¿Delgada o con curvas? ¿Con pechos grandes o pequeños? ¿Entre 20 y 35 años o mayor de 36? Estas son algunas de las preguntas que la empresa Naturist Cleaners hace si uno quiere contratar sus servicios. ¿Que qué es Naturist Cleaners? La traducción literal sería “limpiadores naturistas”. Y sí, a grandes rasgos es eso: una persona que acude a hacer oficio a su domicilio, en pelota.

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La empresa, con sede en Londres, ofrece servicios en toda Inglaterra, además de Escocia y Gales, y tiene un portafolio de más de 100 empleadas domésticas, todas nudistas, de diferentes nacionalidades: de brasileñas a españolas, pasando por británicas, rumanas o estadounidenses, y alguna que otra colombiana.

También existe un servicio masculino, aunque, según me contó Laura Smith, la joven ideóloga de este curioso proyecto, todavía no ha despegado del todo. De momento cuenta con 15 hombres, en su mayoría británicos y de mediana edad, dispuestos a empelotarse para hacer el aseo.

Después de intercambiar varios correos con Laura, en los que me daba las gracias por querer contratar el servicio y me hacía llegar diferentes fotografías de las candidatas, un lluvioso lunes de febrero se presenta en la puerta de mi casa, con puntualidad británica, una joven llamada Bianca.

Rumana, de 28 años, Bianca fue la elegida entre otras cuatro candidatas por un panel de expertos —algunos amigos y yo, básicamente— para hacer oficio en mi acogedor hogar londinense. Tenía todo preparado para su llegada: las camisas sin planchar, el suelo hecho una porquería, la cama sin tender y uno que otro plato sin limpiar.

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A las 3:00 de la tarde en punto llama al timbre una mujer de pelo largo, vestida íntegramente de oscuro, bolso de Michael Kors negro en una mano y un iPhone 7 dorado en la otra. “Parece que se gana mucho con esto de limpiar las casas en bola —pienso a su llegada, mientras le echo el vistazo de rigor de arriba abajo—. Debería probarlo: seguro me hago más que con el periodismo”.

Me pregunta si le dejo un minuto para terminarse el cigarrillo antes de entrar en casa, y le digo que sí, que por supuesto. Le da una última larga calada antes de tirarlo al suelo, limpiarse las botas Dr. Martens negras en el tapete, y me dedica una sonrisa en la que muestra sus dientes desordenados, ennegrecidos y amarillentos, mientras cierra el paraguas, también negro.

Yo, novato en estas lides del naturismo, desconozco cuál es el procedimiento, así que hago lo que haría cualquier británico medio en un momento como este: le ofrezco un té, y mientras esperamos en la cocina a que suene el “click” de la kettle, la jarra eléctrica tan utilizada en el Reino Unido para calentar el agua, nos ponemos a hablar del clima en Inglaterra.

—Espero que no te hayas mojado mucho, el tiempo está fatal. Menos mal que ya le queda poco al invierno... —digo, por decir cualquier cosa.

—Sí. Mucho frío. Y mucha lluvia. Ojalá que pase rápido —me responde, sin excesivas ganas, con un inglés más bien pobre y un acento extranjero marcado.

“Click”, suena la kettle. Por fin. Ha sido un minuto que ha parecido una hora. Con un té en la mano uno se siente siempre más hablador, más confiado, más seguro de sí mismo. Así que nos ponemos a hablar en la sala y me cuenta cómo empezó a limpiar casas en pelota, mientras repite una y otra vez que para ella es algo natural, ya que desde muy joven ha sido nudista.

Mientras finjo que escucho, pienso que los minutos van pasando y que este no es el servicio por el que pagué 65 libras (235.000 pesos): mis camisas siguen intactas, el suelo sin limpiar desde hace días, la cama sin tender y ahora tengo, además, dos tazas sucias. Siento que he pagado por una simple conversación. Y a todo esto, ella sigue vestida.

Así que decido actuar. Le digo que tengo que ponerme a trabajar, que los productos de limpieza están en el baño y que es allí donde se puede cambiar. Por cambiar me refiero a desvestir, claro está. Bianca resopla mientras se pone de pie, agarra el bolso con desánimo y se dirige, sin muchas ganas, al baño. Cuando está en la puerta se gira y me deja claro que no le apetece planchar las camisas, que eso no le gusta y que en su casa es su novio el encargado de la plancha.

Se demora algo más de cinco minutos en el baño y, tras esa tensa espera en la que aprovecho para guardar mis camisas, todavía sin planchar, en el armario, llega descalza, con una tanga, ligueros y sujetador negros, pero sin los guantes de protección ni ninguno de los productos de limpieza que había dejado preparados para ella.

—Ah, ¿quieres que limpie de verdad? —me pregunta incrédula.

—Sí, supongo que sí, ¿no es esto lo que ofrece el servicio? —respondo, incómodo, mientras me revuelvo en el sillón.

Ha pasado media hora y la situación es cada vez más incómoda. Yo, en una silla de la sala haciendo que le doy sorbos a la taza de té vacía desde hace diez minutos; ella, en otra, en silencio, mientras parece esperar a que le diga qué es lo que tiene que hacer.

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Me cuenta que con la mayoría de sus clientes no limpia, sino que se dedica, simplemente, a charlar durante las horas que hayan contratado. Y luego, si ellos quieren, le dejan propina. Cuando le pregunto por las propinas se aproxima a mi sillón y me muestra en el iPhone dorado un ordenado cuadro de Excel con los servicios que ha hecho y las propinas que le han dejado desde que empezó en esto, allá por noviembre: 100 libras, 50 libras, 75 libras, 125 libras, 300 libras (más de un millón de pesos colombianos).

—¿300 libras de propina? ¿Todo esto por hablar? No lo creo. Aquí hay gato encerrado —le digo.

—Te lo prometo —responde—. Lo que pasa es que la gente se siente sola y yo sé escuchar muy bien. Yo no hago otra cosa que hablar, te lo juro.

Ni los mejores psicólogos cobran esas tarifas, pienso. Llevamos 45 minutos de charla, el suelo sigue sucio y ella no acaba de abrazar el naturismo en mi casa. Así que me lleno de valor y le digo que si pasa la aspiradora, yo me pongo a planchar las camisas. Acepta con desgana, hasta que la agarra y me dice que el aparato es muy pesado, que no puede con él y que prefiere seguir hablando. Incómodo, la convenzo finalmente para que pase el sacudidor y limpie el polvo mientras me cuenta sobre su vida. Pero sin brasier, le digo.

De nuevo, acepta a regañadientes, pero me pone como favor poder fumarse otro cigarrillo. No puedo decir que no, así que se asoma al jardín para darle cinco o seis caladas a toda velocidad al cigarrillo antes de ponerse a “limpiar” con las tetas al aire. Casi de inmediato suena la alarma del celular y, con una sonrisa, me informa que la hora contratada ha llegado a su fin y me pregunta si me gustaría, por el módico precio de 55 libras, además de las 65 ya pagadas, contratar otros 60 minutos para que me limpie, esta vez sí, la casa.

—¿No quiere otra hora más? —dice incrédula—. Bueno, gracias por contratar Naturist Cleaners. Hasta la próxima.

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