La vocación. En la familia de Gelvis Santamaría hubo siempre interés por el deporte. A sus padres les gustaba; él alguna vez practicó el básquetbol. Por eso, colgó en su cuarto un afiche de Michael Jordan en sus buenos tiempos de los Chicago Bulls. Pero, no podía faltar, tenía un tío que montaba en bicicleta y empezó a ponerle atención. "Me gustó la bicicleta y comencé a entrenar, a salir, le cogí cariño". Y un día, llegó el gran impulso: una bicicleta Vitus, para él y su hermano, regalo de su papá. Empezó a salir cada ocho días, al Carmen de Apicalá, a La Mesa. Con los días el gusto fue creciendo. Entonces, "cada ocho días" fue muy poco. Se metió a la Liga de Ciclismo de Bogotá, montó más seguido. Cuando salió del colegio e ingresó a la Escuela Colombiana de Carreras Intermedias para estudiar Ingeniería de Plásticos, escogió la jornada nocturna para poder entrenar en las mañanas varias horas, como lo hacen los ciclistas profesionales. Y ahora, en su cuarto, al lado de su bicicleta Genios, la dulce compañía con la que duerme, hay también otros dos afiches: de Lance Armstrong, el gran campeón, y de Oscár Sevilla, alguna vez el mejor novato de la Vuelta a España.

Como un profesional. Vive y entrena como si fuera un profesional, pero no lo es. No todavía. No corre en un equipo de marca que le pague un sueldo fijo y le financie la costosa dotación que necesita un ciclista: al menos una bicicleta de diez millones de pesos; otra para entrenar de tres millones; el casco, las gafas, las zapatillas y el uniforme, que pueden llegar a sumar otro millón y medio de pesos. Sin contar los viáticos, los hoteles, los desplazamientos y la participación en las grandes carreras. Él es un corredor de liga: "La gente no sabe una cosa, los ciclistas de nombre como Santiago Botero, Israel Ochoa, viven de esto, tienen sueldo mensual, les dan sus bicicletas. Nosotros somos corredores de liga, no tenemos un sueldo, la liga a veces nos apoya y nos lleva en algunas carreras; en otras nos toca pagar nuestras inscripciones. En una carrera como la Vuelta al Valle, que dura cinco días, hay que pagar el transporte, la alimentación, el acompañamiento. Sin esto es difícil porque quién le pasa a uno agua, quién lo ayuda con un pinchazo. Esa es la diferencia con un equipo de marca".

Quemar las naves. Cuando terminó su carrera de ingeniería de plásticos trabajó un tiempo en su profesión. Pero ya no podía entrenar como antes. Tuvo que elegir: lo que había estudiado o el ciclismo. A los 25 años, eligió el ciclismo. Desde el año pasado está dedicado de lleno a la bicicleta, entrenando cuatro o cinco horas diarias. Y lo puede hacer gracias al apoyo de su familia, que retribuye ayudándole a su papá en el taller de Volkswagen y a su mamá en el salón de belleza. Aunque necesita complementarlo con un poco de rebusque: vendiendo implementos o uniformes de ciclismo importados a gente conocida. Es que, definitivamente, se trata de un deporte muy costoso. Por estos días, le ha tocado entrenar con la bicicleta de competencia porque la de entrenamiento está varada por un repuesto que vale más de $600.000. La liga a veces da bonificaciones, pero son escasas e insuficientes para sus necesidades: "Aquí falta mucha oportunidad para salir adelante". Sin embargo, está decidido a convertirse en un verdadero profesional del ciclismo: no solo vivir para el ciclismo sino vivir del ciclismo.

La meta. Correr en Europa, esa es su meta. "A la gente que ha ido allá se le nota. Nos llevan años de ventaja, en materia de técnica, de medicina. A cada ciclista le hacen la bicicleta y los uniformes a su medida, las zapatillas con su molde". Y ganan más. Acá, un buen ciclista élite de los grandes equipos de marca —Orbitel, Colombia es pasión, Lotería de Boyacá— gana entre dos y tres millones de pesos.

Correr en Europa, como su novia, la ciclista Laura Lozano, que pertenece al equipo italiano Chirio Forno D´Asolo y participó recientemente en el tour femenino. Ella, con quien habla a menudo y le da consejos y lo anima, le dice que a pesar de la soledad vale la pena. Laura era patinadora, pero un día descubrió el ciclismo y le gustó. Ganó la Vuelta al Valle, la Primera Clásica Nacional femenina, y se la llevaron.

Gelvis sabe que ganar aquí una prueba importante es el pasaporte para irse. Y sabe que está lejos de conseguirlo y que no hay mucho tiempo: tiene 26 años. Pero no se desespera. Piensa que la clave del triunfo se encuentra en la dedicación y en la preparación. Para él, el ciclismo es un deporte en el que a mayor madurez se anda mejor. Y no es ningún invento: José Castelblanco, Álvaro Sierra, Israel Ochoa y Libardo Niño, a su juicio los mejores ciclistas del país, pasan de los treinta. O de los cuarenta: a sus cuarenta años cumplidos, Hernán Buenahora fue este año subcampeón de la Vuelta a Colombia y campeón de la Vuelta al Táchira.

Preparación para la Vuelta. Dentro de sus planes era muy importante correr la Vuelta a Colombia que este año tenía varios incentivos: la participación de Santiago Botero —un ídolo que le podía devolver algo del fervor multitudinario que tuvo en el pasado— y un recorrido bastante exigente. Dos mil doscientos sesenta y un kilómetros, catorce etapas —una de ellas, Paipa-La Vega, de doscientos treinta y dos kilómetros—, los tradicionales puertos míticos de categoría especial y primera categoría: el páramo de Letras y los altos de la Línea y Minas. Una contrarreloj de treinta y cinco kilómetros y premios adicionales de diferentes localidades a quien pasara primero. "Hacía como diez años que no había una vuelta así", dice.

Quería ir y se preparó a conciencia. Corrió casi todas las carreras del calendario ciclístico nacional. Se entrenó en las montañas cercanas a Bogotá, porque el ascenso es su punto más débil. Hizo méritos y al final fue incluido en el equipo de diez ciclistas del Instituto de Recreación y Deporte de Bogotá —IDRD— dirigido por Oliverio Cárdenas. Desde luego, como gregario de los capos Fabio Duarte y Wálter Pedraza.

Además, un amigo muy querido, el ciclista Juan Barrero, había tenido un accidente en una Vuelta a Colombia —en la bajada de Manizales a Chinchina— y eso le traía malos recuerdos. Tenía que exorcizarlos.

La vuelta. Después de un prólogo en Barranquilla que ganó Santiago Botero empezó la primera Vuelta a Colombia para Gelvis Santamaría. Y empezó mal. En la primera etapa, Barranquilla-Aracataca, tuvo un pinchazo. Se quedó del lote que iba a gran velocidad porque su capo Wálter Pedraza había atacado y —para los otros equipos— él era de esos a los que hay que cuidar. Sus compañeros iban adelante y nadie espera a un gregario. El mecánico tardó mucho tiempo en llegar y no pudo volver a conectar con el lote. En total perdió veintiocho minutos. No le importó. De inmediato pensó que todavía quedaban muchas etapas y faltaba la montaña para la cual se había preparado.

Y en la tercera etapa, Barrancabermeja-Piedecuesta, consiguió salir de la cola. Era una etapa plana que terminaba en ascenso. Aunque perdió diez minutos con el lote principal, ese día la carrera se había partido en cuatro lotes y consiguió llegar en el segundo. Al otro día llegó la montaña: Socorro-Paipa, doscientos trece kilómetros. La esperada montaña que no fue nada fácil: se sintió toda la dureza de la Vuelta. Ahí, Fernando Camargo, de Paipa, el ganador de la etapa, tomó el liderato y Santiago Botero quedó décimo en la general. Hubo otras etapas duras como Paipa-La Vega, donde la lluvia fue inclemente, y difíciles como Manizales-Mariquita, donde se pasa por el páramo de Letras. Para Gelvis Santamaría, el vía crucis fue la etapa de Melgar-Bogotá, la más corta: ese día no tenía ritmo, no cogía el paso, las piernas no le respondían. Se dijo a sí mismo: "Voy a llegar a Bogotá, no me voy a subir al carro, no me voy a retirar". Y no quedó de último, quedó de penúltimo: puesto ochenta entre ochenta y uno. ¿Cuándo volvió otra vez a ser colero en la general? No lo recuerda con exactitud. "De pronto un día hay varias expulsiones, retiros y el nombre de uno aparece al final del boletín". No es algo tan dramático como parece. Y no se piensa en ser el último sino en otras cosas, más positivas: "Quedamos la mitad de los que empezamos". Justo en ese momento se recuerda que hace diez años, el campeón Santiago Botero quedó entre los últimos de la Vuelta a Colombia y que al año siguiente tuvo que retirarse. Un campeón es también el que no claudica y sabe esperar con paciencia.

La recuperación. ¿Por qué se fundió Gelvis Santamaría en la etapa Melgar-Bogotá y solo lo mantuvo en carrera la ilusión de su familia viéndolo terminar la vuelta? ¿Por qué Lucho Herrera, luego de una tremenda etapa en el Tour de Francia, al otro día pierde dieciocho minutos y la posibilidad de ser campeón? La clave del ciclismo es la recuperación y por eso el polémico tema del doping tiene que ver con la recuperación. Alguna vez en Madrid, el ciclista Iván Parra le dijo al periodista colombiano Luis Eduardo Barbosa: "En una carrera por días no es el que amanezca mejor, sino el que amanezca menos cansado". Cada día, el cuerpo va a estar más cansado y es el que mejor se recupere el que va a estar mejor, ahí reside la diferencia.

Después de que termina la etapa, que se han ido el público y los medios, empieza otra vida: la monótona rutina de la recuperación. Llegar al hotel, bañarse, almorzar —ensalada, arroz, pollo, pasta, un jugo, un postre: nada de fríjoles y poca carne—; esperar pacientemente el turno para el masaje —en el equipo de Gelvis había dos masajistas para diez ciclistas—; reposar un largo rato y a las seis cenar algo parecido a un almuerzo; ver televisión, jugar cartas un rato, llamar a la casa: llega la hora de acostarse para estar al otro día "menos cansado". Y así durante catorce días: la vida del ciclista se parece a la del monje.

La otra vuelta. El gregario debe tener claro que es un apéndice, sus consideraciones personales no tienen lugar. El que va a pelear la carrera es el capo y en el equipo de Gelvis el gran capo era Fabio Duarte. Y el principal objetivo de Duarte: pelear el título de mejor sub23 con el venezolano Jackson Rodríguez, del equipo Lotería del Táchira. Ese fue para el equipo IDRD el objetivo principal y esa fue la verdadera vuelta que él tuvo que correr: en función de su capo. Tenía que cuidarlo, acompañarlo, esperarlo, llevarle comida o agua desde el carro. Hacer bien la tarea que hacen los gregarios. Y este objetivo estuvo en peligro. Jackson Rodríguez estuvo por encima de Fabio Duarte y después de la dura etapa Paipa-La Vega este se enfermo debido a la lluvia. Había que ganarle y el ataque estaba previsto para la etapa Calarcá-Agua de Dios. No fue necesario, porque al venezolano se le complicó una molestia que tenía en la rodilla y terminó retirándose antes del ataque previsto. "De todas maneras, Duarte le hubiera ganado. Ese día estaba volando y ganó la etapa". El objetivo finalmente se cumplió y Fabio Duarte fue la figura de ese día, fue nombrado por todos. La gloria del ciclista es la gloria de un día. Y el gregario no tiene gloria: es la sombra de la gloria.

Los sueños intactos. Acompañamos a Gelvis Santamaría a una sesión de entrenamiento el lunes siguiente al que terminó la Vuelta. Es una sesión suave, para aflojar músculos. Empieza a las seis de la mañana. Sale de su apartamento, en el sector de Galerías y va hasta Patios, a siete kilómetros subiendo en la vía Bogotá-La Calera. Sube sin esfuerzo y aunque él no contabiliza el tiempo, contamos veinticuatro minutos desde la séptima. Para él, la vuelta ya quedó atrás y está pensando en lo que viene: el Clásico RCN, que tendrá la misma etapa Manizales-Mariquita en la cual Botero definió su triunfo. Le gustaría tener la oportunidad de prepararse allí. Después del entrenamiento conversamos un rato largo y habla de la experiencia que ganó en la Vuelta. Se le ve animado, con ganas. La meta de correr en Europa sigue en pie. Yo pienso en su puesto ochenta y uno, a más de cuatro horas de Botero y a doce minutos del penúltimo. En que hasta ahora su mejor desempeño ha sido ganar una prueba nacional de scratch en el velódromo Luis Carlos Galán. Pienso en si vale la pena tanto sacrificio y si de verdad podrá alcanzar su meta. Pienso en eso, pero le pregunto otra cosa: ¿cuál es el encanto del ciclismo? "No sé explicarlo, es como las ansias de estar ahí, de aguantar, de pelear una carrera. A veces uno sí se pregunta: ¿Dios mío, qué hago acá? Pero al final a uno le gusta. Yo creo que todos los corredores sienten lo mismo porque el que gana también sufre". Ahí está dicho todo. Me voy y lo dejo con sus sueños intactos.

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