“El 90 % de la población de Medellín enviaba droga con Pablo. Por eso nosotros estábamos en el narcotráfico”. La audiencia mira embelesada al primogénito de los Escobar. Nunca imaginaron tener tan cerca a un verdadero mafioso. No es que supieran de los pasos torcidos de Roberto, ni siquiera oyeron hablar de él, solo saben que es hermano de un gran capo.
El sesentón de estatura mediana y gruesas gafas, casi ciego y medio sordo que tienen enfrente, habla pausado, con la tranquilidad de quien sabe que ninguno de los extranjeros discutirá sus argumentos. Tampoco lo hicimos el fotógrafo de SoHo ni yo, reprimidos porque posamos de turista ocasional y acompañante.
“No queremos periodistas en este tour. Si vienen, necesitan un permiso especial”, repiten varias veces a lo largo del recorrido la guía y uno de los dos choferes que ese sábado conducen el rebaño. Acompañan la frase clavándonos los ojos y nosotros, incómodos, devolvemos la mirada con gesto anodino.
Pero arranquemos por el inicio del Tour de Pablo. “¿Hablan inglés?”, pregunta una mujer entrada en años que se presenta como la guía, antes de abordar la van que nos recoge en un paradero de taxis de El Poblado. “Es que el tour lo hacemos en inglés”, agrega. Asentimos y emprendemos la ruta para recoger al resto del grupo.
Mientras esperamos a los extranjeros en el primer hostal, el chofer nos muestra DVD piratas sobre el capo. “El de Los dos Escobar es el que más se llevan porque tiene letreros en inglés”, indica.
Para animar la compra, saca el arma secreta que esgrime cuando los indecisos se tornan recalcitrantes: No solo cuesta 7000 miserables pesos, “tres dólares”, sino que el propio Roberto Escobar firma cada ejemplar y estampa su huella para validar la exclusividad del souvenir.
“Van a ver a Roberto Escobar en persona. Le enviaron una carta-bomba a la cárcel y al abrirla fue ¡pum!, y lo dejó casi ciego. Tiene 66 años y solo ve sombras. Es el que más lleva de la guerra, quedó vivo y sufriendo”, cuenta.
“Ah, bueno, me llevo dos”, respondo, imprimiendo cierto entusiasmo y pregunto si lo de la huella es marca de la casa o reminiscencia de los años de recluso. En lugar de contestar, el chofer ofrece cervezas y gaseosas para la venta. “Lo único gratis es el café a que invita en su casa el señor Roberto”, indica con una carcajada. Luego baja el tono de voz para compartir confidencias sobre la tribu Escobar y la vida traqueta.
“Gustavo Gaviria era mil veces más inteligente que Pablo y les aseguro que más rico porque era apretadito, no le gustaba gastar —asegura—. ¿Saben cómo surgió este trabajo? Un amigo que organizaba un recorrido normal sobre Pablo habló con Roberto y le propuso hacer un tour más completo, traer a los turistas a su casa-museíto. Le pareció muy buena la idea y ya vamos para dos años y medio. Todos los días tenemos 12, 15, 10 personas, casi todas extranjeras”.
Admite que admiró y anheló el temple y las riquezas de los capos, pero después de los entierros de unos, los carcelazos de otros y las discapacidades del Osito, prefirió renunciar a los sueños de amasar fortuna por la vía rápida. “Es mejor aguapanela encima de la mesa, sin miedo, que pollo bajo la cama —recita—. La mafia no es vida, uno sale con la esposa y los hijos mirando para todos lados. Preferible ganar unos pocos pesos mensuales pero tranquilo, que millones con problemas”.
Luego pasa a criticar el contenido de la serie de televisión sobre Pablo. “El 80 % es mentira. Pablo no decía a sus empelados ‘vea, maricón’, ‘corra, cabrón’. Era muy decente hablando y hablaba muy poquito. Y Gustavo Gaviria y Roberto Escobar nunca se metieron a un banco a atracarlo”.
La aparición de los extranjeros interrumpe la conversación. Australianos, gringos, holandeses, irlandeses, noruegos y británicos componen, con nosotros dos, el grupo de 16 de esa jornada, a 90.000 pesos por cabeza. La mayoría son varones con aspecto de recién graduados o empleados de tipo medio.
La estrella del recorrido es el encuentro con el primogénito de los ocho hermanos Escobar. “Un amigo que estuvo ayer me dijo que es emocionante estar con un mafioso tan importante”, comenta un gringo que roza la treintena y que voló de Nueva York a Medellín con otros tres amigos para celebrar en la capital antioqueña su cumpleaños.
Solo una inglesa que recorre Sudamérica y cuyo destino final es Buenos Aires, donde trabajará para una multinacional, conoce algo de los carteles, los capos y su despiadada violencia. “Estamos en Medellín, la ciudad de Escobar, por eso quise venir. Yo solo conocía su nombre”, interviene una joven australiana.
La primera parada es un edificio alto, blanco, abandonado, sin ventanas, cubierto su primer piso de grafitis. En cuanto reúne al grupo, la guía dibuja a grandes brochazos unos pocos episodios de la vida de Pablo, rebuscando aspectos que considera positivos sin ocultar el terror que sembró entre sus conciudadanos.
“En este lugar vivía Pablo con su familia. Les avisaron que pondrían una bomba y escaparon. No había nadie cuando estalló, pero no alcanzaron a sacar la colección de carros”, rememora. Como no encuentran un solo signo de extravagante opulencia ni de violencia exacerbada, nada que recuerde a sus dueños y al hampa, es un edificio de tantos, la manada se aburre pronto. Enseguida enfilamos camino del Montesacro, al otro extremo de Medellín.
Junto a la capilla del cementerio encontramos un cuadrilátero cubierto de un grueso pasto. En la cabecera, bien alineadas, cinco lapiditas. “Pablo Escobar’s gravestone”, anuncia la guía, impasible ante la nueva decepción colectiva. Ningún mausoleo con ínfulas, ni tumba loba y ostentosa.
Si hubieran arribado un lustro atrás, les habrían traducido la inscripción que doña Hermilda Gaviria mandó grabar sobre la lápida de su retoño favorito, el único de los ocho que multiplicó al infinito sus genes cargados de ambición pecuniaria. Del papá “solo heredó la honradez”, me comentó la señora con desdén hace 12 años, en el décimo aniversario de la muerte del capo. La mujer de piel tersa por obra de las cirugías y cabello color lila, interpretaba el papel de madre serena y resignada con un toque de honda tristeza. Se puso delante de la lápida de mármol blanco que rezaba: “Mientras el cielo exista, existirán tus monumentos y tu nombre sobrevivirá como el firmamento”.
Pero en el lustro pasado diseñaron una última morada tan insulsa que nuestro grupo se las ve y las desea para captar una imagen que llame la atención en sus redes sociales.
La guía explica que dos fueron las razones del cambio. Hacer sitio para doña Hermilda, fallecida en 2007, y exhumar los restos de Pablo con el fin de hacerle la autopsia.
“Se mató el 3 de diciembre de 1993, cuando vio que la policía lo iba a agarrar. Los dos primeros tiros fueron de los agentes, pero el último se lo disparó él en el oído derecho. Los británicos, franceses y la DEA de los Estados Unidos aportaron mucho capital, mucha tecnología para matar a Pablo Escobar, y era más fácil decir que lo mataron ellos y la policía colombiana”, relata sin pasiones.
“Decenas de ciudadanos vienen cada domingo a pedir favores en la tumba que Pablo compró en el 70 para los familiares más cercanos y otra para los primos”, agrega. Junto al mafioso yace Fernando, el hermano menor. “Murió a los 18, en su graduación, porque Pablo le regaló uno de sus 50 carros de carreras y no lo sabía manejar”. Después está la tía y a continuación, la madre, “el puente entre los pobres y Pablo”. Y suelta una teoría singular pero que cala entre los extranjeros.
Como la doña era maestra, comprobó que los niños comían mal y aprendían peor. “Fue la pionera en implantar un programa de alimentación escolar: si comen bien, aprenden mejor. Pablo le daba dinero y pagaba diez mujeres que preparaban el desayuno, un vaso de leche a media mañana y el almuerzo. Le mostró al gobierno ese camino y hoy día todos los colegios de Colombia tienen restaurantes así. Le agradecemos a la mujer que fuera la pionera”.
Por último, la guía recuerda a Limón, el único de los 25 guardaespaldas que acompañó al patrón en sus horas finales y también murió abaleado. El relato sigue con la retahíla sobre los primos Gaviria, pero ya nadie parece cautivado, necesitan signos claros de que están recorriendo los pasos del criminal más sanguinario y rico de la historia colombiana.

LA CORONACIÓN
El destino final es el hogar de Roberto Escobar, en Las Palmas. Ascendemos por una estrecha carretera que conduce a una casa aislada, rodeada de naturaleza. Tampoco es la mansión apabullante recargada de oros y lujos que esperaban los extranjeros, pero la promesa de compartir un café con un mafioso de carne y hueso compensa todo.
De aperitivo, la guía ofrece relato y foto en el carro donde Escobar y su primo Gustavo transportaron hacia Ecuador, Perú y Bolivia sus primeros kilos de coca allá por 1975, cuando conoció a su admirada Griselda Blanco —la Reina de la Coca— y a un tal Cucaracha.
También recuerda que la moto colgada en la pared es parte de una historia con final, yo creo que amañado. Pablo huye de la poli, salta del carro que maneja y hace el alto a un motorista humilde. “Soy Pablo Escobar y necesito su motocicleta”. El hombre no puede negarse. Esta vez los turistas miran fijamente a la guía, la historia los ha atrapado. ¿Dejará el multimillonario capo al pobre muchacho compungido y a pata?
“Tiempo después recibió en su casa un carro de 50.000 dólares de regalo de Pablo”. No llegan a las lágrimas, pero observo sonrisas aliviadas. Del garaje pasamos a la casa, una construcción de una sola planta, tamaño mediano, envejecida por los años. Un cuarto está dedicado a los triunfos deportivos del Osito, fanático del ciclismo. En una pared que conduce a la sala hay colgada una galería de retratos de Pablo y enfrente, retratos de sus papás y un señor de larga barba blanca. “Es el abuelo y era contrabandista”, informa la guía. Cuando señala la foto de Pablo y su hijo, posando ante la Casa Blanca, el grupo estalla en carcajadas. “El planeta los buscaba y miren donde estaba de paseo”.
Por fin llega el momento esperado. Cruzamos la sala, decorada sin gracia, impersonal, y en la terraza aguarda Roberto, sentado a una mesa, armado con un bolígrafo para firmar y poner la huella a las fotos del hermano —a 10.000 pesos el ejemplar— y a los CD.
Concluida la primera tarea, posa con los turistas. Uno a uno o en parejas, todos cumplimos el ritual. “Que vengan las muchachas bonitas”, dice sonriendo, pero se nota que no puede ver a quién le pone la mano en la cintura.
“¿Ya?”, pregunta en un par de ocasiones. “No, aún quedan unos”, responde la guía. Ella también anima a adquirir fotos. “Todo lo que recaudemos es para los niños de la Fundación del Sida del doctor, para atenderlos”.
Terminada la etapa, pasamos a la sala para la sesión de preguntas. Roberto, parado, aguarda que disparen.
“¿Qué pensó la gente de Medellín cuando supieron que ustedes estaban en el negocio del narcotráfico?”, quiere saber la joven australiana.
“En Medellín nadie decía nada porque el 90 % de la población enviaba droga con Pablo. Pero cuando Pablo ingresó a la política, que fue el peor error de él, la política se vino encima y ya el narcotráfico era malo, antes no porque todos recibían plata”, afirma.
Otro pregunta si la imagen de amigo de los pobres no la empañó la violencia. “Muchas de las cosas que sucedían en Colombia las hacía el gobierno y se las adjudicaban a Pablo. Igual que lo que hicieron con Hussein para poder invadir su país. Que tenía la bomba atómica y no le encontraron ni siquiera una pistola en el bolsillo cuando lo cogieron. Pero vaya a todos los barrios populares y pregunten a cualquiera qué piensa”.
Para reafirmar la querencia popular hacia el capo, Roberto rememora su entierro. “Cuando Pablo murió, el cementerio se llenó y los carros no cabían en 4 kilómetros, unas 50.000 personas acudieron. Cuando mi madre murió, unas 10.000 personas”.
Se va cansando y hace signos de terminar la ronda. Pero un gringo pregunta la razón para ayudar a enfermos de sida, hubiera esperado una fundación de las víctimas del narco o de adictos a las drogas.
“Empezó la Fundación en 1987, al curar yo a un caballo que tiene una enfermedad similar al sida, anemia infecciosa equina. Luego, investigando, he desarrollado un medicamento para curar el sida y lo he patentado en Estados Unidos y ante la Comunidad Europea”, interrumpe para que traduzcan y en cuanto un norteamericano de origen dominicano lo hace, el Osito sigue. “La semana pasada vinieron dos científicos que quieren trabajar conmigo en otro proyecto contra el sida por hisopo radiactivo. Uno va a unir el hisopo con lo que yo produzco. Yo tengo todo el proceso para curar. Muchas gracias por haber venido al tour”. Estrecha unas manos y desaparece.
De regreso converso con algunos turistas. “A uno le muestran las dos caras de Pablo, tiene una visión más completa sobre su parte social”, dice uno. “¡Es cool tener las huellas digitales de un mafioso en mi CD!”, exclama una chica. “Si uno viaja por Colombia, debe saber las razones por las que Colombia tiene problemas” y, aparentemente, el recorrido exprés le sirvió para despejar dudas.
“Es un tour que nadie conoce, solo los mochileros —añade uno más—. Me impresionó lo del sida en lugar de drogadictos. Pero lo mejor fue conocer al hermano”. Ya cae la noche y de Pablo pasan a planear la rumba nocturna.
HACIENDA NÁPOLES
Si en el Tour de Pablo el interés es mantener vivo su recuerdo, los nuevos dueños de la Hacienda Nápoles invierten millones en enterrar sus huellas. Solo conservan las ruinas de la casa, unos cuantos carros oxidados, la plaza de toros, tres enormes figuras de animales jurásicos y la portada coronada con la famosa avioneta de su primer narcovuelo, pero incluso ese símbolo que tanto enorgullecía a Pablo está camuflado. Le borraron la matrícula y pintaron el aparato como una cebra para aclimatarla a la sabana africana en que quieren convertir buena parte de la finca-parque.
Aun así, decenas de conductores que circulan por la carretera Medellín-Bogotá se detienen para hacerse una foto.
De los animales que Pablo mandó traer para poblar su safari sobrevivieron cuatro o cinco hipopótamos que se amañaron al clima de Doradal, el corregimiento de Puerto Triunfo donde queda la finca. Se reprodujeron como conejos y ya son tantos —unos 30— que no saben qué hacer con ellos. A esos mamíferos que pasan sus días sumergidos en algunos de los lagos artificiales que Escobar mandó construir les han sumado micos, cebras, chigüiros, dantas, cocodrilos y varias especies más.
“Imagínese lo que debió ser Nápoles en su época, ese señor no era ningún chichipato, una siente admiración por Escobar, tenía una personalidad muy guapa”, opina entusiasmada Nilsa Cardona, una bonita quinceañera de Yarima, corregimiento de San Vicente de Chucurí, Santander. Acaba de llegar, tras pasar ocho horas en una buseta con otros vecinos de su pueblo atraídos por la serie de televisión.
“Construyó cosas bonitas con la sangre de los inocentes —tercia una mujer de la misma población—. Una piensa que fue a dar al infierno”.
En Nápoles solo encuentro colombianos. A todos les gusta recorrer la casa derruida del capo, que los propios lugareños dejaron en el esqueleto buscando guacas, y observar las fotografías de sus incontables actos de barbarie. Pero más que quedarse con su salvajismo, intentan imaginar las riquezas de antaño, los lujos, entre las ruinas de un imperio mafioso que dejó de legado una cultura que aún no se sacude Colombia.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.