La reciente aparición de Monica Bellucci desnuda ha recordado a los hombres adultos de todas las nacionalidades el poder imponderable de la belleza femenina. No solo la de Monica en particular, que no podríamos olvidar aunque quisiéramos, sino de la que anida en gran parte de las mujeres de entre 45 y 51 años. La expresión la uso para definir la reacción al desnudo de Monica en el universo masculino es: revolucionó las redes sociales.

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No sé cuál es la diferencia entre muchos hombres mirándola en sus computadoras o celulares y el éxito de la Playboy de papel entre nuestras manos adolescentes; pero por algún motivo que no termino de descifrar, la definición “redes sociales” me resulta irritante y falsa. Monica desnuda impactó en nuestros corazones, y a muchos habrá hecho preguntarse si la actual devoción por la juventud en las mujeres no es también una moda pasajera. La mayor parte de los hombres de entre 45 y 60 que conozco no dejarían a Monica Bellucci por ninguna varias décadas menor. Entonces, el asunto no es la edad sino la mujer. La diferencia entre una moda y un deseo auténtico es que la moda se vive en público y el deseo auténtico es exclusivo de nuestra intimidad. Nadie pretende que lo vean disfrutar de sus deseos auténticos, y a nadie le importa estar a la moda cuando no es observado. Es cierto que los hombres se ven inevitablemente atraídos por los pliegues, relieves, tersuras y tonicidad del cuerpo femenino, pero cada una de esas propiedades debe ir acompañada de una actitud para ser apreciada en el momento exacto. Si el alma no tuviera incidencia en el evento amoroso, nos bastaría una muñeca de goma. La actitud es fundamental al momento de atraer o complacer a esa pobre y básica criatura que es el hombre heterosexual. Una mujer que nos comenta que a su madre le ha quedado un resto de comida entre los dientes puede detenernos, por muy lirondas que tenga las nalgas y abiertas las piernas. Una mala mueca, un movimiento especialmente desacertado o una caricia incorrecta pueden derribar las atracciones más predecibles, por muy joven que sea la partenaire. Por contraste, la mujer madura con actitud tiene muchas de las de ganar. Algunas ficciones lo han aseverado sin buscarlo. En Mad Men, por ejemplo, ¿alguien realmente preferiría a la muy joven Megan antes que a la madura Betty Draper? En House of Cards, ¿nos quedamos con la joven periodista que se entrega a Frank Underwood a cambio de información o con la gélida Claire, que promete ser una esclava sexual cuando la ocasión lo amerite? Si la actitud lo define, los hombres las prefieren maduras.

La fuga de ricos y famosos hacia la juventud femenina no se debe tanto a la caída de las carnes, sino a dos factores de igual importancia: 1) La moda. 2) La actitud opresiva de la esposa madura contemporánea.

¿Qué vemos en las fotos de Monica Bellucci desnuda? Orgullo de su cuerpo, sensualidad, entrega indeterminada. ¿Hay alguna expresión de alguna joven de 20 años que pueda opacarla? Monica ha vencido al tiempo, a la costumbre y a la repetición de su propia imagen. Es una obra de arte, un clásico. Los clásicos pueden leerse en cualquier época, y no pueden ser superados por las novedades. Esa osadía atrae al insignificante ejemplar que es el hombre heterosexual.

Pero esa mujer de 50 años debe estar dispuesta a disfrutar de la vida, no a impedirle al hombre su destino. La mayoría de los maridos que se casaron enamorados estarían dispuestos a vivir una aventura inesperada con sus mujeres si ellas tan solo lo propusieran. Muchos de los maridos que culminaron sus matrimonios para caer en brazos de la mujer joven no huían del tiempo sino de la falta de calidad de vida. El hombre maduro tiene todas las razones posibles para mantenerse dentro de un matrimonio soportable. Casarse o juntarse con una mujer mucho más joven incluye una serie de circunstancias que ningún hombre sensato desearía afrontar (de no ser por escapar de una situación desesperada): conocer nuevos suegros, a menudo de igual edad o menores. Eso no es divertido. No es gracioso. Tampoco lo es levantarse de la cama después de fornicar, realizar actividades sociales, reunirse con desconocidos, que si llegan a transformarse en conocidos no comparten ni el idioma, ni los hábitos, costumbres ni intereses, con el hombre en cuestión. Tener que reunirse con una serie de papanatas que participan de “revolucionar las redes sociales”. Ningún hombre enfrentaría voluntariamente este aquelarre de no ser porque al volver de la oficina su mujer de 50 años, en lugar de recibirlo como Monica Bellucci, lo ataca como una policía de servicio. Eso no está inscripto en la carne, sino en la actitud. El hombre maduro que iría en busca de Monica Bellucci no procuraría adelgazar, broncearse, ser más rico o exitoso. Hay en esa mujer de 51 años una horizontalidad, una autenticidad, una carencia de pretensiones y de ilusiones que invitan también al hombre a ser lo poco que pueda ser. Acá estoy, esto es lo que soy, lo poco que llegué a ser a mis propios 50 o 60 años, medio pelado, con una cierta panza irredimible, pero honesto, dispuesto a lamerte durante toda la noche donde vos me pidas, a leerte algo en voz alta, a cocinar juntos e irnos a dormir temprano. También puedo pagar Netflix.

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Hay algo de profundamente antiestético y patético en el cincuentón que baila toda la noche para no desentonar con su joven novia; que la lleva a comer a un lugar donde ambos quedan ridículos; en su dificultad —de por sí existente con o sin novia joven— para vestirse a tono. Envejecer junto a una hermosa y enamorada mujer de 50 siempre será menos grave que marchitarse junto a una joven que madura. Pero es muy difícil intentar explicar estas posibilidades sin ser tildado de machista. Lo que ha lanzado a los cincuentones en busca de la mujer joven es el reclamo permanente de la mujer de 50. El hombre sensato y bueno siempre aceptará que cualquier mujer tiene derecho a ejercer sus intereses sin tomarlo en cuenta, pero no necesariamente querrá vivir con esa mujer. La prosaica realidad es que la mayoría de los hombres prefieren acercarse por detrás a Monica Bellucci mientras lava los platos, que discutir de pintura en la cama con Frida Kahlo, con todo respeto. Antes de que el mundo se pueble de niños que parecen nietos de sus padres y hermanos de sus madres, estamos a tiempo de que la mujer madura, enarcada al colosal ejemplo de Monica Bellucci, recupere terreno y retenga a ese deshecho de la creación que son los hombres heterosexuales. Ellas tienen la posibilidad de hacernos felices, nosotros no podemos hacer felices a nadie. Pero así mantendrán la elegancia de la especie. Como Lady Godiva, Monica Bellucci se ha desvestido para que lo entendamos.

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