Las hermanas Lara son muy diferentes entre sí. Suyapa, la mayor, tiene treinta y siete años y el nombre de la patrona de Honduras. Es extrovertida, risueña y está muy atenta a los detalles de su presentación personal. Lleva el pelo negro con iluminaciones peinado de manera impecable, los labios pintados con un color vibrante y aretes a juego con el uniforme de trabajo. Jéssica, la menor, de treinta y dos años, es callada, introvertida, no se maquilla, lleva el pelo negro color azabache recogido siempre con una cola y se viste de manera informal con jean y camiseta. Sin embargo, hay algo que las une con más fuerza que los lazos de sangre: su trabajo. Estas dos menudas mujeres son las embalsamadoras más experimentadas, reputadas y profesionales de San Pedro Sula, la capital del departamento hondureño de Cortés y la ciudad más violenta del mundo en 2011, según la organización no gubernamental mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal A.C.

Esta dice que en la ciudad se registraron el año pasado 159 homicidios por cada cien mil habitantes. El hondureño Centro de Estudios de Análisis de Seguridad Ciudadana (Ceasc) lo rectificó y dijo que la tasa correcta es de 78 muertos. Igual esta cifra es alarmante comparada con las de Noruega, el país con el índice de desarrollo más alto del mundo según la Organización de Naciones Unidas, que tiene una tasa de solo seis homicidios por cada cien mil habitantes.

El valle de Sula es uno de los más ricos de Centroamérica y San Pedro es el motor económico del área metropolitana que la cubre y de Honduras. Esta urbe, fundada en 1536 por Pedro de Alvarado, tiene un millón y medio de habitantes, y cuenta con una importante presencia de empresas de maquila textil, autopartes, procesadores de carnes y harineras, entre otras. Sin embargo, el desempleo es alto, el Instituto Nacional de Estadística lo cifra en 7,6 %, y afecta en especial a los jóvenes. “Hay mucha gente en la calle sin hacer nada. El hambre es muy mala consejera para la juventud desocupada y el ocio es el taller del diablo. Hay más de veinticinco mil muchachos que, de una u otra manera están metidos en el tema de las pandillas”, dice monseñor Rómulo Emiliani, obispo auxiliar de San Pedro.

Las pandillas o maras –como la Mara Salvatrucha o la Mara 18– están presentes desde hace años en la zona, pero cambiaron su manera de actuar y se dejaron permear por el poder del narcotráfico que utiliza a Honduras como punto de escala de los aviones que suben cargados de droga a México o Estados Unidos y de los que bajan con dólares para el lavado. “Nuestra desgracia es estar en la zona de paso”, dijo hace poco en una conferencia el presidente hondureño, Porfirio Lobo. El ingeniero Armando Calidonio es un experto en el tema desde que fue vicesecretario de Seguridad del presidente Ricardo Maduro, famoso por la dureza con la que enfrentó a las pandillas. Calidonio, que por cuenta de este trabajo todavía está fuertemente custodiado por miembros del grupo Cobra, un comando de élite de la Policía, dice que “antes teníamos un marero tatuado, fácil de reconocer. Ahora los pandilleros no se tatúan y se ofrecen al mejor postor, son un tentáculo del crimen organizado para robar carros o viviendas, secuestrar, extorsionar, chantajear. Te extorsionan por cien lempiras (cinco dólares) y si no se los das te matan”.

Por miedo a la extorsión la gente no contesta números desconocidos. Hay que enviar primero un mensaje de texto para presentarse y avisar que va a llamar. La gente que habla por celular en la calle corre el riesgo de ser asaltada por delincuentes que se movilizan en pareja en motos. En el mercado negro, los ‘tope’, como conocen a los vendedores de celulares robados, venden los BlackBerry Bold y Touch en mil y tres mil lempiras, cincuenta y ciento cincuenta dólares respectivamente. A un 10 % de su precio real. Las pulperías, pequeños supermercados barriales, atienden ahora tras las rejas para evitar los asaltos, pero igual tienen que pagar el denominado ‘impuesto de guerra’. El eufemismo para las extorsiones que cobran jóvenes de entre catorce y diecisiete años, a los que los mareros les pagan mil lempiras a la semana por esta labor. Los conductores de servicio público son los más afectados por este delito. Quienes no pagan son ejecutados sin piedad, como Álex Geovany Midence, un taxista de veintitrés años, al que le dispararon veintidós veces en los últimos días de abril. Este año también han aparecido dentro de bolsas negras de plástico cadáveres de hombres amarrados o descuartizados con letreros de “no más extorsionadores”. Unos y otros son llevados a la morgue para realizarles la autopsia respectiva.

La morgue de San Pedro Sula no parece, a primera vista, una morgue. Es una edificación de dos pisos, pintada de un color azul verdoso claro, como el de las tabletas de porcelana de los baños de antaño o la ropa de bebé para niños, situada en el medio de un lote que ocupa casi media manzana, con el cerro de El Merendón como telón de fondo. Un lugar apacible, flanqueado por árboles gigantescos y frondosos entre los que revoletean pájaros que emiten chillidos estridentes. Un muro de piedra de mediana altura bordea la vivienda, en perfecta sintonía con las urbanizaciones vecinas de la Colonia Universidad, de las que la separan apenas una calle y una carrera en construcción.

A este sitio, que sorprende por la ausencia de elementos tétricos, llegan todas las víctimas de muertes violentas de la región noroccidental de Honduras. “En los últimos dos años el número de estas ha ido in crescendo”, dice con seriedad Celeste Rodríguez, la directora de Medicina Forense de San Pedro. Ella es la primera mujer que ocupa este cargo y su llegada coincidió con el incremento de la violencia en la zona. “En 2011 realizamos 3532 autopsias. De estas, el 80 % de los casos fueron homicidios por arma de fuego y arma blanca, y un 10 % por accidentes vehiculares”, cuenta tras revisar las estadísticas del año pasado.

Las armas de fuego también se han modernizado e incrementado su poder. Las maras usaban antes las chimbas, armas hechizas que hacían con, por ejemplo, las cruces que se robaban del cementerio. “Como no tenían alta velocidad, no eran tan destructivas –dice Celeste–. Ahora utilizan armas de gran calibre, altamente dañinas, que mutilan cuerpos y desfiguran rostros. Los cuerpos llegan ahora con no menos de cinco disparos y hemos visto unos que tienen hasta cincuenta”. En las autopsias de estos se han demorado hasta cinco horas. Y como los cadáveres no los entregan hasta que se termina el trabajo a veces lo más difícil que han tenido que enfrentar son las presiones de los familiares o los amigos del difunto.

“En los levantamientos de los cuerpos a nuestros equipos les han disparado. En la morgue hemos recibido amenazas de grupos de mareros que quieren secuestrar cuerpos de otros pandilleros y en marzo, los familiares de los trece muertos en el penal de San Pedro bloquearon la entrada a las instalaciones desde mediodía hasta las seis de la tarde”, cuenta Celeste y bromea que tiene tanto trabajo que prácticamente “duerme en su oficina”.

De la morgue los cuerpos pasan a las funerarias, donde los preparan para el velorio. En este país centroamericano este puede durar hasta ocho días porque las familias esperan que lleguen los deudos de Estados Unidos, donde se calcula que viven un millón de hondureños, para ver el cadáver. Y quieren verlo lo más parecido posible al recuerdo que tienen de su ser vivo. Por eso el embalsamamiento es tan importante.

El escritor y empresario de pompas fúnebres Thomas Lynch reflexionó en el libro El enterrador sobre su profesión y la muerte. En el capítulo en el que cuenta cómo fue el embalsamamiento de su padre explica por qué este oficio es un arte que trabaja con un material muy delicado: “Los cuerpos de los recién muertos no son desechos ni restos, como tampoco son íconos o esencia pura. Son, más bien, niños cambiados por otro, seres en una incubadora, polluelos saliendo del cascarón hacia una nueva realidad, con nuestros nombres y fechas, a nuestra imagen y semejanza, tan ciertos a los ojos y oídos de nuestros hijos y nietos como fue la noticia de nuestro nacimiento para los oídos de nuestros padres y de sus padres. Es sabio tratar esas cosas nuevas con ternura, con cuidado, con honor”.
En este sentido, Suyapa y Jéssica Lara son dos mujeres muy sabias. Aprendieron tanatopraxia, el arte de arreglar cadáveres, por casualidad. Su papá, Francisco Lara, tuvo ferretería, supermercado y una empresa de transporte, pero después de sobrevivir a seis disparos –de los que recibió uno– y a un brutal accidente de tránsito en una carretera sintió curiosidad por conocer, dice con solemnidad, “el proceso de la muerte para estar preparado”. En 1996 abrió La Sampedrana, su primera funeraria, a la que de sus cinco hijos solo se vincularon ellas dos. Tres años después llegó una invitación para hacer un curso intensivo de técnicas de embalsamamiento en México.

—En esa época yo no era capaz de entrar ni siquiera a la sala de velación –dice Suyapa–. Y nunca había tocado un cadáver. Me tocó ir porque era la única que estaba disponible, pero no sabía a lo que iba, no me imaginaba lo que era preparar un cuerpo.

En Monterrey recibió clases teóricas y prácticas durante doce horas diarias, durante dos meses, con miembros de la Asociación de Técnicos Embalsamadores de México (Atembal). Su prueba de fuego llegó el día en que le mostraron un video de un embalsamamiento y la llevaron a la morgue de un hospital para ver cómo reaccionaba. “Los mexicanos son un poco machistas y a mis compañeros no les parecía bien trabajar con una mujer y menos extranjera. Ellos se hicieron detrás de mí y creyeron que iba a desmayarme”, cuenta. Estuvo firme, no le dio ni un vahído y al final fue la única mujer que se graduó de las cuatro que hicieron el curso.

De México regresó con el diploma que la acreditaba como técnica embalsamadora y con el recuerdo del único susto por una cuestión sobrenatural que ha tenido durante el tiempo que lleva practicando este oficio. En la funeraria con la que trabajaban dividían a los estudiantes en grupos de cuatro para que hicieran turnos de doce horas. Y para mantenerlos alerta los asustaban con el cuento del espanto de la señora sin pies.

—Una noche estábamos descansando en una sala –cuenta Suyapa–. Yo estaba durmiendo en el sillón y mis compañeros en el piso, cuando de repente se abrió la puerta y sentimos que alguien nos miraba, pero no había nadie.

En La Sampedrana, una funeraria popular, comenzó a preparar cuerpos con la ayuda de Jéssica. Su hermana se convirtió en su aprendiz, primero, y después de realizar un curso en El Salvador, en su colega. Y por cuenta de los seminarios de actualización que ha tomado –el más reciente fue de Tanatoestética y arte restaurativo en Colombia– puede que dentro de poco la alumna supere a la profesora. “Este no es un trabajo común y no se le puede enseñar a cualquier persona”, dice Suyapa, quien después de los 385 perdió la cuenta de los cadáveres que han pasado por sus manos en trece años. Algunos de estos fueron despachados a países como Australia, Estados Unidos, Colombia y El Salvador.

Francisco mira a su hija con admiración mientras cuenta la historia en la sala de ventas de Funerales La Orquídea. Este es el segundo negocio de la familia. Abrió sus puertas hace año y medio, en una casa esquinera en la que funcionaba una estación de Policía en el barrio El Benque, y en este lapso ya se convirtió en la tercera funeraria más importante (después de la Del Recuerdo y La Auxiliadora) entre las treinta y tres que ofrecen sus servicios en San Pedro Sula. “Todos ellos saben que profesionales como nosotros no hay”, dice el empresario fúnebre, de sesenta años, en alusión a sus colegas y competidores. Y es verdad.

Hace un tiempo cerraron varias funerarias de la ciudad porque no contaban con espacios adecuados para arreglar los cuerpos en condiciones dignas e higiénicas.

—He visto cuerpos tirados en el piso mientras los inyectan –dice el patriarca, que además es pastor de la Iglesia de Cristo–. En una ocasión vi uno en el suelo y los empleados de la funeraria parados en la espalda para ver si lograban que expulsara por la boca todo el líquido que tenía.

Los Lara trabajan de manera muy diferente y en otras condiciones. “Somos profesionales. Tenemos el laboratorio, las máquinas especiales, las herramientas y la experiencia”, dice Suyapa. El laboratorio de tanatopraxia que tienen es único en su tipo. Está ubicado detrás de la sala presidencial de La Orquídea, a un costado del parqueadero, diagonal a un árbol cargado de mangos verdes, que madurarán entre este mes y el próximo y harán las delicias de las ardillas y los loros que corren y vuelan por este lugar. Lo idílico de este escenario desaparece a la velocidad de la luz cuando se abre la puerta blanca del laboratorio y el olor concentrado de la formalina golpea la nariz. Huele a muerte.
En este espacio rectangular de paredes blancas lo primero que llama la atención es una gran plancha de metal. Francisco la mandó hacer, porque en Honduras no se conseguía de estas dimensiones, para que pudiera recibir cuerpos robustos. Encima pende un tecle eléctrico de color rojo, el aparato con correas que utilizan para levantar los cuerpos del ataúd y depositarlos en la plancha. “Este trabajo no es fácil, tenemos que mover pesos muertos y se necesita experiencia para saber cómo hacerlo”, comenta la embalsamadora. A mano derecha de la puerta del laboratorio se encuentra un mueble con cosméticos, geles y cepillos para el pelo y sobre un mesón de cerámica blanca, en una de las paredes laterales, el instrumental básico: pinzas con dientes, hemostatos (una herramienta para hacer presión), tijeras curvas y rectas, jeringas grandes, mangueras, cánulas largas, vendas, esparadrapos y máquinas de afeitar.

El procedimiento que ellas realizan varía dependiendo de si la muerte fue natural o violenta. En el primer caso todo es más sencillo y puede demorar dos horas. “Tenemos una máquina que llamamos ‘la licuadora’, que es como un corazón artificial, que sirve para inyectar los químicos arterialmente por el torrente sanguíneo y remplazar la sangre. Y las vísceras las tratamos con un hidroaspirador que absorbe todos los líquidos e inyecta el químico”, explica Suyapa. En una ocasión que estaba haciendo esto tocó por accidente las vías respiratorias y el cuerpo emitió un sonido: “ah, ah, ah”. “Parecía como si se estuviera quejando y Jéssica pegó un brinco”, cuenta. La menor de las dos embalsamadoras sonríe un poco al recordar este incidente y agrega que ese es el susto más grande que ha tenido en trece años. Si para algo le ha servido esta labor es para perderles el miedo a los muertos: “Ellos no hacen nada y todos tenemos nuestro día y hora cuando Dios diga. Tenemos que temerles es a los vivos que son los que matan”.

Luego de la inyección de los químicos, las embalsamadoras bañan los cuerpos, los visten y los maquillan. A los hombres los afeitan, les aplican gel en el pelo, polvo en la cara y brillo en los labios y, por lo general, no los calzan. A las mujeres las pintan de acuerdo con el vestido que les pongan. En San Pedro a muchas las entierran, por tradición, con el de boda. Jéssica comenta que “a veces los familiares dicen que ellos quieren vestir a su muerto, pero se impresionan y se ponen a llorar. Además, eso no es tan fácil. Terminamos haciéndolo siempre nosotras, que tenemos la práctica y lo hacemos rapidito”.

El embalsamamiento de los muertos de manera violenta es más complicado y demorado, pueden tardar hasta cinco horas, porque son cuerpos a los que les hicieron autopsia en la morgue. Las Lara han arreglado cadáveres destrozados por accidentes de tránsito, machetes o con múltiples heridas de bala. “Toca volverlos a abrir, sacarles las vísceras para tratarlas aparte y abrirles la cabeza para arreglársela porque a veces les meten periódicos –cuenta Jéssica–. Un caso difícil para mí fue el de mi suegro, que llegó con siete tiros, y hace poco recibí una persona con veinte heridas de bala. Las pego con productos especiales o las coso, pero siempre supuran. Por eso lo mejor es vendarlas”.
El mes pasado preparó el cuerpo de Norma Gladys Coello, de setenta y un años, tía de Víctor Coello, el futbolista catracho, como se llaman a sí mismos los hondureños. La señora murió asfixiada y quemada durante un incendio que al parecer provocó su compañero sentimental, Olvin Alfredo Martínez, de treinta y tres años. Fue uno de los setenta femicidios registrados en San Pedro en lo que va corrido del año. Jéssica trabajó a Norma de las once de la noche a las dos y treinta de la madrugada, sola y en completa tranquilidad. Al final, los familiares de la difunta querían que se le viera la cara, pero ella les explicó que no se podía, que había tenido que vendarle la mitad porque estaba quemada. Aquellos optaron entonces por no mostrarla y sellar el ataúd. “Nosotras hacemos el trabajo bien, pero no somos dioses. Y cuidamos bastante la estética de la presentación del cuerpo porque sabemos que es la última visión que van a tener los deudos de su ser querido”, dice Suyapa.
Sin embargo, ella realizó un verdadero prodigio una vez. Un día de mediados de diciembre llegó a buscarla un diputado de El Progreso, un pueblo vecino de San Pedro Sula, para pedirle un trabajo muy especial. Una tractomula había atropellado a un niño de cuatro años que iba a comprar cohetes. El golpe le explotó la cabeza. El político quería que se la reconstruyera y lo embalsamara. “Acepté porque era un reto para mí. Le formé la cabeza e incluso le dejé la cicatriz cosida por dentro para que no se viera. Quedó bien bonito”, dice Suyapa orgullosa. Ese día hubo una romería porque los vecinos querían ver con sus propios ojos que el niño estaba intacto.

El mes pasado, las hermanas Lara hicieron uno de los trabajos más difíciles que les ha tocado. El 10 de abril, temprano en la mañana, un bus de servicio público se estrelló con un colectivo en una carretera regional. Nadya Marisol Landaverde, de veintisiete años, quedó herida y fue llevada al hospital regional Mario Catarino Rivas. La joven murió pocos minutos después de su llegada a esta institución. Fue una de las seis víctimas del choque. El cuerpo fue enviado a la morgue para que le practicaran la autopsia.

Nadya se convertirá en un número más en las estadísticas de medicina forense del año próximo. Para las hermanas Lara, en cambio, será siempre un recuerdo inolvidable por lo que les pasó cuando recibieron su cuerpo de la morgue. Los familiares se fueron a comprar el vestido de novia con el que querían enterrarla y cuando volvieron una tía le dijo a Jéssica que había conseguido uno grande porque Nadya estaba embarazada, tenía siete meses.

Jéssica entró al laboratorio de tanatopraxia y se preparó para trabajar: se puso una bata de arabescos rosados y azules, unos guantes de látex, se recogió el pelo y se caló un gorro en la cabeza, y se cubrió la mitad de la cara con un tapabocas. Y llamó a su hermana, que se había ido de La Orquídea a recoger a uno de sus tres hijos, para que la ayudara. Cada una arregló un cuerpo. Vistieron a Nadya con el traje de novia y al bebé con ropa de recién nacido y lo acomodaron al lado izquierdo del cuerpo de la madre, sobre el corazón. Ambos parecían dormidos, apenas para ir al cementerio, una palabra que en su acepción original designaba “el lugar donde se duerme”.
—Qué bonita me la dejó, parece que fuera para una fiesta. Valió la pena el trabajo –le dijo Florentino Landaverde, el papá de la joven, a Jéssica.

El elogio le gustó, pero no es el mejor que ha recibido. En el entierro de un tío de su esposo, al que arreglaron en otra funeraria, fue con uno de sus dos hijos. Eva, como se llama su niña mayor, está familiarizada con la muerte y siempre le pregunta si el cadáver que llegó es de un señor o una señora, y cómo los dejó. Por eso a Jéssica no le sorprendió que le pidiera que la alzara para ver el interior del ataúd. El ojo entrenado de la embalsamadora descubrió de un solo vistazo que no lo habían rasurado ni maquillado la cara y la cabeza no estaba en el nivel ideal.

—Mira cómo le dejaron la boca. Tú habrías dejado más bonito al señor –comentó la niña con espontaneidad.

Dicen que en la muerte todos somos iguales. Pero no es cierto. En San Pedro Sula los afortunados son los que caen en las manos de las hermanas Lara porque terminan con la mayor dignidad su paso por la Tierra.

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