El bajo que abre cada capítulo de Seinfeld no deja de sonar en mi cabeza. Es como una alarma que me sorprende en cualquier momento y que dejó de ser agradable para convertirse en una tortura dulce, como todas las obsesiones que uno se autoimpone en la vida.

La primera vez que sonó estaba en el cruce de Vessey y Broadway, en Nueva York, donde ocurre la serie que paradójicamente se filmó en Los Ángeles durante sus nueve años al aire. Parecía el timbre de un celular, pero estoy seguro de que era el bajo del show. Contesté y una voz dijo: "Hi, it‘s Kramer, you wrote me an e-mail yesterday".

Veinticuatro horas antes le había escrito un correo a Kenny Kramer, vecino durante seis años del creador de Seinfeld, Larry David, para que me concediera una entrevista. Un día después él tuvo la gentileza de llamarme. Tenía que ser él, ¿no? ¿Qué desocupado querría llamar a mi celular para hacerse pasar por Kramer?

Por Kramer, Kenny, aclaro. Hombre de carne y hueso en quien se inspiraron para crear a Cosmo, de apellido Kramer también, largo y torpe personaje de la comedia de televisión más vista en la historia de los Estados Unidos, e interpretado por el actor Michael Richards. La serie se hizo grande al tomar la corriente vida del neoyorquino promedio y llevarla lo más exactamente posible a la televisión. De 1989 a 1998, el arte imitó a la vida y fue terriblemente celebrada.

Dos días después, Kenny me citó en el Producers Club Theatre, pequeño teatro para no más de 50 personas, ubicado en la calle 44 oeste en Manhattan, de donde parte desde 1995 el Kramer‘s reality tour, gira creada por él para mostrar la realidad detrás de Seinfeld. Durante tres horas, Kramer muestra videos y rememora sus épocas de vecino de Larry David a bordo de un bus que recorre los sitios más representativos de la serie. Por la promesa de que después de hacer el recorrido nunca se volverá a ver Seinfeld igual, los fanáticos pagan 37,50 dólares. A mí, por ser periodista, me lo dejó gratis.

Uno conoce a Kenny e inmediatamente piensa en Cosmo. Qué alto es, qué flaco; y esa nariz. Tiene el pelo alborotado, pero no como el de la televisión, sino a su manera. Hay que esperar a que empiece a hablar, a moverse, a tropezarse y a proponer negocios inviables, pero sí, es él, puedo ver cosas de Cosmo en Kenny, cosas de Kramer en Kramer.

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Manhattan Plaza es un conjunto cerrado de dos torres de 46 pisos con apartaestudios y apartamentos de uno y dos cuartos, además de restaurantes, almacenes, canchas de tenis, piscina y un gran gimnasio, ubicado entre las calles 42 y 43, y las carreras 9 y 10, cerca de Times Square. Kenny Kramer, nacido en el Bronx hace 64 años, llegó a Manhattan Plaza en 1977. Venía de Coconut Groove, en Florida, y tenía claro que lo suyo era la comedia. Así, se puso a buscar en todo el complejo a personas afines, nada fácil en un lugar con 1.689 apartamentos y un 70% de sus inquilinos dedicados a las artes dramáticas. Dio con Larry David, que lo rechazó la primera vez que lo buscó para que trabajaran juntos. Siguió insistiendo y una noche, tras coincidir en una reunión de inquilinos, Larry tocó el timbre de Kramer para que fueran a almorzar. Intercambiaron material y consejos, ritual que se repitió un sinnúmero de veces.

Años después, David se mudó a Los Ángeles para trabajar en Fridays, una especie de Saturday Night Live hecho en California. Conoció a Michael Richards, quien más tarde sería Kramer en Seinfeld, pero el programa solo estuvo al aire dos temporadas, de 1980 a 1982, así que regresó a Nueva York con la intención de retomar el stand-up comedy y volver a vivir en Manhattan Plaza. Imposible. El sitio estaba lleno, pero Kenny, que vivía en el apartamento 4M, consiguió que David fuera roommate de su vecino de al frente, el del 4N. Un día, al vecino le salió un trabajo en Japón; regresaría al poco tiempo con muchos yenes, pero nunca lo hizo. Larry quedó con el apartamento. Algo comenzaba a fraguarse.

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Kramer, Kenny, suelta datos y uno no deja de sorprenderse. Viste una holgada camisa por fuera, una gorra hacia atrás y largo pelo gris. Kramer, Cosmo, nunca vestiría así; usaba siempre ropa vintage porque quería insinuar que al no tener un trabajo estable, no podía comprar ropa nueva. Kenny está rojo porque acaba de volver de unas vacaciones en la playa de México y es inevitable recordar aquel capítulo en el que Cosmo decide broncearse en la azotea del edifico, usando mantequilla en lugar de bloqueador (el primer episodio de la última temporada).

Durante la presentación en el teatro anuncia que hay un periodista colombiano entre el público, que está en Nueva York para hacerle un artículo. Dice que la revista se llama SoHo, que la vio por internet y que le agrada saber que un artículo acerca de él vaya a ser publicado junto a fotos de mujeres desnudas. En realidad usó en la oración la palabra tits (tetas), y fue como un campanazo. Este señor tiene chispa. El Kramer de la televisión hablaba y se movía como un tarado, y nunca hubiera dicho la palabra tits. Si lo miro bien, uno se desencaja de la risa con Cosmo, pero no es más que una burla hacia él. Kenny, en cambio, no permitiría que alguien se riera de él.

Tras un discurso de una hora comienza a ofrecer sus productos: tazas con su nombre, camisetas y calcomanías con leyendas como "Vandelay industries", la empresa ficticia que creó el personaje de George. La gente compra productos como si los estuvieran regalando, luego Kenny habla por celular con un tal Santos. Se trata de Germán Santos, caleño, chofer del bus del Kramer‘s reality tour desde hace diez años. En Nueva York pululan los colombianos, pero me alegra particularmente encontrarme con este, que me confiesa que no recuerda a ningún compatriota que haya tomado el tour.

El recorrido sale a pocas cuadras de Manhattan Plaza y pasa por la calle 55 con octava, justo al frente del Soup Kitchen International. Se trata del lugar que inspiró el capítulo del Soup Nazi, un señor que preparaba una sopa única pero que era muy estricto a la hora de atender a sus clientes; quien no obedeciera las reglas se quedaba sin sopa. El lugar, propiedad del iraní Ali Yeganeh, cerró años atrás, explica Kenny, y ahora sus recetas se venden congeladas en almacenes de cadena. La gente hacía fila de hasta 45 minutos para probar las sopas. En el local no había mesa, todo era para llevar. Yeganeh había ideado un sistema donde cada cliente entraba, hacía su pedido a la derecha, se movía hacia la izquierda, recibía su sopa, pagaba y se iba. El proceso, según sus planes, no debería durar más de minuto y medio por cliente. Mientras explica, Kenny saca una joya en forma de casete de VHS. Se trata de una entrevista con Ali Yeganeh donde, con ojos desorbitados y llenos de furia, dice que Jerry Seinfeld es un idiota sin talento y que arruinó su vida por haber incluido su local de sopas en el restaurante; que él era feliz y que ahora todo el mundo quiere ir a su negocio.

Del corazón de Manhattan a la 80 con Broadway, a H&H Bagels, el mayor productor de bagels de Nueva York, lugar donde Kramer —el de la serie— trabajó y luego se fue a huelga durante 12 años; a pocas cuadras, la casa original de Jerry —el de verdad y el de la serie—, en la 129 west 81st. street, Kenny cuenta que la fachada de la casa de Jerry en el show corresponde en realidad a la de un edificio de Los Ángeles, y que eso se sabe por los rombos debajo de cada ventana, refuerzos para que la construcción no se derrumbe en caso de temblor.

Luego subimos hasta Tom‘s Restaurant, conocido dinner de Manhattan hace más de 60 años. Tom‘s, el mismo del que habla Suzanne Vega en su canción Tom‘s restaurant, fue durante la existencia de Seinfeld la fachada de Monk‘s, la cafetería donde Jerry, George, Elaine y Kramer se reunían. Está en el upper west side, a pocas cuadras de la Universidad de Columbia y el fin de semana sirve de amanecedero a los que salen de fiesta. El sitio más representativo de la serie obliga a bajarse. Todos se toman fotos, los curiosos entran solo para desilusionarse: la fachada es la del programa, pero el interior no. La mesa donde los personajes se sentaban siempre fue un estudio en Los Ángeles. Gente de todo el mundo ha entrado a Tom‘s para llevarse la misma decepción. Yo había estado en el lugar dos veces antes, así que para esta tercera ocasión ya había superado el trauma.

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A finales de los años 80, Jerry Seinfeld, joven humorista del circuito de Nueva York que hacía excelentes monólogos, tenía la tarea de presentarle una comedia a la cadena de televisión NBC. Algunos lo llamaban "Mister, have you noticed?" ("Señor, ¿se ha dado usted cuenta?") por su estilo de hacer observaciones sobre las cosas cotidianas que podían ocurrirle a cualquiera. Sus apariciones en programas como Late night with David Letterman y The Merv Griffin Show le dieron al hombre de Massapequa, Long Island, relevancia nacional.

Jerry buscó a Larry David, a quien había conocido en 1976 en diferentes clubes de comedia, para que le diera una mano con la serie. Manejaban el mismo estilo de humor a pesar de sus siete años de diferencia. Pero mientras Jerry tenía una imagen de niño bueno, Larry significaba una amenaza para aquel que lo contratara, porque nunca se sabía con qué iba a salir en el escenario. La imaginación de Seinfeld y la neurosis de David fue la ecuación que le dio vida al proyecto.

¿Un show sobre qué? La pregunta la resolvió Larry. "Tú eres comediante y trabajas 40 minutos cada noche", le dijo a Jerry. "¿Qué ocurre en tu vida las otras 23 horas y 20 minutos? Ahí está tu programa".

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"Ahí está tu programa" es que es difícil encontrar en la historia de la televisión una serie escrita que sea una fiel copia de la realidad como Seinfeld. En la vida real, las puertas de los apartamentos 4N y 4M en Manhattan Plaza vivían abiertas, y Kenny y Larry se paseaban de un lado a otro cada vez que querían. Formaban una pareja inusual. Kramer nunca tuvo un empleo estable. Fue expulsado del colegio a los 17 años, vendió revistas puerta a puerta, hizo stand-up comedy, fue representante de un peleador de karate y de una banda de reggae, adecuó su apartamento como estudio de grabación y aseguró el tema económico en 1981, plena época disco, al inventar una joya electrónica. Como él mismo lo explica: "Contraté trabajadores con algún tipo de incapacidad, tomábamos aretes, les ensamblábamos una luz roja que costaba 15 centavos de dólar, una batería de reloj de 10 centavos y las vendíamos en las discotecas a seis dólares. La gente se enloquecía cuando brillaba en la oscuridad". Larry, en cambio, tenía visos de desadaptado. Pesimista, paranoico y calvo, su inseguridad era solo comparable con su inteligencia. Era común verlo subir al escenario, mirar al público, decir "I don‘t think so" ("no creo") y bajarse sin haber dicho un solo comentario chistoso.

"Juntos vivimos experiencias que después se volverían capítulos". Los televidentes se acostumbraron a ver al abusivo de Kramer entrar al apartamento de Jerry para vaciar la nevera, usar la televisión, dormir en la cama y hacer salchichas. Todo eso ocurrió, pero al revés. Era Larry, soltero, quien tomaba como suyo el apartamento de Kenny, mejor surtido por vivir con su hija. "Es cierto —nos cuenta— que me propuso dejar stickers en el apartamento con anotaciones de lo que había cogido sin permiso y cuánto debía por ello. Nunca pagó". (The seven, episodio N.º 123, séptima temporada).

"También es cierto que hicimos un concurso a ver quién soportaba más tiempo sin masturbarse; el primer eliminado fue un amigo de Larry que conoció a una modelo, la invitó a salir y la noche antes, pensando en cómo sería la cita, no pudo contenerse". (The contest, episodio N.º 51, cuarta temporada). "Es verdad que Larry encargó desde China un producto para la calvicie que olía peor que el infierno y que para hacer el pedido buscamos al muchacho de los domicilios de un restaurante chino. Yo mismo tuve la idea de filmarlo antes de comenzar el tratamiento para probar después su eficacia. Jamás le salió un pelo" (The tape, episodio N.º 25, tercera temporada).

"Larry renunció a un empleo, insultó a todos sus compañeros el viernes por la tarde, se arrepintió durante el fin de semana y, aconsejado por mí, volvió el lunes como si nada, pretendiendo que su ataque de cólera había sido un chiste". (Le pasa a George en The revenge, episodio N.º 12, segunda temporada). Ocurrió en Saturday Night Live. David fue libretista de 1984 a 1985 y su furia se desató porque nunca le publicaron los sketches que semana a semana escribía. En realidad solo le publicaron uno, después de la rabieta.

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El cambio de la vida real a la televisión se dio sin mucho problema. Seinfeld siguió siendo Seinfeld, Larry David se convirtió en George Costanza, Carol Leifer, ex novia de Jerry —comediante también— inspiró el personaje de Elaine Benes, y Kenny pasó a llamarse Cosmo.

El actor Larry Miller, en la realidad el mejor amigo de Jerry Seinfeld, presentó audición para el papel de George, pero el elegido fue Jason Alexander. Julia Louis-Dreyfus se quedó con el papel de Elaine, la ex novia de Jerry, y Kenny pidió ser Cosmo. Un día lo encaró y le dijo: "Larry, estás creando un personaje que se parece a mí, habla como yo, tiene ideas como las mías, ¿qué tal si yo hago de Kramer?". La respuesta no pudo ser más contundente. "No puedes ser Kramer, no eres el indicado". Para curarse en salud decidió bautizar al personaje como Kessler, apellido que no tenía la misma contundencia que Kramer. Kenny nunca lo entendió. "¿Cómo así que yo no era el indicado? ¡Yo soy Kramer!".

El piloto, llamado The stand up, salió al aire en julio de 1989 y aunque solo le fue bien entre los hombres jóvenes solteros, decidieron darle luz verde. La primera temporada tuvo apenas cuatro episodios, pero para la segunda le encargaron a David 25; Larry se puso a llorar cuando le dieron la noticia, no de la felicidad, sino pensando en el trabajo que se le venía. En total no fueron solo 25 capítulos, sino 180, además de diez premios Emmy, máximo reconocimiento de la televisión de Estados Unidos. El capítulo final fue un especial de una hora, emitido el 14 de mayo de 1998, el mismo día que murió Frank Sinatra (hay que imaginar la frustración de los que tuvieron que atenderlo ese día). Larry David dejó la serie dos años atrás con un estimado de ganancias superior a 250 millones de dólares. Y aunque muchos se quejaban de que los nuevos libretistas no tenían su humor, los ratings estaban más altos que nunca. Para la última temporada, Jerry recibía un millón de dólares por capítulo (hizo 22 en esa temporada) y, agotado, se dio el lujo de rechazar una oferta que no le hacen a nadie: una décima temporada de 22 capítulos, cada uno remunerado con cinco millones de dólares.

Seinfeld, una serie que se definió a sí misma como "acerca de nada" llegó a mover tanto dinero y a tener una audiencia promedio superior a los 20 millones de televidentes porque tomó a ese gran ejército de perdedores, personas entre 35 y 45 años, solteras, sin hijos, coladas en una sociedad donde la apariencia, el consumismo y el éxito lo es todo y los retrató en televisión. La pequeña caja de los idiotas le dio validez a un estilo de vida considerado de segunda, gente que se había quedado en la ciudad en vez de mudarse a los suburbios a fundar una familia.

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 ¿Y qué pasó con el verdadero Kramer? No clasificó para Seinfeld pese a su cercanía con Larry, pero no guarda resentimiento alguno. Cuesta creerle dado el éxito de la serie. Sin embargo, la intacta vitalidad con la que lidera su Kramer‘s reality tour 13 años después de haberlo inaugurado demuestra que como persona y personaje, Kenny goza de buena salud. El mismo Rudolph Giuliani aparece en el video de introducción de la gira, invitando a la gente a tomarla. Según Kenny, le bastó llamar a su despacho y esperar 20 minutos para que el hombre que gobernaba Nueva York cuando tumbaron las torres gemelas le diera su ayuda. El mismo Kramer, tal vez inspirado por Giuliani, quiso ser alcalde de Nueva York. Lanzó su candidatura en 2001 y obtuvo el apoyo de 2.620 votantes, lo que lo dejó de séptimo en un grupo de nueve candidatos.

Después de más de tres horas, Kramer ha cumplido las palabras que me dijo la primera vez que hablamos por celular. Luego de haber tomado el tour, ya no veo Seinfeld con los ojos de antes. Pero no sé, algo se perdió, lo disfrutaba más cuando no sabía los pequeños secretos. El bajo no se calla, sigue sonando en mi cabeza, pero siento que le hace falta una buena afinada.

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