El Piano, película de Jane Campion, tenía como protagonista a Harvey Keitel, que en aquella época gozaba de los 50 y tantos. Y, aunque yo era una niña de 13 años, su personaje me dejó perturbada, enferma, despierta, excitada.

Fue una revelación: me gustó y mucho. No ya como imagen protectora o paternal, sino como hombre; quería dejarme besar por él, que me hiciera suya, sin importar su barriga, sus canas y sus tenues arrugas. Esa imagen fue el inicio de una idea que me iba a perseguir por el resto de mis días: lo mío son los hombres mayores, los viejos, los de más de 50.

Un hombre mayor es una joya que toda mujer debe apreciar, sobre todo en días en que la juventud está tan sobrevalorada y la experiencia parece algo que se compra por ahí o se aprende en internet. Un hombre que se acerca a los 50 o pasa de ellos es más emocionante y excitante que lidiar con muchachos de mi edad o, peor aún, más jóvenes. Enseñar no es lo mío. A mí me gusta aprender.

Tengo 27 años, pero es más importante la edad que tenía cuando compartí algo más que una amistad con un hombre así. Yo tenía 19 años y él, justo 50. ¿31 años de diferencia? A muchos les suena desagradable, excitante, repugnante o enfermizo. Como sea, para mí fue de lo mejor y no lo cambio por nada.

A esta altura ya lograron la mayoría de sus metas y obligaciones sociales como la familia, el éxito, un buen trabajo y ya vivieron lo que todo hombre sueña que es andar con mujeres lindas para mostrar. Ya chulearon todo eso. En sus 50, el hombre está más conforme consigo mismo, más seguro y más experimentado. Está tan relajado que lo importante ya no es él, es uno. Quieren sacar ventaja de ese cuerpo más joven, de su energía arrebatadora, de unas tetas bien paradas. Quieren vivir el desafío de dar placer y sorprender a una mujer algunos o muchos años menor que él.

Salir con un cincuentón es la posibilidad de dejarse atender, conocer lugares donde hay menos rumba pero mejor conversación. Pagar la cuenta tampoco es una preocupación que lo atormente como sí pasa con los de mi edad y, por el contrario, aunque no se toma el vino más caro, sí el mejor; si algo tienen los hombres mayores es que ya no se emborrachan para echarse un buen polvo: a esa edad tener un polvo ya es algo bueno.

Pero ese es el menor de los privilegios. Él no va a llamar varias veces al día, ni va a atormentar a nadie con sus fotos con 'amigas' en Facebook o poniendo sus intimidades en Twitter. A duras penas usa el mail y no se tiene que lidiar con el asunto de su mamá: ya la suegra ni opina y, en el mejor de los casos, ya pasó a mejor vida. Si eso no es un privilegio, no sé qué lo pueda ser.

El tema que preocupa a la mayoría de las mujeres es el sexo. Y voy a empezar con lo importante: ¿que no se le para? Es mentira. ¿Que no aguantan más de uno? Es verdad. Pero ahí es cuando hay que medir los ingredientes de calidad con cantidad, y esa es la diferencia entre un buen polvo y uno malo. Prefiero un amante dedicado que conozca el cuerpo de la mujer a uno apurado con el 'mete y saca', empeñado en su faena de productor de semen.

Un hombre mayor no teme meter la lengua en los 'lugares prohibidos' para enseñar lo bueno del placer con calma, decir porquerías mientras folla, dominar realmente en la cama. El cincuentón sabe dar buen sexo, así su físico a veces no lo apoye. Tiene tanta maña que un par de encuentros no bastan, y por eso la aventura se repite muy seguido. Y no lo puedo negar, ¡claro que se cansan! Pero esto es un equipo, y ahí estoy yo para apoyarlo.

Aunque el promedio colombiano no incluye esos cincuentones como George Clooney o Bruce Willis, muchos sí tienen lo suyo. Por eso, los hombres mayores siempre serán lo mío y espero disfrutar el rol de ser la joven mientras pueda.

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