese momento, Mico se convirtió en un entusiasta fanático. Con otros doce amigos formó el grupo de Los Micos Junioristas y comenzó a ir al estadio con su cara pintada de azul, blanco y rojo.

Cuando vio al día siguiente su rostro en la portada de El Tiempo, Mico armó un plan. Empezó a cobrar hasta 500.000 pesos para usar camisetas con publicidad, pero como los fotógrafos pasaban a sacarle fotos del cuello para arriba, empezó a estampar la marca de las empresas en su cara. Con el dinero, seguía al equipo en otras ciudades y países. Se quedaba alojado en hoteles cinco estrellas e iba en el mismo autobús de los jugadores. Después de la pelea con el extécnico y del tiempo en la prisión, está más alejado del equipo. Sigue, así mismo, con el rojiblanco en la ropa. “Es que soy el embajador del equipo”, explica, contando entonces que su plan de vida es ingresar en el reality show El Desafío para ganar fans y un cupo en el Concejo de Barranquilla. (¿Que pasaría si... Cristiano Ronaldo fuera costeño?)

Era mayo y Mico Cervantes todavía vivía en el mismo apartamento, con vista a la Plaza de los Enamorados, en la calle Murillo, escenario de la pelea, del apuñalado y del balazo. Hacía siete partidos no iba el estadio porque andaba con problemas de amor. No ha dedicado a la mujer la misma fidelidad que al Junior de Barranquilla, así que ella lo dejó. “Descubrí que estar solo es estar muerto”, dice. Tampoco le gustaba el entrenador, José Eugenio ‘Cheché’ Hernández, y el equipo formado por él. Sin embargo, para desenredar su vida, no puede contar más que con la suerte. Mala suerte para que el Junior sea derrotado y el entrenador expulsado de su cargo, y buena, para que su mujer comprenda que, aunque su cabeza funcione de manera tortuosa, entienda que, al fin y al cabo, no es más que un apasionado.

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Desde que le fue robado el derecho de ser el Tiburón, Óscar Borrás pasa sus días manejando un taxi. Paga 60.000 pesos diarios por el alquiler del carro y suma, al final del mes, 900.000 pesos a los 2.400.000 que recibe hace 15 años como pensionado de la liquidada Empresa Municipal de Teléfonos. Tres meses después de hablarnos por última vez, él seguía sin ir a la cancha del Junior. No como el Tiburón, Borrás se volvió un poco rencoroso y la decepción se apoderó de él. Nunca demandó a nadie por el personaje que él inventó porque el sueldo apenas le alcanzaba para vivir, y pagar un abogado estaba fuera de su presupuesto, aunque siente que tendría todas las razones para ganar un juício.

“Antes yo iba al estadio vestido de Bruja Verón. En ese tiempo, Junior era conocido como Los Miuras, que es un toro de raza, bravo, duro”, recordó Borrrás, para explicar que el Tiburón surgió como idea, porque él era de un equipo de natación llamado Los Tiburones. “La gente lo asimiló porque aquí en Colombia, y más que todo en Barranquilla, hay una entrada llamada Bocas de Ceniza donde están los tiburones, en el encuentro del mar con el río Magdalena”. Lo que más enorgullece a Borrás es haber sido siempre una mascota pacífica. “Fueron años trabajando sin un acto de violencia”, cuenta. Aunque él experimentó la violencia ajena. Era 1995. Junior perdió contra Independiente Santa Fe tres goles a uno, en Bogotá, pero al final fue campeón. Borrás salía de la cancha cuando la barra contraria lo persiguió y acabaron con el muñeco. Por suerte, él tenía un tiburón de reserva en casa para conmemorar la victoria cuando llegó a Barranquilla. (Manual pa‘ que los cachacos se gocen el Carnaval de Barranquilla)

Sin embargo, el interés comercial vino para el mal y para el bien de Óscar Borrás. Junior usaba a Willie, el inflable, en contratos comerciales. Y él empezó a cobrar para hacer publicidad por su cuenta: iba a fiestas de niños, a inauguraciones de campeonatos, hasta que cobró 350.000 pesos para ir a una fiesta de un niño de la familia de los Char, dueños del Junior, y nadie lo volvió a ver. Lo echaron. Sin embargo, a mediados de agosto de 2012, Borrás recibió una llamada de su equipo, en la que le decían que si quería ser de nuevo la mascota del equipo.

“Sentía rencor, tristeza, desprotección. Yo soy la tradición y es una mala vaina lo que hicieron conmigo; mucha gente se resiente por eso. Yo lloro a veces”, cuenta. Pero como una querida, Borrás dice que regresará, sin rencor, aún más apasionado, pues su misión en la vida está clara: hacer felices a los fanáticos del Junior.

Texto escrito bajo la tutoría del periodista Jon Lee Anderson en el taller de Periodismo y Literatura ‘Crónicas de la Barranquilla de García Márquez‘, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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