lon Musk es un magnate original. A pesar de que tiene una fortuna calculada en 11.000 millones de dólares, su motivación principal nunca ha sido el dinero. Su filosofía de vida podría compararse a la de Steve Jobs, quien cuando llegó a convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo afirmó: “Nunca he querido ser millonario, lo que he querido es cambiar el mundo”. Y así como Jobs lo logró, puede que algún día Musk, que tiene 44 años, cumpla su sueño.

Cuando apenas tenía 10 años, Musk aprendió a programar por su cuenta con un viejo computador Commodore VIC-20, y apenas dos años más tarde vendió su primer videojuego del espacio, llamado Blastar, por 500 dólares.

A pesar del éxito prematuro en su país, Musk siempre quiso vivir en Estados Unidos. Lo manifestó cuando sirvió para el ejército sudafricano, a los 17 años: “Allá es donde las grandes cosas son posibles”, decía.

En principio, tras el divorcio de sus padres —él, sudafricano y ella, canadiense— se mudó a Canadá. Al poco tiempo ganó una beca y se enlistó en el programa de Administración de Empresas y Física de la Universidad de Pensilvania. Desde entonces, les ha dedicado su vida a tres causas: internet, las energías renovables y la conquista del espacio. A pesar de las diferencias entre esos tres campos de acción, su aporte en cada uno ha sido revolucionario.

Corría el verano de 1995 cuando Musk se inscribió en el doctorado en Física Aplicada y Ciencia de Materiales de la Universidad de Stanford, y no duraría ni una semana antes de emprender un exitoso negocio: la creación, junto con su hermano y unos amigos, de Zip2. La naciente empresa, dedicada principalmente al desarrollo y alojamiento de websites, fue también una de las primeras plataformas online para periódicos.

Tan solo cuatro años después, en febrero de 1999, Zip2 gestionaba casi 200 páginas web, entre ellas New York Today, la guía de noticias locales y eventos de The New York Times. A la empresa de Musk se le sumaron clientes de la categoría de Hearst Corporation, Times Mirror, Knight-Ridder y Pulitzer Publishing. Zip2 operó tan bien que en ese mismo año la compañía fue vendida a la gigante Compaq por 300 millones de dólares.

Ese mismo año, Musk se lanzaría al agua con el desarrollo del sistema de pago electrónico PayPal. Pese a cualquier precedente —y con la competencia acomodando zancadillas—, la compañía superó en las primeras cinco semanas los 100.000 clientes. Un viejo refrán dice que “si no puedes con tus enemigos, úneteles”; y eso lo entendió uno de los principales ‘enemigos’, eBay, que al cabo de tres años compró PayPal por 1500 millones de dólares.

Para 2002, Musk se le midió a invertir en otra de sus pasiones, el espacio, y emprendió con ímpetu y sin temor a las críticas la compañía Space Exploration Technologies (SpaceX), de la cual es actualmente director ejecutivo y, también, de tecnología (CTO). Fue entonces cuando comenzó a investigar la viabilidad de enviar cohetes low cost a Marte. Así desarrolló sus primeros dos ejemplares de transporte, el Falcon 1 y el Falcon 9, y su primera nave espacial, llamada Dragon. La persistencia del empresario sudafricano en temas aeroespaciales vio sus frutos en diciembre de 2008, cuando SpaceX firmó un contrato con la Nasa, que pagó 1600 millones de dólares por doce vuelos del Falcon 9 y del Dragon a la Estación Espacial Internacional.

“La vida en múltiples planetas nos puede servir como una defensa en contra de amenazas a la supervivencia de la especie humana misma”, ha declarado el genio en distintas apariciones públicas, en las que explica cómo, por medio de SpaceX, aspira a reducir el costo de los viajes tripulados y expandir las posibilidades de vida afuera. “Un asteroide o un supervolcán podrían destruirnos. Nos podríamos enfrentar a riesgos que los dinosaurios jamás vieron: un virus manufacturado, la creación involuntaria de un miniagujero negro, cambios climáticos catastróficos… o alguna tecnología que aún no conocemos podría ser el fin. La humanidad evolucionó por millones de años, pero en los últimos 60 nuestro armamento nuclear trajo consigo la posibilidad de destruirnos a nosotros mismos. Tarde o temprano, debemos expandir nuestras vidas más allá de esta bola verde y azul o nos extinguiremos”.

Musk es padre de cinco hijos

Tan solo dos años después, se preocuparía por mitigar el impacto ambiental que la industria automotriz genera en el mundo. Para ello creó Tesla, el fabricante de carros eléctricos. Esta compañía, sin embargo, le ha dejado más pérdidas que rentabilidad, debido a los costos de fabricación, el bajo rendimiento y las dificultades en la recarga. A esto hay que sumarle que el Tesla Model S ­—el carro que anda solo y que hasta entonces era el más seguro del mundo— cobró su primera víctima en mayo de este año. Sucedió en una autopista de Florida: el conductor tenía el vehículo en piloto automático, una tractomula lo cerró y, al parecer, los sensores no se activaron y el carro terminó debajo.

Igual, Musk sigue con su campaña de generar conciencia sobre los métodos alternativos de transporte. Y para contrarrestar la fuga de capital y no tirar la toalla, recién confirmó el lanzamiento del Model 3, que saldrá al mercado en 2017 a un precio de 35.000 dólares. El impacto ha sido tal que los pedidos superaron las 275.000 unidades en las primeras 36 horas.

Con este panorama, la competencia en ese campo no se ha hecho esperar. Para nadie es un secreto que Apple está dando sus primeros pasos en el mercado del transporte eléctrico. Quiere conquistar las estaciones de estos vehículos futuristas, que brindan protección al medioambiente, ahorran costos en combustibles y ayudan a evitar el calentamiento global. En ese sentido, el CEO de Tesla, que lidera ese nicho, declaró recientemente que es un “secreto a voces” que la gigante de la manzana está desarrollando un carro que le pueda hacer competencia a su firma.

A Musk pareciera no importarle, pues lo que realmente le quita el sueño es la creación de soluciones utópicas para los ciudadanos. Este hombre de gustos moderados, padre de cinco hijos —gemelos y trillizos—y casado por segunda vez ha pasado toda su vida transformando, inspirando y convulsionando la historia para narrarla a partir de lo imposible, pero frente a cualquier teoría, él lo ha hecho posible.

Recientemente, Musk ha creado otras compañías con líneas de negocio que se conjugan unas con otras. SolarCity, por ejemplo, es una empresa de productos fotovoltaicos que se convirtió en la mayor proveedora de sistemas de energía solar en Estados Unidos, cuya motivación es combatir el calentamiento global. Halcyon Molecular, entre tanto, es una compañía de biotecnología fundada en 2008 con la misión de curar enfermedades, extender la longevidad y mejorar la calidad de vida de las personas.

Su más reciente apuesta es Hyperloop: un sistema que permitiría transportar personas entre San Francisco y Los Ángeles en 35 minutos (ese mismo recorrido, en carro, demora en promedio cinco horas y media). Es difícil de imaginarlo, pero consiste en un tubo que contiene aire a baja presión, por el que unas cápsulas circulan sobre un colchón de aire. Su velocidad superaría la del sonido.

A pesar de ser un genio y una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time, Musk es un hombre descomplicado y accesible. Encontrarlo no es difícil, hasta contesta por Twitter. Sus más de cuatro millones de seguidores en esa red social constatan que es una figura difícil de pasar por alto, que se deja ver a menudo con grandes personalidades del mundo. Habla de tú a tú con el presidente Barack Obama, y es un aliado irremplazable para el Pentágono y la Nasa.

Elon Musk se autodenomina “adicto al trabajo”, pues dedica por lo menos 80 horas semanales a su Tesla y a SpaceX. Duerme seis horas diarias, y en las raras ocasiones en las que tiene tiempo libre, se la pasa jugando con sus hijos.

Y como su figura se ha vuelto tan popular, ya ha aparecido tanto en cine como en televisión. Se estrenó con Iron Man 2, en 2010; luego salió en Los Simpsons, y en 2015 se interpretó a sí mismo en The Big Bang Theory. Sin duda, Musk es uno de esos personajes que no pueden pasar sin pena ni gloria.

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