Cuando Ana no podía dormir apartaba la sábana de un puntapié y bajaba a prepararse un té; pronto comenzaba la inquietud, el ansia, la feroz necesidad de la sangre. Entonces soltaba los cerrojos de la puerta del sótano, la abría sin que rechinara y sentía bajo las chinelas la humedad de los escalones de sombra.


Prendía la luz y la amante retrocedía, deslumbrada. Se había ovillado en un rincón, como un milpiés protegido del sol. Se tambaleaba, confusa, llena de sueño, y eso indignaba profundamente a Ana: ella dormía allí, en su camastro del sótano, serena, segura, mientras Ana daba vueltas en su cama.
Ana apretaba los dientes y alcanzaba sin mirar, a fuerza de costumbre, la fusta descolorida. La amante se movía hacia la derecha, previendo el movimiento; la cadena no le permitía buscar refugio en la esquina. 

El primer golpe no solía azotarle el rostro. Caía en los hombros, en los pechos. Marcaba líneas rojizas, que se abrían luego en diminutas gotas de sangre. La otra apenas se inmutaba. La muy zorra ni siquiera sabía llorar. Siempre había sido así, desde el momento en el que los descubrió y se abalanzó sobre ella y tiró de su pelo con tanta violencia que se quedó con mechones rojizos en la mano.
La amante no se escapó ni ofreció resistencia. A patadas la arrojó al sótano. Su marido apartó la mirada, se conformó con el silencio. Era Ana quien poseía el dinero y el poder. Si Ana hablaba con su padre, él era hombre muerto. 

Tras el primer trallazo, la amante levantaba el mentón y le sostenía la mirada. Seguiría así hasta que el segundo azote, más atinado, le hiciera volver la cabeza. Cambiaba de fusta, la negra, esta vez. Lanzaba un alarido y se arrojaba sobre ella; sangraban la espalda, las piernas. Conocía bien esa fusta, que restallaba con un silbido dulce, que rasgaba y reventaba. Se la había regalado su marido para un caballo que no llegó nunca. De eso hacía mucho tiempo, y aún eran felices.
La abofeteaba. Sangró por la nariz al segundo golpe. Le ocurría a menudo. Le había partido algún diente. Los escupió como los huesos de un animal devorado. 

No gritaba. Aun si lo hiciera, las paredes del sótano se comerían las voces. La mansión era remota, sus vallas se encontraban electrificadas y vigiladas. Pero no gritaba. 

— No podrás —le dijo una vez.
—¿Qué?
—No podrás cambiar tu vida. Nos enamoramos —añadió, casi con alegría—. Es el amor lo que destroza todo, lo que nos ha devastado. Tú ni sabes de lo que hablo.

Aún no se había levantado cuando comenzó a patearle el estómago. Vomitó sangre y hiel. Su precioso camisón de seda blanco, con la espalda al descubierto, se manchó para siempre. Le hubiera gustado saltarle un ojo, romperle un tímpano. 

Por lo general, cuando ella se derrumbaba, casi inconsciente, ya amanecía. Se notaba en el temblor frío de las piedras del sótano, en una alteración del silencio. Ana hurgaba con el pie en sus costillas. Si el trabajo está bien hecho, la otra apenas se estremecería. Su cabello cobrizo brotaba como de una fuente. Parecía muerta, pero no lo estaba. Una noche más, la siguiente, tras el insomnio bajaría las escaleras para repetir sus movimientos, como un Sísifo resignado. 

Ella subía las escaleras. Amarraba los cerrojos. Bostezaba mientras apagaba las luces aún encendidas, subía a su cuarto, aseguraba las contras, porque la luz le daba dolor de cabeza. Se sacaba los anillos, buscaba un antifaz sedoso y negro en la mesita de noche. Él fingía dormir, y Ana se tumbaba a su lado. 

Ya la mataría otro día.

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